Por: Cabellos Lozano
(Continua)
Seis
La velada comenzó con toda puntualidad, los invitados fueron llegando, y entregaron sus celulares, prohibidos durante la fiesta, mientras Mario, durante el tiempo de espera, aprovechaba para ir hablando con unos y con otros, y así pudo establecer con bastante seguridad quienes acudirían, y su importancia dentro de aquella reunión. Llamó su atención la presencia de un hombre de negocios muy controvertido del que había recibido información en el dosier enviado por su jefe. Se trataba del conocido magnate ruso Dimitri Dimitroff, oligarca multimillonario muy próximo al presidente ruso, catalogado como un peligroso traficante de armas por las autoridades americanas, con prohibición de entrar en el país del águila calva. Hombre con múltiples intereses en empresas dispersas por el mundo, pero, sobre todo, muy relacionado con las grandes corporaciones rusas dedicadas a la fabricación de armas, su gran fortuna, e influencia, podían equipararse a la del príncipe Sultán. Su presencia destacaba entre la de políticos locales de medio pelo, aunque muy influyentes en un medio tan pequeño, y endogámico, como el isleño, gentes del mundo del arte y, en concreto, de la música, y varios empresarios internacionales de las más dispares procedencias, asistían también algunos empresarios locales relacionados con el turismo y el ocio, y, naturalmente, todas sus parejas o compañeros habituales, por último, algunos amigos árabes del príncipe, sin sus mujeres, desplazados expresamente a la isla para la ocasión.
Los acontecimientos se fueron desarrollando según lo previsto: primero se dio un cóctel de bienvenida en las iluminadas cubiertas del yate, tras éste, los comensales pasaron a degustar la cena de gala, servida en el comedor principal, después hubo un entreacto para el café y los cigarros, mientras iban llegando los demás invitados que asistirían a la fiesta propiamente dicha en el salón principal, y ahí es cuando debía empezar el trabajo de Mario, en su faceta de cortador de jamón.
La noche iba transcurriendo sin novedad, al principio con tranquila elegancia, pero luego de la cena, el efecto de las bebidas alcohólicas, y de otras substancias tóxicas, hizo que algunos de los invitados se desmadraran un poco más de la cuenta: había un gran modisto, viejo, famoso y depravado, que perseguía, sin tregua ni recato, al joven modelo de moda, que se escondía, protegido maternalmente por la marchante acartonada, entrada en años, y recién divorciada; en fin, gente arrastrada por sus instintos básicos; gente que entraba y salía, que recorría las distintas partes del barco bajo la mirada, siempre discreta, de los hombres de seguridad, a los que se había ordenado no intervenir salvo en caso de necesidad.
Mario, acompañado de su pinche Enrique, había comenzado su trabajo preparando unos platillos para que los que demandaran jamón no tuviesen que esperar demasiado, había instruido básicamente a su pinche en la forma de actuar, y como debería manejarse en su ausencia.
Mario había previsto también la posibilidad de que, en algún momento, el príncipe Sultán y Dimitri, quisieran entrevistarse sin testigos pues ellos eran, a todas luces, los ejes esenciales de aquella variopinta reunión. Se podían dar dos situaciones, una, que se fueran a las dependencias particulares del príncipe, en cuyo caso le sería poco menos que imposible aproximarse a ellos. Otra, que decidieran hacer un aparte en cualquier sitio discreto del barco, entonces, si él estaba al tanto del momento, podría intentar aproximarse sin ser visto. En previsión de una de las dos contingencias habló con el muchacho para indicarle lo que debería hacer en su ausencia, y le pidió que estuviera pendiente por si el príncipe se retiraba del salón principal, y con quién lo hacía. De este modo solo tenía que esperar el desarrollo de los acontecimientos, como así sucedió.
A medida que la noche avanzaba, la relevancia del jamonero se incrementaba, su éxito era incuestionable pues su elegante presencia se unía a la increíble calidad del producto que manejaba con salero, y los estragos que la bebida iba causando en los invitados, hacían de su corro de peticionarios un lugar de los más concurridos. Hacia aquel rincón se aproximaban los que querían comer jamón, pero también los que querían, simplemente, entretenerse viéndole cortar, o los que pretendían ligar aprovechando la ocasión, y es que destacaba la presencia de las féminas, que, atraídas por el jamón, o puede que, por el cortador, no dejaran de pulular como polillas ante la luz de una bombilla. Iban y volvían, se interesaban un poco más de lo necesario sobre el jamón y jamonero, e incluso le hacían alguna proposición discreta, más allá de lo profesional. Estas damas eran mujeres, o novias, o amigas de sus parejas, pero no les debía parecer mal perder un tanto las formas, con tal de que el apuesto jamonero les hiciera un poco más de caso que a las demás. Junto al éxito “estético” del cortador de jamón estaba también el económico, Enrique jamás había soñado con ver junto tanto dinero como el que se iba acumulando en la mesa, fruto de las propinas de los invitados, que parecían competir a ver quien dejaba la mayor de ellas.
Con toda normalidad se fueron sucediendo las actuaciones de los DJ, luego intervino el cantaor granadino, con gran éxito entre el público que le hizo dar varios bises entre aclamaciones de júbilo. Terminó su pase el flamenco, mientras comenzaba de nuevo la música disco, Mario observó desde su atalaya privilegiada como el príncipe salía, discretamente, del salón, y, momentos después, lo hacía Dimitri Dimitroff. Su reacción fue inmediata, se quitó el mandil, se lo dio a su joven pinche, le dijo que se lo pusiera, y que ocupara su puesto, pues tenía una urgente necesidad fisiológica que atender.
Mario salió rápido tras ellos, pero con discreción, y por fortuna no tuvo que buscar demasiado, pues los encontró acodados en una de las cubiertas, a no mucha distancia del salón principal, en una zona oscura, prendiendo sus puros, por lo que dedujo que el príncipe, como buen conocedor de su propio barco, había elegido un sitio perfecto, donde las cámaras, que cubrían buena parte del yate, no pudieran grabar. Un sitio a la vez íntimo y la vista de todos, sin cámaras ni micros. Esto le mostró que el príncipe deseaba mantener una conversación donde nadie pudiera saber que ésta se estaba produciendo, y que probablemente no se podía fiar ni de sus propios hombres.
El sitio era una especie de rellano entre plantas, con una barandilla que daba al mar, y allí estaban los dos hombres hablando en voz baja. Mario se ocultó, con sumo cuidado, a pocos metros, tras ellos, en un punto estratégico, oscuro y protegido por la propia forma de la escalera que ascendía de planta a planta. Se acuclilló aguzando el oído, dispuesto a escuchar. (Los hombres hablaban en un inglés bastante académico ya que ambos contaban con formación anglosajona. Esto suponía una gran ventaja ya que Mario conocía muy bien la lengua inglesa).
Lo que pudo escuchar decía así, poco más o menos:
-“…La situación está empeorando en los últimos tiempos- Decía el príncipe- …Este rey caduco ha tomado una opción inaceptable para muchos de los clanes, y de las familias principales. Hay una fuerte oposición interna, un fuerte temor de que el sistema se rompa, lo que no sería bueno para la mayoría de nosotros. Hay un gran temor a la rotura de las tradiciones, incluso el pueblo llano es reacio a las reformas. El cambio de heredero, la elección de su propio hijo, la intervención en el Yemen, son demasiados frentes abiertos y los nervios empiezan a estar a flor de piel. Muchos de mis primos, los príncipes, se quejan del mal trato que están recibiendo por parte del rey y de su hijo, nuestro primo. Nuestros derechos se ven pisoteados sin tener en cuenta que nosotros somos también hijos y nietos de un rey”-
-“Puedo hablar en nombre del gobierno de Rusia”- Le contestaba el ruso- …y allí la preocupación es grande. El presidente es contrario a la dependencia abusiva de su país con respecto a los Estados Unidos, nos gustaría mucho que esto pudiera cambiar en el futuro. El presidente tiene planes para la zona. Un cambio de posición de su país sería visto con muy buenos ojos. Y en esta situación ¿Qué podemos hacer nosotros? –
-Tenemos la opción fundamental del golpe palaciego, pues un golpe militar es actualmente impensable, pero necesitamos todavía más apoyos entre algunos hombres importantes en el ejército, de poderosos jeques tribales, y de los jefes religiosos aún indecisos. Una buena parte de nuestra propia familia está ya a nuestro favor sobre todo por los agravios recibidos en los últimos tiempos y, …si contáramos con el favor de su país, si pudiéramos asegurar a nuestros aliados que, en el momento preciso, las armas prometidas por ustedes estarían, verdaderamente, a nuestra disposición, todo sería más fácil-
-Mi querido príncipe, sabe usted que puede contar con mi concurso incondicional, mis medios, que como sabe no son pocos, están a su entera disposición. Estamos en condiciones de hacerles una primera entrega en muestra de nuestra voluntad de contribuir a cambiar las cosas en su país, y que éste pueda salir de la asfixiante órbita norteamericana-
-Estamos hablando de aviones y de misiles, incluso de una fuerza mercenaria de élite que sería la encargada de perpetrar el golpe palaciego. La familia querría, como decirlo, mantenerse técnicamente al margen, al menos en un primer momento-
-Sí, sí, príncipe, esa es la idea sobre la que estamos trabajando, los chechenos, de religión musulmana, se prestarían de buen grado a llevar a cabo la parte “práctica” de la intervención. Una vez descabezada la jefatura máxima serían ustedes, los familiares, los que nombrarían a su candidato, y luego los cambios de aliados se irían produciendo paulatinamente, tratando de no levantar demasiadas ampollas diplomáticas-
-Está bien, pues veo que estamos básicamente de acuerdo, solo queda atar los cabos sueltos y yo podría ordenar la primera entrega de dinero contra la recepción de las armas. Contamos con el enclave estratégico de Alamm Ushman, en territorio yemení, puerto próximo a la frontera, en manos de nuestros aliados, allí debería realizarse la descarga del material-
-No sería problema…en cuanto al pago…preferimos que se realice a través de nuestra oficina en Gibraltar, es más discreta por encontrarse en territorio europeo, de momento-
-Bien, de los detalles se encargarán nuestros empleados…pero hay otro asunto que me preocupa un tanto…lo de la chica-
-Bueno…la chica. Pues bien, ella llegó hasta aquí como agente espía, siguiéndonos los pasos. Trabajaba para una de las agencias de información yanquis, independiente de la casa matriz, y lo hacía a través de otra agencia interpuesta en Alemania. Era una agente cualificada, que se estaba empezando a aproximar demasiado a nuestros hombres en la zona, y eso no era bueno, quisimos parar la posibilidad antes de que pudiera producirse. Pretendíamos hacerlo pasar por un tema pasional, o sexual, un simple accidente, pero algo salió mal y hubo que dejarla, precipitadamente, en aquella situación tan embarazosa. Nuestros informes dicen que la policía española, que es muy buena, no se lo ha tragado, y están investigando a fondo, de hecho, han conseguido localizar el sitio donde la agente se ocultaba antes que pudiéramos llegar nosotros. Habrán encontrado alguna documentación…supongo que nada importante. Ahora estamos un poco a la expectativa, hasta no ver lo que se aproxima la policía española no moveremos ficha, puede que todo se quede en nada, pero si la cosa se complicara más de lo conveniente entonces recurriríamos a nuestros contactos en el mundo político, policial y judicial de la isla. Nosotros tenemos una estructura que debemos preservar, pero no creo que debamos preocuparnos demasiado…por el momento. Supongo que podemos afirmar que es una pequeña molestia que nos hemos quitado de encima-
-Bueno, mi querido Dimitri, pues ahora ya es momento de que nos incorporemos a la fiesta…y disfrutar. Si durante la noche desea cambiar de barco, mis chicas serán dichosas de agasajarle, a usted y a sus compañeros, cuente con ellas en cualquier momento-
-Muchas gracias por adelantado, y muy honrado, no lo descarte usted querido príncipe, no lo descarte, pues me han hablado maravillas de su personal femenino-
Los dos interlocutores abandonan su sitio en las penumbras del barco y, tras ellos, Mario, a gatas, sale de su escondite y procura regresar también, sin ser visto, a su puesto como jamonero. En la preciosa noche ibicenca las luces del puerto son perlas que caen al mar.