Por: Cabellos Lozano
(Continua)
Siete
A la mañana siguiente, mejor dicho, pasado el medio día de la mañana siguiente, pues la fiesta terminó tardísimo, aunque con un éxito superlativo para el jamonero, había quedado Mario con su pinche Enrique, en un bar de las inmediaciones del hotel, a fin de repartir las muchísimas propinas recibidas, que ascendían a la increíble cantidad de unos quince mil euros. Era muy importante mantener las formas, cobrar su sueldo de jamonero y repartir entre los camareros, en absoluto había que levantar la más mínima sospecha sobre su identidad, al fin, muchos los que pisaban temporalmente aquel paraíso lo hacían, de una forma u otra, por dinero. Tomó café con el pinche y le entregó diez mil euros para que los repartiera con los compañeros. Consideraba Mario que estos se mosquearían si no les hacía partícipe de las propinas, y que también se preocuparían si el protagonista no se quedaba una parte importante de las mismas, ya que él mismo las había conseguido con su trabajo. Los detalles…pensaba siempre, los detalles son lo que cuenta. El muchacho se fue más que contento con el dinero mientras Mario se dirigía a la oficina del gerente de la agencia Supremum. El gerente estaba encantado con el resultado de la fiesta en general y entusiasmado con el trabajo del jamonero, pues ya había recibido información de primera mano de los ayudantes del príncipe, así como del chef principal y del jefe de sala. Las noticias corren como la pólvora en una isla pequeña donde todo gira en torno al turismo. De inmediato le propuso un contrato en exclusiva, bolos por toda la isla. Tendría, si quería, trabajo asegurado para todo el verano, incluso más. Mario hizo gala de un gran despliegue de modestia y convicción, hasta lograr evadirse de tan generosas ofertas como las que recibió aquella mañana. Tuvo que apelar a su condición de nómada sin fronteras y, aun así, hubo de prometerle al gerente que contaría con su agencia, y solo con ésta, en el caso de seguir en la isla durante los próximos meses. Al final recibió mil euros en vez de los ochocientos pactados, y un fuerte apretón de manos.
Por fin resuelto el tema de los jamones, pensó que había que cambiar el objetivo de su investigación pues el príncipe podía depararle ya pocas sorpresas después de su conversación nocturna con el traficante. Sus intenciones quedaban totalmente claras, y eran como tener una bomba de relojería entre las manos. Por otra parte, sus actividades en la isla no se iban a salir de la rutina habitual, y poco o nada más podría aportar un seguimiento que, de persistir, podría terminar levantando sospechas. Pero Dimitri era otra cosa. Se trataba de un peligroso delincuente de guante blanco, un criminal dentro de un sistema internacional, con licencia para casi todo, en casi todas partes, y se permitía el lujo de venir a España y asesinar a una joven. Una espía, o agente secreto, sí, pero una joven y guapa mujer a la que, con un golpe ciego y desalmado, le habían quitado todo lo que era, todo lo que hubiera podido ser. Y es que, en el fondo, el mismo Mario se reconocía también como un poco espía. Era periodista, sí, pero muy peculiar; también él trabajaba para otros que le pagaban por ello y pensaba en esa pobre chica. ¿Merecía por ello la muerte? ¿Merecía que segaran su vida de un plumazo, como si nada, como una pequeña molestia, sin darle la más mínima importancia? ¿Iba a quedar su muerte impune, así, sin más? No mientras él pudiera impedirlo.
Volvió al Gran Hotel y comprobó la lista de clientes que le había entregado su amigo Pepep y la revisó con todo cuidado. Desde luego no aparecía por ningún lado Dimitri Dimitrof, pero entre algunos personajes famosos o conocidos, y otros anodinos y mediocres, encontró algunos nombres curiosos sobre los que creyó conveniente indagar un poco más. Por ahora lo más importante era intentar localizar el paradero de Dimitrof, si es que ya había abandonado las Camelias, pues Mario estaba más que seguro de que el oligarca ruso habría despertado a bordo del puti-yate del príncipe Sultán, y no en la cama con su mujer.
Así fue como dirigió sus pasos hacia la oficina del director del Papeles Ibicencos, su viejo amigo Joan. Allí le encontró enfrascado en la confección de un super-reportaje con un extenso resumen de la fiesta del príncipe Sultán. Habían causado sensación el despliegue de personalidades que asistieron a la misma, lo carísimo de las viandas en ella ofrecidas, el hecho de la actuación de DJ famosos y del cantaor, e incluso había espacio en el artículo para el misterioso jamonero que tanto éxito cosechara entre las féminas. Y es que el sagaz periodista había conseguido colar a un reportero suyo entre los invitados. Afortunadamente no había fotos dentro del navío gracias a la prohibición del uso de teléfonos. Solo aparecerían en el reportaje las imágenes con la llegada de los cochazos con las personalidades hasta la escalerilla de acceso y…ahí no estaba él.
Se río para sus adentros al ser mencionado el jamonero por Joan, pero mantuvo el aplomo suficiente como para no delatarse. Luego vinieron las preguntas-
-¿Joan, tú puedes decirme donde se aloja Dimitri Dimitrof ?-
-Alto muchacho, ¿me he perdido algo? Apuntas alto ¿lo sabes? –
-Lo sé Joan, lo sé. Y te diré algo que ha de quedar entre tú y yo por el momento. Y ni siquiera al sargento Herranz, ni una sola palabra por ahora. Creo que Dimitrof está tras la muerte de la joven-
-Uyyy, muchacho, esto es cosa seria. Si un tipo de la calaña del ruso está en esta jugada, el juego es peligroso de verdad. Con él hay que tentarse la ropa antes de dar un solo paso en falso, podríamos terminar flotando en el mar. Solo se tiene una vida ¿me entiendes? –
-Te entiendo Joan, te entiendo. Pero…no podemos dejar que un tipo como éste, por muy ruso, y por muy criminal que sea, venga a España y se cargue a quien le dé la gana. Con todos nuestros defectos, este no es su país sin ley, donde te desaparecen a la orden del tirano-
-No, en eso estamos de acuerdo, pero las garras del ruso son muy, muy largas, y están muy, pero que muy afiladas, es más, aunque no lo creas, en esta isla es difícil dar un paso, en según que ambientes, sin que él no lo sepa, así que tú dirás lo que vamos a hacer-
-Bueno, yo no quiero que te impliques, tú vives aquí… tu familia, tu mujer, tus hijas…solo quiero algo de información para ponerme en marcha, y de lo demás me encargo yo. No puedo consentir que te pongas en riesgo, además perderías mucho en el envite. Yo soy de fuera, nadie me conoce. Seré, durante unos días, su sombra, y a ver a donde nos conduce, si al final lo vemos claro, le pasamos la información al sargento y él sabrá ocuparse del resto.
-¿Qué te parece?-
-Vale Mario, me parece bien tu propuesta. Reconozco que es un tema que, a estas alturas, me viene un poco grande, aunque esto no debería decirlo nunca un periodista de raza, pero chico, los años, las responsabilidades, el miedo…-
-Conmigo no tienes que justificarte, eres mi amigo, mi maestro,
y nada de lo que digas podrá ser utilizado en tu contra, así que vayamos al grano, tu dame cuanta información puedas que yo te daré resultados-
-Ese es el espíritu, querido, el mayor tesoro que un periodista puede poseer, su arma infalible: el deseo de saber, de llegar al fondo de cualquier asunto que merezca su interés, pero bueno, vayamos al fondo del asunto, dame un par de horas, o tres, y al final de la tarde nos vemos en la taberna del puerto para darte lo que tenga, estas cosas no se deben hacer jamás por teléfono. Nunca puedes saber quién estará al otro lado, no lo olvides jamás Mario-
-Vale maestro, nos vemos- Y salió del despacho.
Una buena comida siempre es de agradecer y, esta vez, Mario se dirigió directamente al Gran Hotel, dispuesto a degustar una de sus deliciosas especialidades de temporada.
Desde una mesa cercana una joven dama no le quitaba ojo de encima. Estaba comiendo en compañía de otro par de señoras de más edad, y se les notaba demasiado que hablaban de él. A los postres la joven se levantó y se acercó a su mesa.
-Disculpe si le interrumpo, pero la curiosidad me puede, y me estaba preguntando…si me permite la impertinencia… pero… ¿no es usted el apuesto jamonero de la velada de anoche en el yate del príncipe Sultán? pues su parecido es asombroso-
-¿Jamonero? Tal vez usted quiere decir cortador de jamón. Pues en verdad debo parecerme mucho a ese señor, pues ya otras dos personas que se alojan en este hotel me han hecho la misma pregunta, y no, desafortunadamente para mí, no soy ese personaje, al parecer tan popular entre las damas, pero permítame que me presente, Me llamo Mario Destino y soy periodista freelance, escribo para revistas como Finde, Rápido, Mis Lecturas, o París Plash-
-Oh, encantada, siento haberle molestado, yo me llamo Marta Chiviette Valdivieso, y estoy alojada en el Gran Hotel con mis dos tías solteras, que, entre usted y yo, hacen las veces de mis carabinas particulares. Recién estamos llegadas de la Argentina, donde mi padre es un hombre de negocios de cierta reputación. Mi madre, junto a mis tías, es la propietaria de un grupo de empresas importantes, famosas en el país, y yo… apenas una simple estudiante de vacaciones. Pasamos unos días en esta isla maravillosa que no deja, ni por un instante, de agradarnos y sorprendernos-
-Encantado Marta, si me permite me gustaría saludar a sus tías, a pesar de no ser su jamonero-
-Será un placer para nosotras tomar el café en su compañía-.