Por: Luis de Valdeavellano
Es sin duda controvertido el papel del novelista y la novela en el ámbito de la cultura en general y del mundo intelectual en particular.
Comentar esta circunstancia en este breve artículo, aunque sea someramente, es mi propósito, tal vez ilusorio, pero no por ello menos sugestivo.
Primero veamos cual es la acepción “canónica” de la palabra novelista, que es, obviamente: persona que escribe novelas, y acto seguido, por pura lógica ¿Qué es una novela? Según el diccionario de la lengua española: “es una obra literaria de cierta extensión, en la que se narran hechos, total o parcialmente imaginarios”. Es por tanto un género literario. Pero, por tanto, necesitamos saber también que es literatura, que no es otra cosa que el arte de la expresión verbal mediante el uso de la escritura. Quedémonos con esto pues, por ahora, será suficiente.
Y ¿Cuál es la finalidad de la novela? Pues son varias, puede que infinitas, al menos tantas como las que aliente la mente de cada novelista, pero para mí dos sobresalen sobre todas: entretener cultivando.
Bien, ya podemos decir que la novela es una composición literaria de cierta duración, que ha sido elaborada con un relativo “arte técnico, o ingenio”, y expresada de forma escrita.
A partir de aquí surge el dilema, la controversia, el debate, que en realidad no debería ser tal, pues según mi criterio particular, solo es arte, concretamente literario, aquello que lo es para quien lo acepta como tal; es decir, lo que le conmueve, deleita, altera, en suma lo que promueve en cada ser humano un sentimiento estético, sea éste manifestado de diferentes modos, según el momento temporal en el que se produzca.
¿Y todo esto por qué? Pues porque en estos días he pretendido, inútilmente, releer alguna de las novelas del extraordinario cuentista Julio Cortázar. (Dejando claro que es tan solo un mero ejemplo para tratar de explicar mi postura personal de forma más precisa) Concretamente, la tan alabada como poco leída Rayuela, así como también, la menos conocida: El libro de Manuel. Y claro, me ha sucedido lo que repetidas veces en el pasado, que no he podido pasar de las primeras páginas.
Les puedo asegurar que he puesto empeño intelectual en ello, mas me ha sido imposible. Me acontece que al abordar su lectura encuentro a un escritor inverosímil. Su monótona exhibición de inacción, su reiterada delectación en la nada me terminan aburriendo hasta serme de imposible la digestión literaria. No sucede lo mismo con el Cortázar cuentista que me parece genial, mostrando una técnica literaria notable, un dominio del idioma poderoso, y un conocimiento encomiable de varios aspectos de la cultura, como por ejemplo el musical, remitido con más propiedad al ámbito del jazz.
He leído críticas, a favor y en contra, de su obra novelística: los adeptos loan su virtuosismo, la magia poética subyacente, sus descripciones metódicas de estados “metafísicos”. Los disconformes desprecian su morosidad, su alambicada verborrea reiterativa, la presunta exhibición pedante de conocimientos que parecen estar puestos en ella para mayor ornato del autor. Tome cada cual postura.
Pero bien, centrando nuestra atención en la novelística en general, objeto de este artículo, ni quito ni pongo, pero me pasa como con la música, con la pintura, para mí solo valen como alimento de mi espíritu si alcanzan a colarse entre sus capas sensibles, si promueven algo en él, si lo tocan con su aliento de inquietud, de alegría, de acción, de delectación; en suma si abren alguna puerta por la que pase la diversión, el gozo, el sosiego, el aprendizaje, el hálito de la belleza. Es decir si se produce en mí algún tipo de reacción sensorial o espiritual.
En esta época de mi vida no es la novela, en general, la que más me atraiga de todas las lecturas posibles, pero mucho menos lo es la novela actual, la que nos endilgan las editoriales en su ánimo pendenciero de vender a toda costa productos tan efímeros que sonrojan. Patéticos destilados de la nada alambicada, de autores surgidos de su condición exógena, sea esta sexual, racial u otra cualquiera; concebidos meramente como “tochos” inanes, de lectura lineal, que no cuentan nada en cientos de páginas prescindibles cuando no deplorables, pergeñadas para un público mortecino, acrítico, incapaz de ir un paso más allá del manido y que compra como vive.
Soy amante irredento de la lectura y leo sin cesar, pero deploro la basura impresa que se genera, en cantidades ingentes, en el vil mercado de la fama, para desconsuelo de los ecologistas de la palabra.
Vale.