Ibiza Paradise

(Continua)

Por: Cabellos Lozano

Diez

Aquella fue, creo, una noche inolvidable para todos, se divirtieron como locos, disfrutando del ambiente único de la isla paradisiaca. Las tías aguantaron toda la noche, sin queja alguna, desmelenándose, como unas jovencitas de viaje de fin de curso, en la pista de baile y, cuando las primeras luces encendían un nuevo día, ya de regreso en el Gran Hotel, cada uno se fue a descansar a su habitación. Al despedirse de Mario, Marta no se contuvo, le dio efusivamente las gracias, y le estampó un sonoro beso en la cara, y éste no tuvo por menos que sonrojarse ligeramente.

Mario consideró que no era el mejor momento para meterse en invadir habitaciones privadas, en las que tendría que poner en juego toda su inteligencia y autocontrol, por lo que decidió buscar a Pepet, que ya estaría en su puesto y planificar su incursión para el día siguiente. Una vez reunido con él comprobaron que el tal Miroslav mantenía todavía la habitación en el hotel; Pepet, hizo algunas preguntas discretas y, a través de sus compañeros, pudo informar a Mario de que el fulano solo hacía un uso testimonial de la misma. Es decir, iba y venía, pasaba por allí algún rato, pero en raras ocasiones pernoctaba en ella. La ciento veintiséis era una habitación pequeña, discreta, que daba, curiosamente a la parte interior del hotel, por cuya escalera se accedía directamente a la piscina. “Qué casualidad” pensó para sí Mario.

-¿Cómo podría yo tener acceso a esa habitación, Pepet, es importante que la pueda ver en privado?-

-Pues solo conozco una forma, vestido de camarero y sustituyendo a uno de mis compañeros, así no llamaría usted la atención y… si llegara el ocupante, siempre tendría una excusa-

-Creo que tienes razón Pepet. Consígueme el uniforme y la gratificación para tu compañero y, por supuesto, para ti, será esplendida-

-Oh, gracias don Mario, yo me encargaré de todo-

El resto del día Mario no abandonó su habitación. Redactó el informe-reportaje para el jefe, a falta de conclusión sobre el crimen, adjuntó algunas fotos tomadas durante sus vigilancias, que sabía serían de interés para reforzar su relato y se dispuso a cerrar aquel asunto.

Durmió bien, como era lo habitual en él, y no tuvo sueños que pudiera recordar.

A la mañana siguiente, con el turno de las siete, recibió la visita de Pepet que le traía, en un carro de los de recoger la ropa, el uniforme que debería lucir en su incursión, así como una llave electrónica maestra, de las que se usan ahora en los hoteles. Vestido para la fiesta, con el carro de la ropa como recurso se dirigió hacia la ciento veintiséis.

No tuvo dificultad en abrir la habitación, que se hallaba en penumbra, la cual constaba de tres piezas: un cuarto recibidor que servía también de estudio, con sillones orejudos, gran mesa central, escritorio y tv, el dormitorio propiamente dicho, y un aseo completo anexo al mismo. Mario llevaba puestos guantes de látex y, tras cerrar la puerta, dejó el carro a la entrada, taponando la puerta por dentro a modo de protección, luego descorrió las cortinas dejando al descubierto una terraza que daba al interior, justo por encima de la piscina donde había aparecido muerta la joven espía. Procedió a una primera inspección visual, y lo primero que llamó su atención fue una bola de cristal macizo que se encontraba puesta como adorno en medio del gran centro de mesa situado en la habitación. Recordó el objeto romo del que hablaba el sargento, y pensó si no habría sido ese el objeto usado en el asesinato de la joven. Comenzó un minucioso registro de la habitación empezando por las mesillas del dormitorio, retiradas estas, así como la propia cama, tras los cuadros, y los apliques, nada, entre la ropa, en el armario, así, paso a paso fue escudriñando en cada rincón, en cada hueco, hasta asegurarse de que allí, no había absolutamente nada, nada a la vista naturalmente, pero la bola seguía allí, fría, y en apariencia inmaculadamente limpia. Ya se disponía a abandonar el cuarto cuando la puerta se abrió por sorpresa, apareciendo una montaña de músculos con cierta forma humana. Y Mario, por una vez en su vida, quedó demudado. El gorila debió entender el lenguaje corporal de Mario porque no le trató como se trataría a un camarero.

-¿Qué haces aquí? ¿Qué buscas, y con qué permiso? Todas estas preguntas salieron disparadas de su boca mientras daba una patada al carro, y cerraba la puerta tras de sí-

Demasiadas preguntas, pensó Mario, que buscaba respuestas, sabiendo de antemano que no le iba a creer. Tenía un sudorcillo, casi, casi imperceptible, bajo su nariz.

-Estoy encargado de un nuevo servicio de revisión de habitaciones. Un servicio confidencial para la dirección- Dijo, mostrando todo el aplomo del que fue capaz. -Un nuevo servicio aleatorio implementado por la dirección, para asegurarnos de que el servicio prestado es el mejor, para eso nos envían a las habit…

-Para ahí, ganso, para ahí. ¿Acaso te crees que soy un tonto? Un servicio aleatorio voy a hacer yo con tus huesos si no me dices que coj… haces aquí. Solo tengo que llamar a la recepción e informarme. Será cuestión de un minuto. Luego veré lo que voy a hacer contigo-

-Bueno, no se enfade amigo, verá…esto…solo soy un empleado con necesidades ¿No sé si me entiende? Si lo comunica en la dirección seré despedido de inmediato… usted puede simplemente no decirlo, y yo, a cambio, haré lo que sea que me pida-

-Payaso jamonero, te crees que soy ciego. Te he reconocido al primer golpe de vista. Estabas en la fiesta del príncipe, llamabas demasiado la atención con tu forma de cortar. ¿A quién pretendes engañar, estúpido? –

Y levantando su enorme brazo de oso se abalanzó sobre Mario, que solo pudo esquivarle dando un salto, y poniéndose justo al otro lado de la mesa, como jugando al ratón y al gato, en un juego que Mario sabía bien como debería terminar.

-Vale Miroslav, vale- Mario, desesperado, cambió de táctica.

-Se que tú mataste a la joven espía, y que la arrojaste a la piscina del hotel, lo sé y puedo probarlo, y esto sucederá si yo no vuelvo entero a mi casa. Soy periodista y me cubro las espaldas. Una confesión mía le llegará a la poli, y no te escaparás-

-¿No me escaparé? Me haces gracia, periodista. Esa es justo tu sentencia de muerte, porque has acertado, yo maté a la muchacha entrometida igual que voy a hacer contigo ahora mismo, después te desmembraré en trozos muy pequeños, y te arrojaré a los peces, y cuando quieran descubrir algo estaré a miles de kilómetros de aquí, donde nunca me podrán encontrar-

      Diciendo esto cogió la bola que, siendo tan grande como un balón de baloncesto, le cabía entera en una sola mano y, usándola como maza, se dispuso a romper en mil añicos la joven cabeza de Mario.

En ese preciso instante, se oye un: ¡Alto, guardia civil! que a Mario le suena a música celestial, es abierta la puerta, aparecen varios agentes de la benemérita y, tras ellos, el sargento Herranz empuñando su arma reglamentaria. El gigante serbio, con la gran bola en la mano, duda un instante, y los guardias aprovechan para echársele encima, no uno, ni dos, ni tres, sino cuatro agentes empleándose a fondo, forcejean con la bestia, hasta que el sargento le pone la punta del arma en la cabeza y levanta el seguro del arma.

-Ni te muevas que tengo el dedo nervioso-

-¡Tengo pasaporte diplomático! grita el rufián mientras es esposado. ¡Me sacarán en menos de veinticuatro horas! ¡No sabéis con quién os estáis metiendo! –

-Sí que lo sabemos, le dice suavemente el sargento, y te detenemos bajo la acusación de ser el autor de la muerte de la muchacha rubia y, también, por el intento de dar muerte a este joven periodista. Todo cuanto digas, a partir de este momento, podrá ser usado en tu contra. Tienes derecho a una llamada, pero eso, luego, más tarde, desde la comisaría-

En la comisaría las cosas se aclaran, más o menos, así: Joan, había llamado a Mario varias veces sin obtener respuesta, intranquilo y preocupado va al Gran Hotel donde habla con Pepet que le informa de los planes de Mario, lo que le preocupa aún más, por ello llama al sargento, que no lo duda, y monta un dispositivo inmediato que, por fortuna para Mario, llega justo a tiempo.

Analizada a fondo la habitación por la científica, se encuentran varios cabellos coincidentes con los de la chica asesinada, así como pequeños restos de sangre coincidente en la propia bola. Se cuenta también con la propia declaración del acusado, durante la conversación con Mario, y que ha sido oportunamente grabada por los guardias apostados tras de la puerta. Finalmente, revisadas exhaustivamente todas las grabaciones de las cámaras del hotel, se le puede situar a la hora del crimen saliendo, a toda prisa, con su coche, del Gran Hotel. Por lo demás, es zurdo.

En cuanto al oligarca ruso Dimitri Dimitrof, el juez autoriza que se le haga una visita “informativa” al día siguiente, pero, cuando el sargento Herranz y sus hombres llegan al hotel, sus habitaciones han sido abandonadas, la cuenta pagada, y un avión privado, en el que viaja toda la familia del magnate, ha despegado de la isla con rumbo desconocido. Bueno, no tanto, pues su pista se pierde finalmente en las proximidades de un portaaviones de las fuerzas navales rusas, destacadas en el mediterráneo a consecuencia de la guerra de Siria.

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