Dos museos, dos mundos del llamado “arte conceptual”.
Por: Luis de Valdeavellano
Según la “inteligencia artificial” -al parecer, lo más de lo más actualmente en cuanto a conocimiento se refiere…, veremos- la definición del “arte conceptual”: “Es un movimiento artístico del siglo XX donde la idea, o concepto, detrás de la obra, es más importante que el objeto físico, o la estética de la misma. Es decir, la propia obra es el concepto, independientemente de su manifestación física”. La obra de arte es la idea en sí misma. Rompe con el arte como objeto estético, o rompe con el objeto estético como arte.
En el “arte conceptual” se utilizan diversos medios “no usuales” en el arte tradicional como: textos, fotos, imagen y sonido grabados, objetos comunes o cotidianos, performances y cuantas formas físicas, o mentales, surjan de la mente del artista para comunicar la idea…, que es lo que cuenta. La idea.
Marcel Duchamp, ese gran miserable terrorista del arte, lo dejó perfectamente claro: “es más importante la firma de la obra que la propia obra”. (Tenía que ser francés. Me parece que los franceses, tan creídos ellos, tan pagados de sí mismos, tienen, al menos, dos dudosos honores, el de haber creado el germen del comunismo, siendo sus espantables conciudadanos Rousseau y Robespierre clarísimos inspiradores de Marx y Engels, que tanto monta, y el de haber destruido el arte en su más pura esencia.)
La raíz griega de arte es “téchne”, que significa técnica, destreza o habilidad, y la raíz latina es “ars, artis”, que también se refiere a una habilidad adquirida con la práctica.
Es controvertido, ahora y siempre, el propio concepto de arte, su separación práctica con respecto a ocurrencia, divertimento, artesanía, atrevimiento, performance, en fin, ahora y siempre. Catalogar a algo como artístico es complejo, pero mucho me temo que, a partir de Duchamp, más o menos, el significado se devalúa, se transforma tanto, que las distintas realidades que se manejan hoy en torno a tan ya manida, como desvirtuada palabra, llegan a despojar al mismo arte de su más pura esencia inicial.
Su propuesta, aceptada como una “idea sugerente” fue, en realidad, claro está, una burla a la inteligencia, una impostura deplorable, la cual terminó derivando en la “mierdalización” del ejercicio artístico, el cual, habiendo surgido hasta entonces a partir de una maestría inicial, técnica y estética, ésa sí, comunicadora de ideas a través del dominio, de la pericia y de la destreza de ejecución, entonces vio como éstos no eran ya aspectos imprescindibles, no eran substanciales, sino que ni tan siquiera eran necesarios. Uno tiene una simple ocurrencia, una chuscada, más o menos infantil, o primaria, la perpetra, la propala, la vende y ya, por ese absurdo hecho de ser vendible, es arte. Pues bien sabido es que hasta los monos venden obra pictórica.
Pese a este prefacio disruptivo, aunque pueda parecer paradójico y aunque lo sea, nos interesa resaltar el hecho de que son unos cuantos los museos dedicados a los llamados “artistas plásticos conceptuales” contemporáneos, los que se han ido insertando en el ecosistema cultural de varias ciudades españolas y que eso está muy bien, pues van conformando un entorno “pro-cultural” del cual puede surgir el interés por lo alternativo al ocio borreguil vulgar del consumismo de tasca y de la compra compulsiva. La mera contemplación, aunque sea de “artefactos confusos”, es un acto puramente espiritual y como tal satisfactorio para el condolido espíritu humano urbanizado.
En Cáceres está ubicado el museo de arte contemporáneo que tuvo su origen en la colección de la reconocida marchante y galerista doña Helga de Alvear, toda una adelantada en el mundo expositor del siglo XX en España. Es un espacio, a mi modo de ver, sobre todo eminentemente arquitectónico, cuyo autor es Emilio Tuñón.
Remitiéndonos a la obra allí expuesta, hay que hablar de su creadora, Helga Müller Schätzel (Helga de Alvear) 1936-2025, seguidora y colaboradora de la gran precursora en el ámbito del “galerismo” español, la marchante de origen judío sefardí, Juana Naar Scialom (Juana Mordó) 1899-1984.
A través de ésta, Helga entró en contacto con los artistas del grupo “El Paso” de los Millares, Feito o Saura, o del llamado “Grupo de Cuenca” de los Zóbel, Rueda, Torner, y demás pintores emergentes del momento, hasta que, al principio de los años ochenta entró a formar parte del personal de la propia galería Juana Mordó, llegando a colaborar en la creación de la feria ARCO o del mismísimo Museo Reina Sofía de Madrid. Luego creó su propia galería revitalizando el ambiente pictórico madrileño.
Su fundación de Cáceres fue creada el 29 de noviembre de 2006. Básicamente la colección, que en la actualidad se compone de más de tres mil obras, arranca desde los años cincuenta hasta la actualidad, y se nutre de todo tipo de material, desde pinturas o esculturas hasta vídeos, instalaciones, fotografía, y obra en papel.
Wolf Vostell 1932-1998 fue un artista multidisciplinar alemán que conoció y amó Extremadura, en ella, en Malpartida de Cáceres, en un paraje privilegiado llamado Los Barruecos concibió la creación de un museo de arte de vanguardia actualmente gestionado por la Junta de Extremadura. Un lugar que recomiendo encarecidamente conocer.
Dos museos, dos propuestas singulares, dos polos opuestos: la ciudad y el campo, dos conceptos arquitectónicos.
Vale.