EL SABIO

(Microrrelato)

Por: Cabellos Lozano

Como cada tarde se sentó bajo el olmo milenario.

          Antes que él, allí mismo, se habían sentado sus antepasados. La vista era prodigiosa pues se podía contemplar

al sol, como partía, bajando sobre el horizonte, siempre en pos de sí mismo, en su recorrido interminable.

          El hombre pensó en el sol, en la luz que se tornaba roja, y que luego se iba apagando, como su vida, sin importarle demasiado.

          Encontró que la luz y él eran uno, como lo era el olmo, y la tarde, y la suavidad del aire en su piel, y los últimos pájaros que cantaban, frenéticos, antes de dormirse sobre las ramas.

          El hombre percibía todo lo que le rodeaba de la manera más simple, más exacta, más perfecta, pues no tenía ninguna explicación que dar, solo sabía, sin saberlo, que formaba parte indisoluble de un todo inmutable en cambio constante.

          Se sintió tan lleno que se sintió vacío, ligero, reposado. Luego, con paso lento, regresó a su casa y cerró la puerta tras él.

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