Nota: Este artículo fue publicado en el periódico digital «La Comunidad de Info» en 2013. Aparece ahora con ligeras variantes.
Por: Luis de Valdeavellano
El arte es un invento humano, trascendente en una sociedad con las necesidades primarias (elementales) satisfechas, irrelevante en las que necesitan dedicar todo su tiempo a la búsqueda del sustento cotidiano.
El arte, ni es necesario para vivir ni siquiera para vivir bien, tampoco es tan importante como se le quiere hacer ver, y cuando los “protoprogres” hablan de que las instituciones públicas desprecian, o se olvidan de la cultura y bla, bla, bla, en realidad lo que quieren decir es que un buen número de individuos ya no seguirán siendo mantenidos por un sistema social en el que se han imbricado como auténticos parásitos.
En la actualidad se confunden habitualmente arte y entretenimiento, que es una faceta aledaña, pero no igual, al arte propiamente dicho. De esta confusión, muchas veces interesada, surgen los autodenominados “artistas”, que en la inmensa mayoría de los casos son, como mucho, entretenedores: cantantes, humoristas, actores, músicos, todos ellos son importantes para nuestras sociedades, no hay duda, pero la inmensa mayoría carecen del genio creador y demás cualidades que distinguen a los verdaderos artistas. Entender esta diferencia es importante pues es justo dar a cada uno lo que le corresponde.
Cuando, en los medios de comunicación, se dice pomposamente que: “el mundo del arte emite un comunicado…” por ejemplo, y a continuación aparecen nombres de actores, directores de cine y teatro, o músicos o cantautores, se está hablando de gentes del espectáculo, de entretenedores, pero no de artistas, (pese a que el diccionario, espuriamente, los compute como tales) pues en absoluto todos los actores, o músicos, por el mero hecho de serlo, se convierten en artistas. Tan solo unos pocos, muy pocos, poquísimos, por mor de su talento extraordinario y sus dotes especiales conseguirán, en todo caso con propiedad, auparse a esa categoría. Solo unos pocos.
De igual modo, cuando a esos actores se les da el apelativo de intelectuales se comete una gran injusticia para con los verdaderos (que son los que se dedican al estudio de las artes y las ciencias, los eruditos, los pensadores, los sabios, en suma otra categoría de trabajadores de la mente), porque, en modo alguno, se puede establecer una relación directa y precisa entre el trabajo del actor, o del cantante, y el acto intelectual propiamente dicho, de hecho, en el mundo del cine, se han dado casos de animales, actores muy famosos y renombrados, o el del mono cuyos cuadros se cotizan bastante en el mundo de la pintura, y dudo mucho que a ninguno de ellos se les pudiera calificar de intelectuales.
La adulteración de las palabras por uso inadecuado, y abusivo, que de ellas se hace llega a extremos ciertamente preocupantes pues, mediante estos atropellos del lenguaje, se manipula la realidad de las cosas y se subvierte la verdadera esencia de las mismas. Se confunde interesadamente a los no avisados con palabrería barata, dando una importancia y categoría superior a quienes no la tienen.
Algunos de los miembros de la farándula española, por supuesto no en exclusiva, pertenecen, medran, e influyen, en las masas usando este lenguaje adulterado como artimaña para arrogarse virtudes de las que carecen.
Deploro ver como auténticos descerebrados, en términos políticos y culturales, elevan su voz a alturas magistrales por el mero hecho de trabajar en cine, en teatro, o en televisión y, siendo parias de las ideas, se convierten en creadores de “tendencias” ideológicas y culturales, así, no es extraño ver el bajísimo nivel cultural que padecemos y que nos sonrojaría si tuviésemos alguna vergüenza.
El arte y la cultura nacieron de los excedentes de la producción y del tiempo de ocio que ésta produjo, es decir, cuando los humanos tienen tiempo libre porque sus necesidades de subsistencia están cubiertas. Entonces empiezan a fabricar objetos con los que adornarse, o adornar el sitio que habitan, al mismo tiempo que en las larguísimas veladas, sobre todo invernales, reunidos en torno a la hoguera común, alguien empieza a tocar algún objeto con cualidades sonoras que se va transformando en instrumento, o toma la palabra y cuenta sucesos atractivos para la tribu, tal vez reales y un tanto exagerados, o puede que inventados con el fin mismo de entretener a su auditorio. El improvisado narrador observa las reacciones que despierta su narración en aquellas horas previas al sueño, en que las sombras y la luz provocan visiones extraordinarias en los ojos cansados y en las mentes soñadoras, y va elaborando su narración, transformándola para darle mayor dramatismo y fuerza expresiva.
El arte y la cultura de usar y tirar, cuyo paradigma “moderno” es el llamado arte conceptual, están muy sobrevalorados en nuestro mundo occidental –y no digamos el deporte en general y el fútbol en particular–.
A menudo se dice que la cultura y el arte son imprescindibles y esto no es cierto, salvo para los implicados en el negocio, pues de negocio se trata: autores, marchantes, comisarios, políticos y demás fauna público-privada que medra escandalosamente a su sombra. Al menos no lo es en términos absolutos, siendo necesaria una matización a una afirmación tan radical y categórica como falsa.
El arte y la cultura son la manifestación externa y suntuaria de un cierto grado de prosperidad, como también la plasmación de una necesidad intelectual y espiritual, pero en modo alguno implican superioridad y suponen, demasiado a menudo, un elitismo falaz, grandilocuente y pretencioso que, sin embargo tiene su origen en la perentoria necesidad del ser humano por jugar, por entretenerse, por significarse, pero todo esto depende de la disposición de tiempo, y el tiempo solo se obtiene cuando las necesidades básicas están aseguradas.
Vale.