(El Jardín de Senderos que se Bifurcan)
(Siempre Borges)
Por: L.M.C.
Leí una vez un poema
que aún no se había escrito,
estaba hecho de arena,
de sueño oculto y de mito,
de fugacidad eterna,
de contemplación y rito.
Era su letra de tiempo,
se desgranaba en papel
y, mientras se repetía,
una y otra y otra vez
era, por siempre, infinito,
siendo finito también.
Mas se podía entrever
poco antes de borrarse,
desapareciendo al cabo
y volviendo a aparecer
rico de luz y colores,
difuminado después,
cambiante, siempre cambiante,
en un vórtice inefable,
yendo y viniendo sin tregua
para de nuevo emprender
un nuevo ciclo y volver
siendo distinto y el mismo,
ilimitado y efímero
sin poderse detener.
Contenía las palabras
que no se pueden saber,
los idiomas innombrados,
los enigmas, los acasos,
lo ignorado, lo increado
los vestigios de los pasos,
lo olvidado, lo callado,
lo vuelto a reconocer;
lo que está en el pensamiento
de todo viviente ser;
el recuerdo de los muertos,
de los vivos al nacer
y lo que será después
de haber sido y seguir siendo;
la materia del silencio,
la memoria del ayer,
la predicción del futuro,
lo que no ha de acaecer.
Toda la historia del cosmos
estaba en aquel papel,
plasmada en ese poema
mezcla de vida y de muerte,
entre ser cierto y no ser;
en discordes dimensiones
imposibles de aprender;
por senderos infinitos;
por renglones no sabidos
donde el tiempo es y no es.