(Una crítica literaria)
Por: Luis de Valdeavellano
En verdad que estoy intentando leer a don Ramón Gómez de la Serna. Con la mayor voluntad. No tengo duda alguna respecto a lo tremendamente innovador de sus presentaciones en las numerosas, y al parecer divertidas y brillantes, conferencias que dio, verdaderas performances adelantadas a su tiempo, las cuales convendría estudiar mejor por parte de los teóricos del arte conceptual y sus sibilinas derivadas, pero si la tengo, la duda, quiero decir, en su fama como escritor sustentada, básicamente, sobre el “descubrimiento” por su parte de las greguerías, lo cual le ha situado en un lugar destacado de la historia de la literatura, incluso me atrevería a decir que, casi casi, internacional.
Ahora, mediada la lectura de una de sus novelas, dicen que fundamentales (El caballero del hongo gris), me encuentro ante un autor harto dudoso como novelista.
Si he de ser sincero, y he de serlo a toda costa, sobrevalorado es una palabra que refleja, en mi opinión, su presunta categoría de novelista. Vale que novelista puede ser considerado todo aquel que escribe una cosa larga, con ribetes fantásticos y una cierta trama, la clásica sería: planteamiento, nudo y desenlace, y que, al final, consigue publicarla, aunque sea a su costa. Eso sería la definición tradicional de un novelista. Visto así se puede decir que Ramón, don Ramón escribió una novela. Pero claro, luego hay que leerla, intentarlo al menos, y es difícil. Es ella dura, la novela, es cansina su sucesión de sucesos, sin solución de continuidad, en la que abusa de figuras, imágenes, y comparaciones retóricas constantes, de manera un tanto alucinógena, como si su mente no pudiera pararse. Incapaz de medida, las va poniendo una detrás de otra, incansablemente insoportables, lo cual desfigura la novela absolutamente, la desnaturaliza sin enriquecerla, o, por mejor decir: de tanta pretendida riqueza ocurrente, la dispersa, la ahoga en sí misma hasta el absurdo paródico. Se trata de una especie de barroquismo tumultuoso, torrencial, inaudito, que arrastra a su paso la propia novela hacia ninguna parte.
Lo que más me sorprende es que escritores como Borges o Neruda, le dieran tanta relevancia, no necesariamente a esta novela en particular, sino a su autor.
Habiendo, que es gerundio, leído, ya en el pasado, las numerosísimas greguerías del autor en cuestión. No negando cierto acierto en algunas, cierta gracia en otras, me siguen pareciendo “poco arroz para tanto pollo”.
Puesto que no creo en que la innovación por la innovación, el cambio por el cambio, sean necesariamente buenos en sí mismos, en ningún campo del saber humano, y teniendo en cuenta que la literatura tiene para mí demasiada importancia como para dejarla en manos de la especulación, fruto de intereses espurios, crematísticos, de moda, de género, de número, o de lo que sea que conlleve esa presunta modernidad. No considerando estos aspectos como una modalidad de mérito “ per se”, en el caso de don Ramón no acabo de verle la “gracia”, al menos tanta “gracia” como se le dio y aún, a veces, se le da.
El caballero del hongo gris es, por tanto, para mí, una novela imposible.
Mi recomendación, en cuanto a su lectura, querido lector, si existieses, es que te atrevas si eres osado y audaz.
Para concluir, recapitulando, añado este añadido, “añadible”, teorizando sobre la base de estas palabras que no existen, pero que quedan aquí impresas: “Metaforear”, “metaforiar”, “metaforizar”, constantemente representa un imposible literario, sirve mientras vale. “Lo poco agrada, lo mucho cansa”. En la greguería que inventó don Ramón, que es la metáfora llevada al extremo, al desenfreno, tiene un ingenioso pase…, casi siempre, a menudo, pero en la novela su continuidad impertinente es un dislate, un absurdo, burdo, palurdo. No todo vale, e, incluso el genio desaforado de Ramón raya en ocurrencia, deviniendo hastío cuando es tan reiterativo que es insoportable ¿No sé si me explico?
Vale.