(Recuerdo de Rubén Darío)
Por: L.M.C.
Érase que se era
un caballo de madera
que quería cabalgar
sobre las aguas del mar.
Era un caballo obstinado
que se había empecinado,
en su obsesión con el mar,
por sus aguas navegar.
Una noche, silencioso,
cuando ya todos dormían,
salió de la habitación
donde, feliz, convivía
con el niño, su señor,
y partiendo sigiloso,
por un camino frondoso
hasta la mar se llegó.
No tuvo miedo del agua
que, rompiendo con la orilla,
blanca espuma producía
al ritmo de la marea.
Tampoco el bronco bramar,
de aquel feroz oleaje,
le hizo recapacitar
de tan temerario viaje,
empeñado en cabalgar
sobre las olas del mar.
Así que se decidió,
se lanzó sobre las ondas
y por ellas cabalgó
como un peje o delfín
llegando al otro confín
del océano salvaje
a finalizar su pasaje.
Un niño estaba, casual,
jugando sobre la arena,
construía una ciudad,
un castillo con almenas
y murallas guarnecidas
de finas conchas, cual perlas,
en lo alto relucientes,
como nacaradas velas.
Vio llegar al caballito,
mojado de espuma y sal,
cansado de cabalgar
sobre la mar marinera.
Lo rescató con premura
sacándolo de las aguas
y tomándolo en sus brazos
lo recogió en su regazo,
mirándolo sonriente,
le dio un beso y un abrazo.
Y aquel caballito pez
supo que, de nuevo, ahora,
volvería a tener dueño,
sería el niño pequeño
que lo llevaba en su seno.
Y el cuento empieza otra vez.
Érase que se era…
…un caballo de madera…