TORRENTE PRESIDENTE

        (Como hacer una película con “desechos de tienta”)

Por: Luis de Valdeavellano

En el argot taurino “desechos de tienta” son aquellas reses bravas que, no superando las pruebas a las que son sometidas por sus criadores, son derivadas a festejos populares o, en el peor de los casos, al matadero.

          Pues bien, muchas películas se sustentan en actores estrella, elegidos, ellas y ellos, por su potencial “tirón” de público, por su fama, belleza sexual, o por su prestigio actoral. Empezar una película así ya supone una teórica ventaja de partida. Si a eso le añadimos un director de prestigio, vamos sumando elementos para que el resultado sea óptimo. Pongamos luego un guión. más o menos. resultón, a ser posible, un clon de algún otro que verdaderamente fuera bueno, y tendremos la película del año, que lo será hasta la siguiente, y que al mes de estrenada habrá pasado al baúl de los recuerdos, es decir las comercializadoras de las televisiones que la repondrán cada tanto.

          Pues he aquí como Santiago Segura, don Santiago, cineasta popular, pues produce para el pueblo, trabajando con actores desaparecidos de la escena, denostados en muchos casos, inservibles para casi todos, consigue sacarles partido, integrarlos, incluso haciéndolos brillar en algún caso, haciéndolos partícipes de un estrellato coral donde reviven, resurgiendo en nuestra memoria colectiva de pueblo olvidadizo, pero siempre nostálgico.

          Además, en otros casos, trabaja con personas que no son ni siquiera actores, pero que por su mayor, o menos, popularidad le aportan al menú actoral su añadido de picante y, finalmente, con un guión que se acerca mucho a la mismísima y bajuna realidad social, compone una mixtura tan “kitsch”, tan “neosurrealista”, tan costumbrista, tan “cutrimista”, tan…, tan…, tantarantán, que el resultado, aun cuando en algún momento se le vaya de las manos, es demoledor.

          Y no estoy hablando de un clásico del cine, que lo será a su manera, pasado el tiempo. Estoy hablando de entretenimiento puro y duro, una de las formas más difíciles de hacer cine, teatro, televisión, literatura o lo que sea. Y todo en medio de un desolador panorama cinematográfico nacional e internacional, como siempre con excepciones, deprimente, lo cual es mucho, muchísimo.

          Estamos ante un genio de la comunicación, del cine. No un virtuoso, ni un esteta, ni un creador paradigmático, ni un revolucionario de la pantalla, pero sí de un genio, pues tiene la capacidad de llegar al público, a una gran parte del variopinto público, con su ojo clínico.

          Es ingenio y es talento lo que se requiere para divertir, para entretener mientras se enseña algo, en este caso mientras se nos enseña lo cutres, lo bajunos, lo deplorablemente mezquinos que llegamos a ser sin apenas tomar conciencia de ello. Ése “prodesse et delectare”, “enseñar deleitando” o “instruir agradando”. Eso, tan difícil, que don Miguel de Cervantes tomó como máxima aspiración durante toda su vida.

                                             Vale.

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