Cinco señoras con perrito, y un gordo.

Por: Luis de Valdeavellano

          Sí, ya sé que el título, según el canon de pureza ideológica imperante, es decir: el progre-buenismo social-comunista, pudiera resultar ofensivo. Pero francamente, me importa poco que así sea.

          El otro día, esperando a alguien dentro del coche, en una gran ciudad cualquiera, me entretuve en contar viandantes paseadores de perrillos. En breve espacio de tiempo conté seis. Los seis, entrados en carnes, los seis con perrillos minúsculos de los que caben en un bolsillo. Y pensé en ellos.

          Cuando uno intenta describir un estado de cosas, en este caso social, cualquier cosa puede ofender o herir, por lo que solo el silencio pudiera ser tomado como no ofensivo… o tal vez ni siquiera, pues seguro estoy de que todo lo que no sea comulgar, expresamente, en la secta ideológica impuesta, será tomado como ofensa.

          Pero no se trata de ofender, ni de intentarlo, se trata de constatar una realidad social: se ven por las calles de nuestros pueblos y ciudades, más en las ciudades, muchas señoras con perritos. Y más gordos que años atrás.

          Porque, pese a la percepción delicada y sensible de los nuevos ideólogos de la verdad relativa: existe la gordura corporal, es medible en relación con la altura, la masa muscular, y otros parámetros corporales, y por ello puedo afirmar que existen mujeres y “mujeros”, hombres y “hombros”, más o menos, gordos, lo cual, en otros tiempos no tan lejanos, habría sido visto como un claro síntoma de bienestar social, mientras que ahora parece ser una especie de lacra insoportable, lo que supone en sí mismo que un cambio fundamental en el acceso a la comida, en principio favorable a una gran mayoría de la población, ya que puede comer hasta atracarse, hasta generar grasa corporal, origen de la mayoría de las gorduras humanas, sea visto como un mal terrible, algo a combatir con planes y dietas imposibles.

          Para mí no es ni malo ni bueno estar gordo, o delgado, salvo en casos de extrema gordura, la llamada gordura mórbida, o de extrema delgadez, la llamada anoréxica. Solo en un plano estético, al unir gordura  y vestimenta, hallo algún reparo cuando veo ciertos cuerpos embutidos en ciertas ropas, con el clásico resultado salchichón, o morcillona, entonces mi sentido del equilibrio esteta me produce sudores fríos, pero los sudores fríos tienen la virtud de pasar desapercibidos para el resto de los mortales, por lo que se quedan en cosas mías sin trascendencia alguna.

          Pero ¿no sé por qué extraña razón? me llama la atención el ver a una persona, entrada en carnes, con su diminuto perrito de bolsillo, paseando por las calles de nuestras ciudades. Esta situación sublima en mí el efecto visual de la gordura humana y le confiere un status diferenciador. Su gestualidad, el volumen, la cadencia con la que se desplaza ese cuerpo serrano, junto con la diminuta presencia del animal de compañía, bien sea llevado en brazos, o pendiente de la correílla de su dueño, no digo nada si, además, el susodicho, es decir el minúsculo perrillo, lleva un trajecito, me producen una extraña mezcla de sensaciones emocionales que van desde la conmiseración a la duda, de la ternura a la compunción, o a la atrición, pudiendo llegar al abatimiento moral.

          Y es ahí donde aparecen las preguntas esenciales para mí que, por no fatigar, resumo en una ¿Por qué esa persona ha llegado a ese estado físico-espiritual?

          Imagino su soledad en medio de la masa, creo ver en ellos una especie de poso de tristeza, de abandono, como si se aferrasen al perrillo faldero lo mismo que se aferra un náufrago al trozo de tabla que, a duras penas, le mantiene a flote en medio de la mar, aún a sabiendas de que su destino final sea naufragar.   Vale

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