EL MENDIGO QUE SE LLEVÓ EL SOL

Este artículo fue publicado en el periódico digital «La Comunidad de info» en 2013

Por: Luis de Valdeavellano

          El mendigo se levanta con los primeros rayos de sol y otea desde su mirador privilegiado. Un poco ruidoso, sí, un poco contaminado, también; pero el mendigo no es un tipo al que le preocupen demasiado este tipo de cosas. El refugio es cálido, soleado, seguro. El mendigo sabe que estas cualidades son apreciadas entre los de su gremio. Sabe incluso que si lo pusiera en el mercado algún colega pagaría por él, como sabe también que, entonces, se descubriría su pequeño tesoro. Por eso, hasta ahora, el mendigo ha tenido buen cuidado de no llevar a nadie a su guarida y la ha mantenido en secreto, seguro de su valor como refugio.

Lo encontró por casualidad, o más bien fue encontrado por él. No recuerda como llegó hasta allí por vez primera. Solo que había salido de su casa, que alguna vez tuvo una casa, que había bebido… que hubo un tiempo en el que bebía mucho y… bueno, un poco por aquí y un poco por allá, la cosa se había ido saliendo de madre y luego, sin saber como, se despertó justo donde estaba ahora oteando, con la misma sensación de calor, de caricia, en el momento oportuno. Ya no recuerda su otra casa, su otra vida, o… vale, a veces sí la recuerda, pero poco, y entonces se hace el tonto y el distraído.

    Desde su refugio a menudo emprende excursiones por los pueblos y polígonos de los alrededores. Afirma haber visto grandes águilas en completa libertad, cazando para alimentarse en las gazaperas que se ven perfectamente desde la carretera. Proliferan en esta comarca los conejos, en lo que parece ser un enclave de reproducción ideal para estos lepóridos que un día dieron nombre al país. Y parece increíble que la naturaleza insista aún en sobrevivir con tanta fuerza en medio del frenético caos acosador y urbanita.

    El mendigo ha visto muchas cosas durante este tiempo de constante deambular. Ha observado a los obreros durante sus largas jornadas de trabajo, en las obras de las nuevas glorietas de la carretera, ha sufrido el frío intenso de las mañanas de invierno, y el calor extremo de los interminables días del estío. Le suelen dar trozos de sus bocadillos proletarios e, incluso, algún trago del vino que tienen prohibido beber durante el trabajo. Ahora todo son prohibiciones… y glorietas, afirma sonriente. Las modas, sean estas cuales sean, se apoderan del alma de los hombres y son como las drogas, que enganchan y terminan creando adicción.

    El mendigo ha contemplado también el devenir diario de los lugareños de estos pueblos de alubión, llenos de personas llegadas de todos lados y de ninguna parte. Gentes, en muchos casos desarraigadas, al borde mismo de una integración precaria, ficticia y temporal, casi vagabundos, casi como él mismo. Ha reconocido en algunos de ellos la semilla maldita de su condición errante, de paria, que es como una señal que no se ve pero que se percibe, a poco que te fijes, con un poco de sensibilidad atenta. Ha intuido que unos cuantos terminarán siguiendo sus pasos: un día lo darán todo por perdido, y otro día se verán, por unas u otras causas, obligados a seguir la senda estrecha que conduce de la miseria a la nada, de la nada a la miseria. Un camino como otro cualquiera. Un camino sin retorno. Un camino al fin.

    El mendigo, que tiene ya alma de vagabundo, siente una sensación de lucha incipiente entre su necesidad de movimiento y el ancla que supone su refugio. Es una batalla interior que él solo tiene que librar.

    Por fin llegó el día en que el mendigo del puente de la autovía (el más cercano a los polígonos de la gran ciudad), el mismo que yo solía ver, cada mañana, al pasar bajo su arcada repetida, anodina e impersonal, camino del trabajo, el que me gustaba observar, en la medida de las posibilidades del tráfico, circulando por el carril de la derecha, lo más lentamente posible para tener más tiempo durante el que fijarme en los detalles, no salió a recibir el primer sol de la mañana y, en su lugar, pude ver a una patrulla de policías inspeccionando el lugar.

    Ahora, pasados unos días, los operarios del mantenimiento de la autovía han desmantelado la caseta y se han llevado las pocas pertenencias del mendigo, que colgaban, alineadas y simétricas, del hormigón del puente.

    Hoy está nublado y me imagino, al pasar bajo ese puente donde ya no hay ni refugio ni mendigo, que es el sol, que protesta así, a su manera, porque ya no está el mendigo para agradecerle sus alegres rayos matutinos, cálidos y reconfortantes, o, bien pudiera ser, que sea el sol el que se ha ido tras el mendigo, siguiéndole  los pasos. Vale

2 comments

  1. Me ha gustado mucho. Gracias por escribirlo.
    Tú sabes que las pequeñas historias son los flecos de otras más amplias.
    El inicio o fin de una novela costumbrista??
    Un abrazo.

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    1. Querido primo, hoy me he atrevido a contestar por vez primera, todo un reto para mí.
      El costumbrismo literario siempre me ha parecido interesante, sobre todo porque forma parte de mi afición a la historia, donde suele ser un elemento tan importante como poco y mal tratado. En lo sencillo, en lo normal, e incluso en lo anodino se encuentran muchas de las claves del por qué los humanos hacemos las cosas.

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