LORD JIM

(Este artículo fue publicado en el periódico digital «La Comunidad de Info» en 2012

Por: Luis de Valdeavellano

Józef Teodor Konrad Nalecz-Korzeniowski, (Joseph Conrad) escribió esta novela en el año 1.900, cuatro años después de haberse retirado de su profesión de marino y de haber iniciado su fulgurante carrera de escritor, que le llevaría a alcanzar la gloria literaria.

Tras haber leído varios libros suyos: El corazón de las tinieblas, Tifón, alguna recopilación de relatos, además de éste que encabeza el título, he llegado a varias conclusiones, por supuesto solo válidas para consumo interno, pero que me gustará compartir con ustedes, tan queridos como hipotéticos lectores. La primera de ellas es que, para alcanzar una comprensión cabal de este escritor extraordinario, presumo indispensable leerle en su idioma adoptado (que fue el inglés) porque, al no ser éste su idioma nativo ya que, como se sabe, era Conrad polaco, nacido en la actual Ucrania, y había residido en Marsella antes de recalar en Inglaterra y, por lo tanto, siendo conocedor del polaco, del ruso, del francés y por último del inglés, idioma que empezó a usar cuando ya tenía cerca de los veinte años, estoy seguro de que hizo un esfuerzo de aprendizaje, comprensión y uso estilístico del inglés muy superior a la media, de lo que se estila, entre los escritores nativos en esa lengua. Este trabajo profundo de exaltación del lenguaje adoptado, de inmersión, y de su uso, en sus formas más puras, más clásicas, buscando la propiedad y la exactitud, con un prurito extremado de perfección, en el uso de aquello que nos es ajeno, esta indagación sobre el idioma, se deja notar, aún en las traducciones. La propia Virginia Woolf así lo asevera al criticar la obra del escritor. Es cierto, la potencia, y el profundo y complicado artificio de su lenguaje literario van más allá de la mera narración y ése es un valor de primera magnitud de la obra “conradiana”: el maravilloso empleo, la búsqueda de la excelencia en el uso de un idioma, como medio de perfeccionamiento de la expresión artística.

La segunda, porque, a esta complejidad manifiesta del recurso elemental de cualquier narrador, de su materia, que es el idioma, se le une una capacidad de introspección anímica, moral, e íntima, de los personajes que raya lo antológico, potenciada siempre al máximo por el propio uso de la lengua.

¿Cómo decir?: el fondo subyacente de la obra se agiganta tanto en la trama, en la narración de acontecimientos y en el empaque de los personajes como en el ritmo y en la atmósfera que crea con el lenguaje.

Este Lord Jim insondable es como el fondo del mar, no puede ser conocido, ni abarcado, ni aprehendido nunca en su totalidad porque es siempre cambiante, sometido a una transformación sutil pero constante, y no por previsible, menos profunda.

Existe una parábola, reiterada en Conrad, entre el mar, el agua, fluido líquido y a menudo inaprensible, y el alma humana.

Conrad habla de lo que sabe: de la mar y de la naturaleza humana. Y lo primero que sabe y recuerda, y reitera, es lo imprevisible y lo cambiante de ambas. El mar es la mayor manifestación de la energía, de la potencia de la naturaleza desatada, incontenible, inconmensurable en su fuerza destructora, aunque es, al mismo tiempo, fuente de vida, camino para recorrer, vía abierta a la libertad, a los sueños, a la ilusión, a las oportunidades. El alma humana es un océano para los sentimientos y la razón, es el mar superior del ser humano y, claro está, que todos los mares no son iguales como no lo son todos los barcos que los navegan.

Lord Jim es la historia de una tragedia que se consuma pese a todo intento exterior por evitarla. El único consuelo, para quien acuda a su contemplación, es que se verifica tras la redención del protagonista, en un éxtasis de purificación.

Lord Jim representa la lucha por un ideal humano superior aún cuando éste no llegue a tener nunca una forma tangible y definitiva. Es la fuerza de un destino puro en su malditismo, inocente en su orgullo extremo, inasequible al desaliento, bello en su romanticismo radical y hasta diría que enfermizo en su conformidad y, posiblemente por ello mismo, irresistible. Vale

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