Jornadas de un cazador.

(Primera jornada.)

Por: Luis de Valdeavellano

                  

           Hoy se abre la veda. El cazador lleva soñando con este día toda la semana. En sus sueños, recurrentes, ha ido rememorando en que parajes vio los bandos de perdices, en que sitio le saltó la veloz liebre, o el conejo vivaz; recordó los árboles predilectos donde gustan zurear las palomas, o los pasos por donde suelen cruzar, raudos, los zorzales en sus azarosos circuitos aéreos. Ha soñado con los lugares exactos, que están grabados en su mente de forma indeleble, de forma tal que, al soñarlos, recordó el sitio, pero también la forma de los árboles, o el color del cielo: el verde o el amarillo de las plantas, el rumor del viento, y los aromas que trasmite el aire en su movimiento constante. Y lo que no recuerda se lo imagina, y le da forma en su imaginación ensoñadora, completando así el lienzo preciso de una naturaleza a la que ama. Todos estos recuerdos y sensaciones afluyen a su mente, en los últimos días, con una persistencia deliciosa, propiciadora, anunciadora, e impaciente, de la temporada que comienza.

           Así pues, la noche anterior, el cazador ha preparado todos los elementos de su equipo con gran cuidado. La escopeta está limpia y bien engrasada, el macuto contiene los útiles necesarios: una navaja de campo, una botella de agua, un mechero, papel y un trapo, un par de bolsas de plástico, algo de fruta y unos frutos secos, además, la canana contiene la munición adecuada; la gorra de visera y un par de guantes completan el equipo, y también la cámara, pues el cazador no desdeña la captura de algunas imágenes que, sin duda, le deparará su excursión cinegética.

          El cazador ha de madrugar si quiere llegar al cazadero elegido antes que cualquier otro de sus compañeros de coto. Lo sabe bien: el que primero llega es el que caza allí. Así que sale muy pronto, antes del amanecer, y recorre los caminos de concentración cuando aún es noche cerrada, aunque ya se atisbe, en el horizonte lejano, un leve conato de luz tenue que anuncia la llegada del nuevo día. Y es una bendición para el cazador ver nacer el día desde el campo, en la más absoluta soledad, sin un solo ruido que perturbe ese momento preciso en el que la luz rompe la tiniebla nocturna, y su débil presencia se va tornando rotunda hasta que, al fin, el sol surge, renovador y pletórico, por el horizonte lejano de las serranías. Es entonces cuando el cazador monta el arma y emprende su jornada, pero no sin antes admirar la belleza impagable del momento.

          El cazador se adentra en la absoluta soledad de un campo recién iluminado por una luz todavía débil, tersa y sutil, resplandeciente y tibia. La concentración es máxima, y cada parte de su cuerpo está ahora en tensión, dispuesta para la caza. El cazador siente todos sus sentidos alerta, pletóricos, aguzados con una nueva potencia y una finura poderosas; así, sus ojos intentan penetrar cada uno de los elementos que componen el entorno. El cazador quisiera alcanzar a ver incluso lo que se esconde tras las densas marañas de aliagares, tras las altas matas de espliego, o las más rastreras de tomillo, bajo los humildes romeros de aroma delicado, a los pies de las jóvenes sabinas, o entre los profusos enebros, de un verde poderoso e invariable, que surgen en su camino. Le gustaría poder adivinar lo que se oculta tras de las piedras que se extienden ante él, las que forman los majanos y las paredes que delimitan los terrenos de labor de los yermos.

          El cazador disecciona el paisaje donde cada sombra, cada leve movimiento, cada matiz, puede cobrar, de repente, vida propia, y un significado ignoto. Su oído rejuvenece, se afina en el yunque silencioso de la soledad y que es quebrado, apenas,  momentáneamente, por el tenue piar de los pajarillos que, indiferentes al cazador, acompañan su caminar, posándose en cualquier rama, y puede sentir, con claridad meridiana, sus propios pasos, el frotar de sus ropas al andar e, incluso, el mínimo roce del macuto a sus espaldas.

          De vez en cuando el cazador se para y escucha… percibe el silencio, roto por su corazón agitado,  ventea, y su olfato que, en el cotidiano medio urbano donde habita, se muestra insensible, torpe y atrofiado, salvo para lo enrarecido y pestilente que propala la insensata muchedumbre ciudadana, se vuelve ahora pletórico, se expande, se llena de matices, se embriaga con la multitud de aromas de las plantas que puede percibir, y los densos olores, olvidados para el hombre común, que son los que dejan los animales en su constante vagar por los baldíos, llegan de vez en cuando a su pituitaria rediviva: la fuerte micción de un macho de corzo, o del ciervo, pues con ella marcan su territorio; acaso la de algún aguerrido tejón, o de un zorro deambulante, pero quizás también la del intuido lobo solitario que ya comienza, de nuevo, a visitar estos  agrestes parajes, y este fastuoso festival odorífico es una fiesta total de los sentidos.

          Su piel es acariciada por los incipientes rayos de un sol tan leve como placentero, y cuando el sudor rompe por los poros de su piel, la brisa de la mañana le refresca y le alienta en su camino.

          El primer bando de perdices le sale lejos, sin posibilidad alguna de disparo, a media cuesta, en dirección a la colina de enfrente, hacia el norte, su fuerte batir de alas, al iniciar el vuelo, es un profuso frotar, un frufrú nervioso que suena como una melodía salvaje y desatada, poderosa y desencadenada en la huida que las lleva lejos, el cazador calcula que cerca de dos kilómetros, una gran distancia, asombrosa para un primer día de caza, un comportamiento impropio de animales jóvenes, que deberían ser más incautos y menos asustadizos al no haber sido todavía perseguidos. Pero no es así, en su código genético se saben presas, nacidos para ser hostigados por muchos depredadores, y se comportan con gran precaución. Solo cuando las condiciones meteorológicas empeoren, cuando llegue el crudo invierno, sus vuelos tenderán a acortarse buscando el ahorro de energía, vital para su supervivencia.

          La mañana va discurriendo feliz para el cazador, anda y ve, y oye, y huele, y siente, y aunque la fortuna de poder abatir una sola presa no le acompañe, él está tan gusto, disfrutando de los saltos de las perdices, que se producen cada cierto tiempo, siempre admirado por la velocidad y la fiereza de sus vuelos.

          Superada con creces la media mañana, con el calor apretando de firme, sudoroso, el cazador llega a uno de los pozos que salpican el terreno, excavados para poder dar de beber al ganado lanar que aún pasta en estas tierras olvidadas. Come un poco de fruta y se entretiene sacando agua del pozo, con una lata que los pastores dejan para poder dar de beber a su ganado los días de calores, llena un poco cada uno de los bebederos, tallados en piedra, que rodean el brocal y recoge un par de cartuchos y un bote de cerveza viejos, tirados por el suelo. El cazador tiene la costumbre antigua de volver siempre del campo con algún plástico, lata, cristal, o resto de basura, arrojados con desidia por algún imprudente o despistado, quien sabe si cazador, pastor, o quizá un andariego urbanita, buscador de setas, o fatigador de caminos. Da igual, para el cazador, por hoy, la jornada de caza ha terminado. Vale

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