MARÍA BLANCHARD

Por: Miguel de Ungría

María, con el paso corto de su menguado tamaño, va camino de la academia de Anglada Camarasa. Es una recién llegada a París, y es joven, y es fuerte, pese a ser pequeña de estatura por haber nacido tullida, debido a la caída sufrida por su madre cuando estaba embarazada. Pero su talento para la pintura es superior y se alza sobre ella a una altura prodigiosa.

          Mientras camina sola, minúscula, insignificante, sintiéndose mirada con recelo, o con desprecio, o con lástima, por algunos transeúntes, ensimismada sueña con pintar los cuadros más hermosos del mundo. Se imagina colores prodigiosos, formas inéditas, y su mundo mental la eleva sobre su pobre y dolorido cuerpo físico. Sus ojos están abiertos, de par en par, a toda la belleza de un mundo invisible, e inalcanzable, para el común de los mortales.

          No sabe todavía que su vida no será, ni muy larga, ni muy feliz, pues conserva aún toda la ilusión intacta. Ignora  que tendrá que hacerse grande y fuerte para cuidar de su larga parentela, de sus amigos bohemios aún menos afortunados que ella misma. Que tendrá que superar la mirada displicente y sucia de muchos de los que la rodean altaneros, envidiosos y mediocres, que solo verán la deformidad de su cuerpo menguado pero no la belleza insondable de su genio creador.

          No importa, y aunque llegará un momento en el que se descompondrá cúbicamente, su cuerpo delicado se trasmutará en pintura viva, decadente en lo físico, mas pletórica en lo espiritual, e irá directa hacia la consumación, en la que su arte perdurará, creciente, como su leyenda, aun a despecho de los eternos vendedores del humo indecente de los intocables.

Y fue María Blanchard

Una pintora genial.

Una mujer muy valiente

Por mucho que se rieran

De su cuerpecillo inerme.

La grandeza de su alma

Compensó, con creces,

La falla de su estructura.

Fuiste siempre valerosa

Como tu genio de diosa.

La fuerza de tus pinceles

A la inmortalidad te eleven,

Pues solo los dioses pueden

Alzarse hasta las alturas

Sin el temor de caerse.

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