LA ODISEA VERSUS DON QUIJOQUE

Este artículo fue publicado en el periódico: «La Tribuna de Guadalajara en 2006»

Por: Luis de Valdeavellano

Se me antoja que el viaje de Ulises, por el proceloso mar Mediterráneo, de regreso a Ítaca, tiene su análogo en el de don Quijote por la tórrida y alucinógena llanura manchega, con la similitud de que, ambos, son viajes iniciáticos; periplos en los que el viajero hallará la sabiduría, el conocimiento superior, y con la diferencia de que, mientras el de Ulises es un recorrido de regreso al hogar, un viaje donde prima lo mitológico y lo épico, sin atisbo posible de comicidad, ni crítica social alguna, el de don Quijote es una partida, desde el propio lugar, en busca de otra realidad más alta y mejor, donde hace su aparición, si no por vez primera en la literatura, sí ya, como elemento creativo de primer orden, y crítico con la realidad social, un elemento fundamental en la evolución del pensamiento humano y su traslación literaria: el sentimiento cómico, el sentido de humor como argumento censor, enmarcado en una forma literaria magistral de enseñar sonriendo.

          En ambas obras, los encuentros que sufren sus protagonistas, las penalidades, las tentaciones a las que van siendo sometidos, las luchas y los halagos, que, a pesar de todo, no les hacen perder de vista su objetivo, suponen un enriquecimiento espiritual y la forja de un destino singular e imperecedero.

          El conocimiento de los clásicos griegos y latinos, por parte de don Miguel, se sospecha, definitivo, a la hora de concebir su obra, y puede que fuese un punto de partida para su creación, luego, los personajes: don Quijote y Sancho, irán cobrando vida propia y dictaran el camino a seguir, pero en ella estarán siempre presentes los materiales mitológicos ancestrales llevados, con sabiduría sin par, a otro momento histórico, a otra realidad, si cabe, un poco más prosaica, si bien que ribeteada y enriquecida con tintes humorísticos, irónicos y hasta sarcásticos, respecto al clásico homérico.

          Parece reproducir Cervantes, con formas tardo-medievales, amparándose en una parodia a los, entonces de moda, libros de caballería, distintos pasajes de la Odisea, incluso el descenso a la cueva de Montesinos podría ser la réplica del descenso a los infiernos del gran viajero aqueo, como viaje iniciático al otro mundo, al inframundo purificador, de donde volverán limpios, regenerados y más sabios, (don Quijote lo hará también más delgado).

          La intervención de elementos míticos, (que en el Quijote son mágicos, exotéricos, dado que entonces estaba en boga la alquimia) son el fino hilo conductor de la acción. Siempre hay una traducción de la realidad a términos superiores que escapan al control humano. En la Odisea los dioses se interponen a la menor ocasión, e incluso forman parte de la acción misma, participando en la trama, inmiscuyéndose constantemente, siendo así que Ulises tiene que enfrentarse a ellos y sufrirlos. Don Quijote ve también signos constantes de intervención mágica en cada una de sus acciones, así los resultados, casi siempre penosos, de las mismas, se justifican para él dada la intromisión, inevitable y superior, de seres, también míticos: los magos que le persiguen, contra los que poco puede hacerse, salvo aguantarlos.

          Otros muchos elementos y pasajes tienen estas dos historias en común, si bien resueltos en distintas claves: el gigante Polifemo de la Odisea halla su réplica en los molinos de viento. También el ideal amoroso encuentra semejanza en ambos pues, mientras el héroe de Ilión añora siempre a su amada Penélope, nuestro caballero andante tiene puesto su corazón en la, sin par, Dulcinea, a la que, acaso, nunca ni siquiera vio.

          Ulises quiere regresar a Ítaca para reconquistar su reino perdido, y para depositar en su hijo Telémaco el testigo de la realeza, para ayudarle a continuar su estirpe, y así se presentará ante él antes de enfrentar la batalla final contra los pretendientes. Don Quijote no tiene hijos, pero su relación con Sancho, por momentos, es paternofilial. Como a un hijo le enseña, le corrige, le adoctrina, y en él piensa a la hora de entregarle una ínsula donde pueda gobernar. Sancho es el “hijo” en el que depositar toda su filosofía vital, toda su ideología, toda la sabiduría aprendida en los libros de caballería, es el elemento continuador de su espíritu. Así, el héroe homérico y el caballero cervantino, se equiparan como seres virtuosos, ideales, arquetipos de la grandeza humana, paradigmas y modelos, por encima del bien y el mal, ajenos a cualquier realidad. Señores de un mundo propio, intransferible, y eterno, donde lo cierto no puede explicarlo todo.

                                             Vale

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