Este cuento fue publicado en el periódico digital «La Comunidad de Info» en 2013.
Por: Luis de Valdeavellano
Aquella noche la ciudad tenía guirnaldas colgando de un cielo negro, que caían y se iban a fundir con los brillos de las farolas como si fuesen luciérnagas lentas acoplándose, y las avenidas estaban tan silenciosas, apenas cruzadas por algún auto raudo, rodeadas de un vapor impreciso, hecho de luces y penumbras veladas y difusas que variaban ligera y constantemente su posición, creando una realidad móvil e incompleta, en constante recomposición.
El antro del que salían en aquel momento estaba fuera del circuito de la “marcha” local, en uno de los nuevos barrios de la periferia. Era un club de baile afro-americano al que habían accedido con invitación. Uno de esos establecimientos un tanto elitistas, surgidos a favor de la marea de inmigrantes hispanos, con orquesta propia y bailarines profesionales, combinados sofisticados, hombres guapos y mujeres rutilantes que quitaban la respiración a su paso.
De él regresaban ahora, caminando eufóricos todavía después de la noche de baile y fiesta. Caminaban alegres, cogidos de la mano, y las risas de ella resonaban en los oídos de él como campanadas de gloria. De jardines perfumados y paraísos nunca hollados hablaban sus risas y su voz cristalina. Pura alegría de vivir en un mundo arbitrario donde la risa, a veces, si no está prohibida sí sorprende, cohibida, dando envidia y creando desasosiego entre los no iniciados.
Paseaban en la noche mientras la ciudad sigilosa se extendía ante ellos, mostrándose, a ratos, diáfana y reluciente de escaparates, y otros recatada y secreta de sombras inconclusas, zigzagueante al cabo de callejas retorcidas trazadas como tatuajes profundos sobre el cuerpo terso de la urbe, huellas indelebles, retazos de una fundación remota, perdida ya para siempre en la noche de los tiempos.
Hablaban al principio sin parar, luego espaciando las frases a medida que caminaban y el recuerdo fresco del baile se iba refrenando, adormeciéndose lentamente en los rincones de su memoria. Sin pensar, sin darse cuenta, las calles se iban haciendo más pequeñas y más oscuras y luego… de repente, aquel silencio contagioso.
Aquel callejón no parecía tener salida, podría no tener salida, pero no se apreciaba bien el fondo y ellos no lo vieron nada claro. Tontamente se habían extraviado en una parte de la ciudad que no conocían. Se pararon un momento, confusos y despistados, sin saber si seguir adelante o volver cautos sobre sus pasos. Pero pronto volvieron a la realidad de la gran ciudad y del peligro siempre latente acechando sobre los inermes y los no avisados. Despertaron de su sueño de enamorados justo cuando vieron aparecer, al final del callejón, a ese grupo de niñatos gorrillas, nerviosos y sonrientes. Esos verdaderos hijos de puta, desarraigados de la sociedad y aún de sí mismos, venían despacio, tomándose su tiempo, como regodeándose en el juego macabro que recién iniciaban.
Él −Corre, ve y busca ayuda.
Ella − ¡No te dejaré!
Él –Es necesario…corre.
Mientras ella, por fin, le hizo caso, primero retrocediendo lentamente y luego ya corriendo con toda su fuerza y sin recato, él se fue preparando, calmo, quitándose el cinturón de hebilla grande de metal, bien cogido con su mano derecha, tomándolo largo, la chupa en la otra mano enrollada sobre el brazo y esperó…
…Pensó en las pistolas, ese maldito invento del demonio. Los niñatos gorrillas a veces usan pistolas… Pensó… Si hay pistolas mal asunto…pensó…
…Y fue breve la espera. Uno de ellos, adelantándose al grupo, salió corriendo tras ella y él puso el pie justo al pasar por su lado y le hizo caer, y retorcerse, y blasfemar inerte y al caer, rodando, el tipo, va la pistola y se le sale del cinto, o de la funda y él, que la ve brillar, girando plata y muerte sobre el suelo negro asfalto, la trinca y la empuña y tira uno, de mosqueo, al aire indefinido y aquellos pelanas, chulos y sonrientes niñatos gorrillas, se las piran, confusos, radicalmente contrariados, por el fondo del callejón, sin saber por donde, porque el fondo no se ve.
Cuando llega ella con los policías, él aún tirita en la penumbra.
Vale.
Mezcla de romanticismo y realismo crudo en la ciudad. Un embudo al que no se le ve el final. Un final feliz que se agradece. Bravo
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