ULISES EN TIEMPO REAL

            (Cuando leer a Joyce es la “odisea”)

                             Manual de uso

                                    (Ocho)

Por: Miguel de Ungría

(Continuación de la continuación 12)

La vieja Inglaterra siempre supo aplicar sus leyes con eficaz crueldad, mientras se postulaba como ejemplo ejemplar “ejemplizante” de las democracias occidentales a la par que mantenía, y lo sigue haciendo, una cámara hereditaria de los lores.

          Cuando Joyce escribía este libro su libro el libro, era el tiempo de la llegada de la independencia a Irlanda; por partes, por supuesto incompleta, por supuesto mutilada por el expolio de un tercio de la isla por parte de los depredadores anglos.

          Mientras, el viejo famélico costroso can del Ciudadano, ajeno a sus peroratas gruñe y come. Bloom fuma su puro mientras debate, con el Ciudadano dueño del can, sobre el peliagudo asunto de morir por la patria. Oh la más dulce de las muertes. La patria. La muerte. Y Joyce, en un aparte, rememora lo que le dijo Burke sobre Bloom y los cuernos de su dulce esposa, pero como ese asunto huele a puro chismorreo y esto pretende ser no ser un ensayo serio, intelectualmente hablando, por lo que no deberían caber en él hablillas, no lo repetiré literalmente pero sí dejaré constancia de ello. Mientras, el Ciudadano brinda por los héroes de la patria irlandesa, porque cada uno va a lo suyo, pasando del folleteo a la gloria de los mártires sin solución de continuidad. Todo ello sin saber, exactamente, que cerca de allí, a no mucha distancia, en esos mismos momentos, -porque Dublín en aquel tiempo no era tan grande como ahora- la plebe, siempre burda, garrula y “pastoreable”, contemplaba el espectáculo, sin embargo deleznable, del ajusticiamiento de un probable héroe de la patria por parte de los representantes de su majestad majestuosa, “majestática”, británica, representada por el gobernador general o como se le llame al prenda que representa al representado por el representante, rodeado de todos sus adláteres. Eso tras escuchar el himno, los cantos y las soflamas bajo los rayos y truenos y mientras aguantaban el agua caída en tromba por una tormenta desatada; con los invitados de las delegaciones extranjeras delegadas bien cobijados bajo el techado de la tribuna de honor.

          Espectáculo horrísono narrado con prolijo rigor por Joyce donde lo sentimental de la escena, incluida la angustiosa despedida del héroe “ajusticiable”, mitigada por el temple de dicho “ejecutable” ofreciendo parte de su última comida a los presentes más famélicos. Ello suponía, en aquel tiempo de hambre (el hambre la hambre), un gran ejemplo de dignidad en medio de la alevosía criminal de la ley humana inhumana. Dotada toda aquella descripción con los aspectos más sensibles que tanto juego darían años después en todo docudrama que se precie, tipo Netflix, cuyo argumento nos retrotrae a una situación de tensión sentimental insoportable por lo que vuelvo al bar, pues, al cabo, el bar es un lugar muy grato para pasar el rato, y suelen ser los bares acogedores lugares incluso si se da en ellos la presencia de chuchos infectos y de borrachos babosos: “Bares… que lugares… tan gratos para conversar…” Esto cantaba aquel conocido grupo de pop español de los ochenta llamado Gabinete Caligari con monocorde contenida emoción.)

          Es curioso como en esa época ya se veía, con toda claridad, la necesidad de llevar a los perros controlados con correa, y con bozal a los más grandes y agresivos. Creo que, en la actualidad, habría que extender su uso a algunos poseedores de perros y animalistas en general, claro que esto es una apreciación personal fruto de la tirria que me producen tan lamentables especímenes, comprendiendo que, por supuesto, no tiene por qué ser mayoritaria.

          Leer poesías de amor a los perros, darles besos en los morros, acostarlos en la misma cama, no son métodos precisos de buena educación canina. Aunque haya opiniones divergentes. Hay teorías que incluso insisten en los beneficios que suponen dichas actitudes, llegando a proponer la práctica de la copulación como fuente de beneficios para las partes.

          Y, mientras esto se debate, o no, el señor Bloom afirma que él no está aquí para beber de gorra. Que él tiene su corazoncito, su orgullo, y su tal y tal.

          Doran el borrachuzo de Doran, en el culmen de su aliteración alcohólica, quiere dar el pésame a la señora Dignam a través de Bloom, y dando toda una lección de dignidad dipsómana, síntoma evidente de que su más que notable ebriedad se halla en un momento álgido, que le hace tropezar con el aire que, de repente adquiere una impenetrable densidad, mientras intenta caminar, lo intenta y, a duras penas, sale del bar sin mirar atrás, borracho perdido a las cinco de la tarde. Y ahí va, él a la calle mientras Joyce se larga otro chisme, puede que un tanto mezquino, aprovechando la coyuntura, sobre Doran y sus devaneos con putillas procaces. Porque casi siempre que hay farra, y bebercio y mujeres, se termina con algo de folleteo y al final, la cosa se reduce a lo elemental del “mete y saca”, que es otro de los escasos idiomas universales. El folleteo. Pero el domingo, con su mujer, putilla reconocida o no, reconvertida en una verdadera señora, se les podrá ver en misa.

          (…Hago aquí un breve inciso para expresar que, pese a que no muchas veces se llega a conocer a un escritor por sus escritos, en el caso del señor Joyce, siento que le voy conociendo un poco según me adentro en su libro y, pese a parecerme más raro que un perro verde, me gusta, me enternece, me emociona, sobre todo una parte de su sentimentalismo alcohólico, a la par que descubro algunos otros rasgos candentes de su muy compleja personalidad, tales como una tendencia, por momentos explícita, a cierto sórdido cutrerío escatológico sexual…)

          No quiero cansar pero las rondas se sucedían por lo que Terry trajo más pintas y creo que algún güisqui y vuelta al trago: Joyce, Ciudadano, Joe, Alf, el señor Bloom y los demás, excluido el perro que se conformaba con gruñir, husmear y babear por doquier.

          Se habla de la glosopeda, asunto radical del libro. Terrible asunto en aquel tiempo el tener que sacrificar tantos animales valiosos, en un momento, en un país, donde se pasaba hambre.

          No es lo mismo que prohibir jugar juegos tradicionales irlandeses en el parque Phoenix y disparar a quien incumpla la orden. No es lo mismo. Aunque sea también sacrificar.

          Aquí, al detallar el autor el debate sobre la importancia dada al intento de recuperación de la práctica de los deportes autóctonos irlandeses, como sello de identidad de un pueblo, no puedo menos que recordar, por cierto inducido paralelismo, la imposición insoportable, de los patriotas vascongados en su lucha “celestial” en pro de la conservación de sus bellos deportes y tradiciones, como eje articular, junto con su presunto “idioma” trucado “idioma”, en la ridícula reivindicación de su condición de nación de naciones y la singular colaboración, en ese intento, entre otras fuerzas políticas y sociales claramente infectas, de la iglesia católica apostólica romana, a través, siempre a través, de sus eximios representantes tonsurados, en tan benemérita tarea, y la “virtud” que se deriva de hacerlo con dinero ajeno, el dinero de los demás pueblos y naciones de España de esta España, por momentos “desespañada”. Todo un logro ejemplar de las pistolas y de las bombas lapa. Y la violencia política ejerciendo su papel papelón en la recuperación de las tradiciones tradicionales tradiciosas tradicionables tradicioneras.

          Me gusta el boxeo pero no las “artes marciales mixtas” ni las demás excusas “seudo” que se vienen buscando ahora para enfrentar a deportistas haciendo que se partan la crisma entre sí de cualquier forma morbosa. Pero me gusta el boxeo, sí ¿pasa algo? y la descripción del combate Keogh-Bennett, como aficionado que soy, me encanta. Me parece precisa y concisa. Eficaz. Fotográfica. No efectista. Por lo demás he de reconocer, con admiración, que los pegadores anglosajones en general y los irlandeses en particular, son de los boxeadores más valientes y luchadores que he visto combatir a lo largo de mi vida. Y me acuerdo de mi querido padre.         

          Luego de otra ronda otra ronda otra ronda la conversación deriva en la gira musical que se prepara para el verano donde la señora Bloom pechos bonitos, tendrá un papel muy importante dada su noble doble condición de agradable cantante solista y de agradable amiga del promotor. Se dice…se dice…se dice… se comenta.

          Es el momento en el que se une al grupo más gente como el recién llegado miembro del clan de los O´Molloy o el heredero del linaje de los Mambert. Y, como estos caballeros son versados en leyes pues se empieza a hablar de leyes y de pleitos mientras yo consigo avanzar varias páginas con agrado hasta ver en qué para todo esto. Pues para para en que llegan Lenehan y Nolan con lo que voy perdiendo la cuenta de los que son son son y ya no sé quiénes son son son los que son son son.

          Es curioso como los británicos, habiendo dejado colgada al resto de la vieja Europa y su, imprescindible pese a todo, Unión Europea, intentando volver a su imposible aislamiento secular, sin embargo han colonizado nuestras instituciones con su bárbara lengua.

          Hablan de colonización y de los grandes expertos colonizadores: los ingleses, (Es también curioso como ahora, un siglo después del libro, el nuevo rival del predominio hegemónico de la City en el mundo financiero europeo sea la vieja y pobre Irlanda, emancipada de la tiranía británica.) por lo que han de hablar de la monarquía inglesa, no con muy buena opinión, pero la monarquía parlamentaria es indudablemente mejor que la república. De hecho, la república adultera todo conato de democracia. Y hablan, por boca del señor Bloom de nación… de la nación irlandesa, al final, hoy, ahora, republicana.

          Se produce la enésima enumeración, por otra parte recurso muy literario, lo que me lleva a pensar, actividad que ejerzo con anómala asiduidad, como las palabras sirven, a menudo, para llenar espacios vacíos, tapar huecos “irrellenados” y… bueno… pienso que, necesariamente, un “tocho” de mil páginas necesitará siempre rellenos.

          Bloom es irlandés y es judío, es judío y es irlandés, lo cual no es poca cosa. Ser judío es ser miembro de una minoría poderosa. De un pueblo especial, esencial en la historia de la humanidad, lo cual siempre escuece a las mayorías borreguiles. Pertenecer a un algo minoritario está siempre mal visto, es sospechoso, porque la masa solo confía en la masa. El rebaño siempre halla refugio en el rebaño.

          El amor es el componente imprescindible de la vida. ¡Viva el amor! pues es el primer paso hacia la comprensión y hacia la compasión. Pero la búsqueda de la sabiduría del desapego en persecución del nirvana enseña a desdeñar incluso el amor, a prescindir de él, sabiendo como es primario y necesario y ciego y cruel y pendenciero y violento y fatal.

          Se producen comentarios incidentales sobre la actualidad en alguno de los países todavía oprimidos por los ingleses. La excusa es la actualidad de la presencia en Irlanda de un dictador negro, proveniente de un país africano, donde todos sus habitantes son, prácticamente, de ese mismo color, por lo que cuando llega un blanco lo llaman blanco y nadie se ofende. El cual, el dictador negro, como casi todos en África incluso hoy en día, viene a comprar telas y lanas, tejidos británicos tan afamados, por lo que es agasajado y masajeado, porque viene a comprar. No deja de ser curioso, y digno de futuros estudios psicológicos, el hecho cierto de que muchos de los países atormentados, explotados y dominados, durante siglos, con sangrienta mano de hierro, por los británicos, le conserven tanto respeto a la metrópoli, aun hoy todavía. Parece ser la manifestación de un claro sentimiento de inferioridad, o puede que una muestra evidente del llamado “síndrome de Estocolmo”, o ambas cosas, o ninguna. Habrá que emprender profundos estudios en las universidades más afamadas para llegar a conclusiones definitivas e irrefutables.

          Por supuesto, siendo grande la erudición de don James, la página cuatrocientas noventa y ocho de mi libro es un profuso alucine “diarréico” de nombres de órdenes católicas mayores y menores y de nombres de santos y santas menores y mayores, rematados por la mención inexcusable a las once mil vírgenes compañeras de santa Úrsula en su audaz peregrinación a la santa, también, ciudad de Roma, la cual fue matada, como es comúnmente sabido, por el matador rey de los hunos, de cuyo nombre no quiero acordarme por ser el matador de una santa audaz, en el marco incomparable del largo declive romano acontecido durante el siglo IV, en medio del infame ascenso y descenso constante de multitud de generales insolentes que manoseaban a su antojo el antes grande imperio, y de aquel papa peregrino.

          Ahora mismo, cuando son las veintidós cuarenta y cinco horas en Iriepal, Guadalajara, España, de una noche preprimaveral lluviosa, sumidos en este inefable cambio climático que se produce, no obstante, constantemente, constato que me hallo en la página quinientos tres del libro de Joyce intitulado Ulises, en su versión traducida al español, o castellano, según distintas opiniones igual de interesantes, concretamente en una edición de Penguin Random House Grupo Editorial en DEBOLSILLO, sexta edición abril de 2014 con traducción de José María Valverde, y que seguiré y conseguiré acabar el libro, lo cual afirmo, con la misma certeza que tengo en que, el Dios Jesucristo de los católicos, protestantes, luteranos, anglicanos, ortodoxos, y de las demás filiaciones religiosas, sectas y sectillas, de origen cristiano, a su vez también profeta, como el mismísimo Mahoma, entre los devotos musulmanes de las, también, múltiples y distintas enfrentadas familias, si existió, era judío.

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