ULISES EN TIEMPO REAL

            (Cuando leer a Joyce es la “odisea”)

                             Manual de uso

Por: Miguel de Ungría

                                 (Dieciséis)

                             Tercera Parte

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Comienza este capítulo y con él la tercera y última parte del libro y lo hace al modo literario tradicional, es decir utilizando la forma sintáctica clásica: sujeto, quien realiza la acción; verbo, que indica que tipo de acción se realiza, y predicado, también llamado complemento, el cual aclara las distintas posibilidades de la acción. Grosso modo. Y, al menos de momento, lo hace siguiendo la característica trama “espacio-temporal” correlativa.

          Sé bien que ahora los listos no lo dicen exactamente así, pero me da absolutamente igual porque los listos siempre van por delante y es imposible ir a su par nominando las cosas según ellos predican con énfasis perentorio.

          Pues bien, Stephen Dedalus y Leopold Bloom se hallan solos y milagrosamente liberados del riesgo de ser apaleados o detenidos, o ambas cosas correlativamente en el peor de los casos. Al menos de momento. Buscan donde beber. El señor Bloom porque está asquerosamente sobrio y míster Dedalus por todo lo contrario. Es entonces cuando se encuentran con un tal Corley, un ocasional vivillo que les da un sablazo sacándoles media corona con la perentoria escusa de la necesidad de pagar un sitio donde dormir tal vez soñar. Por cierto, al parecer el propio señor Dedalus enfrenta el mismo problema ya que se encuentra muy lejos de su hogar a esas ya intempestivas horas de la noche.

          El señor Bloom y el señor Stephen entran en el famoso Refugio del Cochero, emblemática construcción de madera, dedicada al ocio de todos aquellos noctámbulos declarados, al parecer con la poderosa intención de seguir pasando el resto de la noche de forma comedida y honesta. Por el momento Bloom se siente responsable del estado físico-mental de su compañero de velada, al que sugiere la ingesta de algún alimento sólido paliativo junto con un tonificante café que le son servidos con suma rapidez por el servicial cuidador del refugio.

          Hay un veterano marinero de barba roja, borracho y decidor, puede que un poco provocador según como donde cuando y con quién, que se ha fijado en Stephen e inicia con él una conversación, veremos que cariz toma.

          De momento el marinero se explaya contando sus viajes a lo largo y ancho de este mundo. Y como le espera su sufrida esposa a la que no ve desde hace diecisiete años por lo que, lógicamente, se la estará tirando cualquier otro que esté dispuesto a ello y que habite habitualmente tierra adentro. Parecido a como él mismo hace cada vez que desembarca. Enumera, enumerando, el marinero va contando su “odisea” particular captando la atención de los demás bebedores presentes.

          Mientras el lobo de mar narra sus peripecias y vivencias el señor Leopold piensa en algunos de sus muchos deseos frustrados hasta la fecha, entre ellos el de embarcarse rumbo a la señorial e imponente urbe de todas las urbes, Londres capital al al al del gran imperio colonial al al al.

          Mientras escuchan al marino masticador de tabaco contar sus viejas glorias marineras, el señor Bloom piensa que, el agua, sobre todo el agua salada de la mar salada, ocupa aproximadamente tres cuartas partes de la superficie del planeta, obviamente mal llamado Tierra.

          El viejo marinero se ha convertido en la estrella de la noche, centro epicentro de la torva reunión de diletantes sucios borrachos noctámbulos, literal e higiénicamente hablando, no nos vamos a engañar aquí andándonos con “chiquitas”: poco aseo, poca limpieza y más piojos y chinches que una estera llena de los mismos.

          Pues bien, el marinero muestra su pecho poblado de tatuajes, cuando los tatuajes aún tenían un sentido y no eran el fruto inmaduro de la gilipollez que recorre esta sociedad de necios presuntuosos que necesitan constantemente exhibir su torpes miserias o tontunas particulares. Incluso hace magia con la cara de uno de los personajes tatuados al que hace sonreír o lo deja serio, según tira y estira, con cierta gracia, de su propia piel modificando la estructura de su epicarpio.

          Aparece la fulana buscona, antigua conocida del señor Bloom, atisbando fisgona por la puerta del tugurio a alguna posible presa. Alcohólica, vieja y perdida en la profundidad de su negra noche solo conserva un hálito de lucidez que aún la impele a vender su cuerpo, podrido transmisor de enfermedades y de muerte.

          Mientras, un parroquiano comenta la perentoria necesidad de inspección pública sobre los seres que venden su cuerpo por las esquinas.

          Siendo el cuerpo propiedad exclusiva de cada cual, su uso, venta o cesión debería ser libre, no sometido a ninguna esclavitud ni abuso, pero sí a un control sanitario obligatorio.

          Entonces, como cada vez que se empieza hablando del cuerpo se suele terminar hablando del alma, ese ente difuso e indeterminado, que no puede ser capturado, ni vivir independiente del cuerpo que parasita, salvo que alguien demuestre lo contrario, cosa que aún no ha sucedido, y empieza la divagación que conlleva toda oposición o contradicción o exposición de principios opuestos e irreconciliables que, en realidad, son partes inherentes al todo en cualquiera de sus formas. Ya entonces, Stephen, que parece resurgir, lentamente, de sus alcohólicas cenizas, introduce la existencia de Dios Nuestro Señor, apoyándose en su intelecto de joven profesor y en la controvertida vericidad, veridicidad, de la Biblia, ese conjunto, como su nombre indica, de libros distintos de distintos autores de distintos tiempos y de distintos lugares, una y mil veces trastocados por mano humana ayer y hoy y mañana. Todavía hoy sujetos (sujeta) a traducciones versiones interpretaciones interpolaciones exégesis y demás corrupciones fruto de la fe la esperanza y la caridad dispersa de sus intérpretes y del momento sensorial en el que se hallen éstos inmersos.

          El señor Bloom, por otra parte siempre empeñado en amorosos cuidados fraternales hacia Stephen, después de remover el café a fin de mezclar el azúcar depositado en el fondo de la taza, hizo un inciso en tan profundas meditaciones e instó a su colega la ingesta de tan conspicuo brebaje. Hay que decir que con éxito pues Stephen consintió en aproximar la taza a sus labios de poeta errante.

          ¿Qué hará Molly a estas horas mientras tanto?

Ahora hago aquí un inciso

Pues bien sé por donde piso.

A cien páginas estoy,

Más o menos, de ultimar,

De llegar a culminar

La lectura, y terminar

Este viaje y aventura

Que, confieso, es odisea,

Aunque de Ulises no sea,

Lo es mía y no está mal

Que, no siendo navegante

Guerrero ni intelectual,

Siendo solo aficionado,

Pueda pronto concluir

Lo que, ha tiempo,

Hube empezado

Y dar, a libro tan afamado

La vitola de acabado.

Y sigo porque persigo

No cejar hasta acabar.

          Aquí cabe hacer una mención desapasionada de lo que dice don Leopold sobre el carácter apasionado de los españoles y su relación con el clima y con las navajas como arma objeto y adminiculo de fiera expresión personal. Es, en este pasaje, donde afirma que su esposa ¿qué hará hará hará? era, en puridad, española por haber nacido en Gibraltar y ser morena de pelo.

          Poco más tarde de Joyce, Lorca abordaría, con éxito exagerado, el tópico ópico ópico, con tintes melodramáticos áticos áticos de los gitanos navajeros eros eros eros y los guardias verdeoliva liva liva que tan profundamente caló caló caló en el imaginario ilustrado internacional siempre tan dado y tan atento a los reduccionistas estereotipos populares recurrentes.          

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