EL HOMBRE ESTATUA

Por: Luis de Valdeavellano

El artista, el genial escultor, ahora ya en la plenitud de su carrera profesional, gozando de una gran reputación, bien ganada tras largos años sobreviviendo a la sombra de otros colegas, mucho menos dotados, o talentosos, pero supervalorados por su pertenencia descarada a corrientes de éxito fácil, manejados hábilmente por la élite de los vendehúmos que hacen tendencia y negocios groseros en el mundo del arte, tenía ante sí la obra de su vida.

          Aureolado por sus últimas exposiciones donde había conseguido obtener éxito tras éxito, alcanzando sus obras precios desorbitantes, aupándole al lugar prominente en el que ahora se hallaba. Con una cartera de pedidos que no podría, probablemente, concluir por mucho que le quedase de vida, era éste, sin embargo, el encargo largamente anhelado y por el que estaba dispuesto a abandonarlo todo, hasta su conclusión, dejando pendientes de ejecución los demás proyectos por muy caros, o importantes, que éstos pudieran ser.

          El trabajo le había llegado directamente desde el mismísimo gabinete de adquisiciones artísticas de la más alta jerarquía eclesiástica. Se trataba de representar en mármol a uno de los últimos santos declarados por la Santa Madre Iglesia Católica Apostólica Romana. Se requería para ello la ejecución de una figura completa, a tamaño real, junto con la simbología que se le adjudicaba al nuevo venerable como propia.

          Todo un reto para el genial escultor que así veía cumplirse uno de sus sueños juveniles: representar a un hombre trascendente, a un bendecido, y hacerlo al estilo más puramente clásico que le fuera posible, incorporando, sin embargo, este toque esencial que hacía de sus esculturas algo diferente; ese aliento genial que no se puede explicar pero que sí se puede percibir ante una verdadera obra de arte.

Pero, al tiempo, en esta ocasión especial, pretendía hacerlo siguiendo la estela de sus admirados maestros del pasado: el inmortal Fidias; Policleto, el sabio maestro del canon de proporciones del cuerpo humano; los geniales Mirón y Praxíteles; Miguel Ángel, el muy amado de los dioses; Donatello, Lorenzo Ghiberti y algunos otros que habían siendo precursores absolutos de la sublimación de la belleza esculpida, dejado su impronta inmortal en forma de obras perfectas talladas en la más noble de entre todas las piedras: el mármol, no habiendo sido superados aún en día.

          Para llevar a cabo tal reto, pues eso era, en realidad, para el escultor, había acordado con su marchante recluirse en alguna propiedad apartada del mundanal ruido. De ser posible, sus preferencias se inclinaban por algún recóndito rincón de la bellísima Toscana italiana.

          En su espíritu, conmocionado por la emoción, sentía la necesidad de vivir cercano a los lugares que el maestro supremo, Miguel Ángel, probablemente, pudiera haber hollado en su tránsito constante entre la Florencia ducal de los Médici y la Roma papal, ambas potencias proveedoras de encargos continuos, durante cerca de sesenta años, para el gran genio nacido en Caprese.

          La profunda necesidad de imbricación, de cercanía espacial, aunque no temporal, de respirar en el mismo lugar, de transitar por los mismos caminos… bajo las mismas estrellas del maestro. La persecución de un sentimiento tan físico como metafísico, e intelectual, y creativo, pero también perceptivo, sensitivo, primario, elemental… eso era lo que le movía a elegir un lugar así. De esa forma había intentado explicárselo a su agente, puede que con algún éxito.

          Una vez localizado el lugar ideal por el marchante, presto siempre a satisfacer las necesidades de su principal representado y amigo, nuestro escultor llegó al lugar para instalar en él su taller, donde pensaba pasar una muy larga temporada. Antes había venido todo aquello necesario para la realización de tan ambicioso proyecto. Un enorme camión y todo un equipo de trabajadores competentes, encargados del montaje del taller, se habían adelantado para prepararlo todo según directrices muy estrictas dictadas por el escultor.  

          La casona o molino, emplazada en tan umbroso lugar, donde habían sido dados los últimos retoques a las dependencias que tendría que ocupar durante su estancia, comprendían un gran taller anexo a una rustica vivienda, incluida la habitación donde dormiría el escultor, una sencilla alcoba, sin ventana alguna, de aspecto monacal, mínimamente vestida con una pequeña cama, una silla, una mesa y un pequeño armario, era habitada por una pareja de guardeses que serían los encargados de hacer cómoda la estancia del escultor ocupándose del mantenimiento, de la comida y de los demás asuntos domésticos, con lo cual todo pareció dispuesto para el inicio de los trabajos de labrado de obra tan fundamental.

          El fresco taller era la enorme sala vacía de lo que, en tiempos, había sido parte fundamental del molino, en realidad, toda la propiedad, la cual estaba ubicada a la orilla de un riachuelo no muy ancho pero, al parecer, bastante profundo y caudaloso. Este magnífico y sobrio espacio ofrecía un aspecto de idílica y recogida belleza capaz de aquietar, con su sola visión, el corazón más agitado.

          En el exacto centro geográfico de la gran sala, tras precisas mediciones realizadas por los operarios del montaje, había sido perfectamente colocado, en total equilibrio, un monolítico bloque de blanquísimo mármol de Carrara, prácticamente sin vetas, de fino grano, donde, si te fijabas, podías apreciar unas delicadísimas tonalidades azules y grises que le daban un etéreo esplendor.

          El maestro pasó aquel su primer día, acompañado de su marchante, siguiendo a sus guías, los amables guardeses, mientras les conducían por todo el lugar, inspeccionando minuciosamente las diversas dependencias: los edificios y sus distintas estancias, los rincones más agradables de la propiedad y, finalmente, el estudio, comprobando con sumo agrado que todo se hallaba tal y como él lo había previsto en sus instrucciones. Comió en compañía del marchante y tras despedirle, ya bien entrada la tarde, disfrutó de una solitaria velada preparatoria.

          Se acostó temprano y madrugó mucho, según su costumbre. Una vez tomado el desayuno, se dirigió al taller y sin más preámbulos inició los trabajos preliminares necesarios para comenzar el tallado de tan majestuosa pieza.

          Había advertido a sus cuidadores que evitaran, en la medida de lo posible, interrumpir sus sesiones de trabajo, tan solo consideraba necesario el ser proveído de abundante café  durante la jornada, así como la ligera comida que pensaba consumir a lo largo del día, los cuales le serían dejados en una especie de recibidor previo a la gran sala de trabajo, separados ambos por una puerta que siempre debía permanecer cerrada.

          El gran taller, la gran sala de trabajo, contaba incluso con un espacioso diván donde el escultor descansaría según su voluntad. Tan solo por la noche, durante la cena, se verían los tres, si es que no decidía seguir trabajando, dependiendo del ritmo de su labor creadora.

          El esculpido de la obra comenzó sin mayor demora tras la meticulosa toma de medidas y el esbozo previo del mismo. Siguiendo los pormenores de los numerosos bocetos que previamente había ido preparando, donde cada paso estaba medido con todo detalle, la ejecución fue avanzando con gran celeridad durante los días y semanas siguientes, a un ritmo de trabajo verdaderamente vertiginoso.

          En comunicación perfecta con su agente, le iba dando pormenores y le enviaba fotos de la evolución de la obra, recibiendo, tanto su aprobación como cordiales parabienes ante la belleza de lo que cada vez se intuía con mayor claridad.

          De la nada cúbica visible de un bloque homogéneo de piedra iba surgiendo un ser humano vívido, en todo su esplendor y gloria humanas, pero dotado, al mismo tiempo, de un genial halo espiritual. Como si el mismo reflejo de la vida surgiera del interior de aquel hipotético “huevo” marmóreo, y lo hacía por las manos, por el talento, por el espíritu creador de un artista empeñado en dar lo mejor de sí mismo hasta sus últimas consecuencias.

          Mas, aunque nadie advirtió nada, hubo un momento en el cual, de forma apenas imperceptible, el artista empezó a sufrir ligerísimos cambios en su cuerpo. Fueron tan sutiles las variaciones que nadie supo descubrirlas a tiempo.

          Hubo de ser, al fin, tras una de aquellas cenas compartidas, pasados ya muchos días de mutua compañía, cuando la señora guardesa comenzó a ver, o puede que a intuir, lo que su marido no, debido, probablemente, a su masculina incapacidad. Esa misma noche le comunicó a éste su inquietud. Había empezado a percibir algo diferente en el aspecto del escultor, en su piel, en sus ojos, en las formas visibles de su cuerpo. El guardés le quitó importancia, como suelen hacer, por lo general, los guardeses, y los hombres, ante la penetración ignata de muchas mujeres, pero ella lo tuvo claro: algo no andaba bien en cuanto a la salud del escultor.

          Y sí que estaba sucediendo algo inaudito, y por ello difícil de contar, pero más difícil aún de creer y mucho más todavía de poder llegar a entenderlo. Pero lo intentaré.

          Mientras el maestro tallaba aquel noble mármol tan valioso, según las esquirlas y el polvo caían al suelo, su propio cuerpo se iba desintegrando, molécula a molécula, célula a célula, en una reacción parasimpática combinada con una extraña crisis de intercambio molecular de bajo espectro, todavía hoy sin descifrar por los científicos.

          La debilidad se adueñaba de él de forma tan sutil que solo al final lo supo: el precio a pagar por la consecución de su obra maestra había de ser su propia vida.

          Cuando la puerta del taller fue abierta por los guardeses tras dos días de incomparecencia por parte del escultor, una vez alertado su amigo y marchante, que había llegado precipitadamente, encontraron un espectáculo indescriptible, junto a la rutilante estatua del santo, maravillosa y perfectamente acabada, además de los restos evidentes del mármol sobrante, hallaron, sobresaltados, bajo las ropas vacías del artista, un montón, apenas un montoncito de lo que pareció ser fino polvo. Simple polvo.                                  

                                            Vale.

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