EL SILLÓN, LOS SILLONES

Por: Luis de Valdeavellano

Uno, en su autoimpuesta misión de incruento relator de la actualidad, al menos de la suya propia, podría pasar de comentar ciertos aspectos de la misma, por considerar que, en su condición de domésticos, tal vez, no tengan interés alguno para el improbable lector. Pero ello sería una especie de renuncia para consigo mismo y este cronista de lo cotidiano no puede, en modo alguno, hacer dejación de funciones, sobre todo cuando se trata de denunciar la desidia, la incuria, la negligencia, la torpeza, la inoperancia, la incompetencia, la imprevisión, cuando no la desvergonzada apropiación indebida, a la que está sometido el inerme pagador de impuestos por parte de la mafiosa clase política, que, amparada en una presunta democrática gestión, nos somete a todo tipo de tropelías sin cuento, que luego, llegado el caso, la justicia en sus manos se encarga de blanquear.

          Pues bien, estimado lector si lo fueres, en el hospital universitario de Guadalajara (España), vamos la Guadalajara original, la pequeña ciudad fetén que dio nombre a la otra gran ciudad hermana mejicana, existe un hospital en el que se está queriendo doblar su capacidad asistencial, acreciendo sus edificios e instalaciones tras más de veinte años de desastrosa gestión, en tal intento, por parte de la deplorable administración autonómica que nos corroe.

          En esa parte nueva, recién inaugurada, aunque sea sin terminar, en las habitaciones correspondientes a geriatría, (segunda planta tras recorrer interminables pasillos por el submundo hospitalario) han sido instalados unos sillones en las habitaciones para que los pacientes puedan sentarse cuando así lo deciden los doctores y para que los sufridos acompañantes puedan, en su caso, hacer lo mismo.

          Todo muy lógico y común: la gente, en general, necesita sentarse en algún sitio. Pero, hete aquí que en dichos sillones nuevos, se supone, dada la reciente dotación de los mismos, la función para la que están, presumiblemente construidos, presenta dificultades de peliaguda traducción a palabras. Su falta de ergonomía es tal que los pacientes se escurren de los mismos y se caen al suelo. Se caen literalmente. Se caen. Las palancas de las que disponen para, según y cómo, elevar reposapiés y modificar la propia conformación del diabólico artilugio son de casi imposible uso racional. El freno de sus ruedas está en la parte posterior de los mismos, lo que hace inviable su uso al estar situados entre cama y pared: si lo frenas no lo puedes acercar a la pared y si no lo frenas se acercará el solo, cobrando vida propia, por mor de las implacables leyes del movimiento, a la misma. Por último, su falta de blandura, de estabilidad, de funcionabilidad de cara al cuerpo humano, los hacen verdaderamente insufribles.

          En fin, el “maligno” sillón ofrece toda una panoplia de incompatibilidades con su presunta función convirtiéndose así en un declarado enemigo de enfermos y de acompañantes.

          Son varias las preguntas que se plantea, el aquí presente, al respecto de tan macabro adminículo ¿Quién lo eligió? ¿Qué tipo de control se siguió para ello? Y finalmente ¿Es, como parece, la típica gestión en manos de la burocrática legión de mantenidos que soportamos la responsable de este desmán? Los buenos investigadores dirían sin dudarlo: “Siga al dinero”. Pues eso.

                                          Vale.

1 comentario

  1. Eres un crack.Una descripción literaria de un hecho cotidiano. El común de los mortales podríamos hacer si acaso un par de frases expresando nuestra queja. ¡Enhorabuena!

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