EL CLUB DE LOS PROGRES MUERTOS

Por: Luis de Valdeavellano

Ahora, cuando todavía están de moda las infantiles películas de zombis y de vampiros, parece buena ocasión para hablar del candente dilema de la inclusión, o no, entre la especie humana, de la emergente, pero ya todopoderosa, sub- especie intelectual de los “progresistas declarados”.

          Y es que hoy en día si uno dice de sí mismo que es “progre y sista”, tiene ganado, como poco, el cielo de las izquierdas, por mucho que éstas, las izquierdas, representen a las dictaduras y terrorismos más criminales de la historia del mundo…, mundial.

          Pero no importa, se sobreentiende que los progresistas son, por definición, buenos seres humanos y, de añadidura, modernos e ilustrados. Esto parece incuestionable, dado que lo incuestionable es así porque sí.

          Se es progresista, por ejemplo, por el mero hecho de estar vinculados a alguno de los infinitos movimientos alternativos, todos ellos poseedores de la verdad absoluta, surgidos de las beatíficas ideologías de alma “buenista”, o “woke”, o “chupiguay”, ya sean éstas: veganas, animalistas, ecologistas, o defensoras de la variedad de tendencias sexuales (que ya no caben en el abecedario) surgidas de las más recónditas neuronas que pueblan nuestro cerebro.

          Estas personas, tan nobles en sus intenciones primarias, suelen mostrar ínfulas de instruidos, e informados, amén de poseedores de la auténtica verdad verdadera, (pues aunque ya sabemos que ahora hay muchos tipos de verdades y, por supuesto, de percepciones de las mismas, digamos, con carácter general, que la verdad progre es un poco más verdad que las otras verdades, ósea que la podemos llamar “requeteverdad”) lo que le confiere automáticamente la legitimidad absoluta que se deriva de su esencial cualidad superior.

          Porque no nos engañemos querido lector: ser “progre, moderno y alternativo” es serlo todo en nuestra beatífica sociedad de bienaventurados seres.  

          Luego, todo ello se suele traducir, demasiado a menudo, y básicamente, sin pudor alguno, en “pillar cacho” es decir: conseguir subvenciones y trepar en la escala social, logrando trabajo, casa y dinero, si puede ser gratis, dicho en lenguaje popular: “trincar”.

          Bien es cierto que el progre todo lo hace por amor, por sensibilidad, y por responsabilidad social, aunque, por supuesto, siempre sea a costa del otro, del que paga impuestos, del que trabaja independiente arriesgando lo suyo, vamos del que corre con el gasto de la fiesta.

          Esta subespecie la conforman extraños seres, a menudo sucios y mal vestidos, que campean por ciudades, pueblos, y aldeas de nuestra sociedad occidental buscando, con preocupante obcecación, y una terrible sonrisa en la cara, las yugulares de los ciudadanos normales, dispuestos a alimentarse de su sangre reaccionaria.

          Los pequeños burgueses no adscritos, las vilipendiadas y olvidadas clases medias, las gentes humildes de nuestra sociedad, que no entienden de política, ni son amantes de las prohibiciones, que solo aspiran a que no les expriman con todo tipo de impuestos, y que les dejen, sencillamente, en paz, ven impotentes como esos zombis insaciables, atacan sus libertades, y sus bolsillos, con feroz alevosía. 

          Esta subespecie de zombis “progretizados”, mantenidos con subvenciones sin fin, son los insaciables chupópteros de una sociedad infantilizada, “homosexualizada” hasta la deformidad, donde impera un hembrismo agresivo camuflado de feminismo, impositor y enfermizo, perversor de las leyes; un animalismo insoportable donde se equiparan humanos y animales al más puro estilo nazi, y un infantilismo mental preocupante.                                                                                                                                                                

          Aunque nacida hace ya muchas décadas, puede que del apareo pseudointelectual de miembros de tribus políticas hasta entonces rivales e, incluso, enemigas, (plagiando el nombre de los liberales del siglo diecinueve) no cabe duda que la subespecie progresista ha ido incrementando su número de manera notable en los últimos tiempos.

          Está formada por un abanico heterogéneo de seres de múltiples apariencias y pelaje, donde cohabitan, en un magma confuso, socialistas indecentes vendidos al terrorismo y al separatismo, por el puro afán de poder, con comunistas totalitarios tornados del rojo al verde y luego al morado, o al color que haga falta con tal de vivir sin trabajar, sindicalistas amamantados en el sindicato vertical actual, además de los inefables nacional-terroristas-separatistas de aldea de nuestras periféricas “naciones” de juguete. Hay también  veganos irredentos que ignoran la sensibilidad, y los sentimientos inefables de las plantas; los siniestros animalistas antihumanos, teóricos defensores de los animales, pero ofensores del resto de los humanos (que también los somos…, quiero decir animales); o los eximios “climatólogos” del cambio climático, que confluyen junto a las infinitas derivadas “bambianas” de indescriptibles sensibilidades.

          Expertos etnólogos, sociólogos, psicólogos, e incluso paleoantropólogos, llevan ya tiempo intentando dar explicaciones racionales, y razonadas, sobre el porqué de su origen, y de su proliferación, sin llegar, por el momento, a conclusiones consensuadas, lo cual no es extraño dada la complejidad del asunto del que se trata.

          No, querido lector, créanme cuando le digo que no es fácil definir, con precisión, que clase de espécimen es un progre en toda su maravillosa complejidad.

          Por ello, incluirlo entre los llamados seres humanos normales, digamos arquetípicos, es complicado, pues ¿cómo incluir entre los humanos a un ser que se manifiesta a favor de cualquier bicho viviente, por encima de su propia especie? A priori, parecen querer autoexcluirse de su propia raza. Y más cuando se llega a extremos de insulto, o agresión, de sus, en principio, congéneres.

          Cuando dicho ser se cree perro, o gallina, o toro de lidia, y se identifica como tal, se hace difícil incluirlo entre los humanos comunes sin atentar contra su propia voluntad decisoria, expresamente mostrada, sobre todo en esta sociedad nuestra, tan democrática, tan sensible, y tan tolerante, por lo que su inclusión sería, a todas luces, una ofensa.

          Que un niño de seis años pueda decidir si es niña, niñe, niñi, niño, o niñu,  (y porque se me acaban las vocales que si no seguiría…) con la complicidad de las leyes, y de los jueces, es muy, muy progre, y lo dice todo de nuestra estupenda sociedad, sobre todo en un momento histórico precursor de vaivenes sociales sin parangón en la historia de la humanidad.

          Esta afortunada y feliz ideología progre, que todo lo aglutina y acoge, en su delicado seno maternal, nos anuncia grandes días de diversión. Tiempo al tiempo.

          Mientras tanto hagamos poesía en nuestro inefable club de los progres muertos.

                                         Vale.

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