(No, gracias.)
Por: Luis de Valdeavellano
Dicen los contrarios a este tipo de libros que el libro de autoayuda al que más suele ayudar es a quien lo publica, si consigue venderlo, pues lo enriquece…, económicamente, por supuesto. Y es innegable, salvo honrosas excepciones que, como en todo, las hay.
Pero lo cierto es que la mayoría de dichos libros son refritos de otros escritos anteriores. Todos inciden en algunos de los aspectos fundamentales del conflicto interno que convive con el ser humano: duda existencial, salud mental, desarrollo personal, gregarismo y relaciones.
Todos prometen milagrosos resultados, de forma más o menos encubierta. Pero casi todos son meros plagios, remedos, copias, repeticiones y reelaboraciones que redundan, una y mil veces, en los mismos mantras y lugares comunes; remedos y deconstrucciones provenientes de filosofías arcanas y de religiones de la más diversa y, tantas veces dudosa, extracción espiritual.
Por tanto, el verdadero aprendizaje, la verdadera búsqueda de conocimiento sería ir a esos veneros filosóficos: acudir a las fuentes primigenias a beber a morro, y no conformarse con el consumo compulsivo de agua embotellada, despachada en botellas desechables.
Los autores de los libros de autoayuda suelen gozar de una, tan grandilocuente como inmerecida, fama de gurús y seudolíderes impostados, son admirados y seguidos por muchísimas personas que, perdidas en su vida desafortunada y banal, incapaces de reconocerse a sí mismos, de buscar e indagar de forma independiente, necesitan el aporte de ideas, ya digeridas, que se limitan a ingerir, de forma maquinal, por si acaso se produce en ellos el milagro, lo mismo que hacen con todo tipo de complejos vitamínicos.
Haciendo un símil se podría decir que en vez de salir a buscar su comida, recolectar los frutos plantados con su esfuerzo, cazar a la presa con suma paciencia, prefieren ir al hipermercado, comprar el alimento de moda, u oferta, y tragarlo de forma maquinal.
Son seres desgraciados, infortunados, dignos de lástima, de compasión, pero también son seres acomodaticios, indolentes, vacíos emocionalmente, enfermos de la gran enfermedad social que es el materialismo “colmenario”. Representan el arquetipo de ser social destruido al abandonar su propio sentido de la individualidad. Son justo lo que ideologías políticas de diverso tipo, de uno u otro lado del espectro persiguen, lo que todo tipo de religiones propalan, son lo que las grandes corporaciones necesitan y siendo así se convierten en sombras de sí mismos. Mendigos y parias que terminan necesitando ese libro de autoayuda que jamás les ayudará, porque la solución a sus insatisfacciones radica, olvidada, en lo más profundo de sí mismos.
Vale.