(Cuento)
Por: Miguel de Ungría
…Nunca, hasta hoy. Nunca jamás, ni a nadie, quise desvelar lo que sucedió en realidad porque habría sido una declaración inculpatoria, con consecuencias judiciales para mí, y no creí que tuviera que pagar precio alguno, y menos al poder, representante de una sociedad envilecida, por quitar del mundo a un ser tan repugnante.
Lo cierto es que lo supe por mi madre, mi adorada madre, a la que supliqué respuestas cuando, ya mayor de edad, me disponía a abandonar la casa familiar, en un cara a cara tristísimo, tan doloroso como revelador. Ella recalcó, entre llantos que me partieron el corazón, que todo lo que hizo lo hizo bajo amenazas mortales, tanto para ella misma como para el resto de la familia. Sufrió un chantaje insoportable que la llevó a tolerar cosas intolerables y, finalmente, cuando el doctor cejó en su interés por ella, a una profunda depresión que, derivando en alcoholismo, la arrastraría a la tumba al poco de aquella conversación conmigo. Era por entonces un alma devastada, atormentada, en un cuerpo destruido. Mi padre, bueno, mi padre de apellidos, al que yo llamaré siempre padre, pues como tal me quiso y me crio, no había podido soportar el peso de su culpa, según palabras de mi madre, lo que él mismo calificaba como falta de hombría, suicidándose unos años antes. Mis hermanos se habían ido dispersando, erráticos.
Mi otro padre, mi padre genético, el maldito doctor, había conseguido seguir trepando, mientras tanto, en su carrera profesional, sin ningún tipo de remordimiento, ajeno ya por completo a nuestra familia.
Lo habíamos perdido la pista cuando dejó de visitar nuestra casa y, en especial, a nuestra querida madre. Era, pues todos parece que nos confabulamos sin hablarlo, como si nunca hubiese existido, pero claro, las consecuencias de su paso nefasto por nuestras vidas eran tan demoledoras que todos estábamos, y creo que lo sentíamos así, marcados fatalmente, y para siempre, por su ausencia, tanto como antes lo habíamos estado por su presencia.
Por no extenderme solo quiero declarar aquí que, una vez que me fui de mi casa, una casa destrozada ya de manera definitiva, me sentí con la necesidad imperiosa de cambiar mi identidad renunciando a mi nombre y apellidos. Creí que con ello lograría la distancia necesaria para iniciar una vida propia.
Nunca pensé buscarlo, ni que me lo encontraría, pero el destino de los hombres parece, a veces, marcado por lo inevitable.
Yo había seguido los pasos del doctor pues, habiendo decidido estudiar la carrera de medicina, me especialice en cirugía, convirtiéndome rápidamente, modestia aparte, en uno de los cirujanos más reputados del país. Catedrático en la universidad central y pronto jefe del departamento correspondiente en el hospital más importante de la capital mi vida parecía perfectamente encarrilada. Vivía bien, mi trabajo me encantaba. Había, como dicen sobre todo los que no leen jamás, “pasado página”.
Un día, entre tantos, llegó a consulta un hombre mayor, decrépito, pero bien vestido, y en cierta forma con un resto de elegancia que remitía a tiempos pretéritos. Desconocido para mí, le acompañaba uno de mis superiores jerárquicos por lo que deduje que debía de ser alguien importante. Tras las presentaciones de rigor hube de poner en juego todo el dominio sobre mí mismo del que fui capaz, pues el viejo aquel no era otro que el doctor, el canalla destructor de mi familia. Como no me reconoció yo solo tuve que aparentar desconocerle y, poniéndome a su disposición, ofrecerle mis mejores deseos de atenderle. Al parecer sufría un problema de próstata y debía ser operado con cierta urgencia. El cáncer acechaba y dada su condición de personalidad dentro del régimen, y de su pertenencia al gremio, según mi jefe, había que darle preferencia.
Así se hizo, preparé a mi equipo, reduje en lo posible mis asistentes a la operación, minimizando su importancia, pero cuidándome de no levantar sospechas, e intervine al doctor. Solo tuve que dejar en su interior unas cuantas diminutas “agujas” elaboradas por mí mismo que, perfectamente distribuidas durante la operación, causaron un efecto maravilloso en el sistema urinario de aquel decrépito parásito animal. Le perforaron convenientemente la vejiga, tanto como los riñones, causándole multitud de diminutas micro roturas sangrantes, diluyéndose, tras unas pocas horas, en el torrente sanguíneo, al estar formadas por una conveniente mezcla química indetectable que no desvelaré aquí para que no pueda ser usada en otros casos. El que quiera saber que sepa.
Tuvo una larga agonía, dolorosísima y cruel, que apenas pudo ser mitigada por la aplicación de las drogas más fuertes. Sufrió una insoportable e imparable hemorragia, lenta pero masiva, que mis compañeros, (a los cuales pedí rápidamente opinión y ayuda, mostrándome tan sorprendido como confundido por tan extraña evolución) no supieron identificar ni, por supuesto, combatir, quedando patente que la operación con extirpación de la zona cancerígena se había llevado a cabo con toda pulcritud, por lo que el diagnóstico final dictaminó sencillamente fallo múltiple de las vías urinarias superiores.
No me importó, es más, digo aquí, sin pudor, que disfruté mucho dando muerte a mi padre y, sobre todo, viéndole morir. Era un ser abyecto, un miserable que no tenía derecho a la vida.
No me apena decirlo, lo repito, estoy convencido de que hay personas que no tienen derecho a la vida, que deben ser eliminados porque han nacido para hacer el mal, en el caso del doctor hasta el punto de haber engendrado a uno como yo, convertido finalmente en asesino.
Nadie supo nunca nada de esta incidencia y mi vida continuó de igual forma, como si nada hubiese sucedido pero, ya saben ustedes, cuando me asesinaron a mí también y la parca vino a buscarme, dadas las circunstancias, no quiso llevarme consigo y me dejó aquí, no sé si volverá por mí. No sé por cuanto tiempo.
Nota del autor sobre el autor.
(Esta es una continuación apócrifa de CUANDO FUI MORTAL, cuento del desafortunadamente fallecido JAVIER MARÍAS, uno de nuestros más brillantes escritores de los últimos tiempos, el cual se marchó antes de tiempo, en él se desvela que el doctor era, en realidad, padre del narrador del cuento y que el hecho de ser un fantasma se debe a que lo mató antes de ser, él mismo, asesinado.)
Sirva como recuerdo y homenaje del autor al autor.