PATTI SMITH

                   (La caída de un mito que nunca fue)

Por: Luis de Valdeavellano

Doña Patricia Lee Smith (30/12/46, Chicago, Illinois), llamada profesionalmente Patti Smith, es una famosa cantante norteamericana catalogada como gran artista y aposentada en el salón de la Fama del Rock and Roll…, y tal y tal.

          Muy joven se marchó a Nueva York y fue amiga del fotógrafo Robert Mapplethorpe (lo cual parece ser un plus en su trayectoria, aunque en mi ignorancia yo no comprenda porqué). Ha hecho un poco de cuanto se puede hacer en escena, naturalmente, y sobre todo, dentro del ámbito musical punk y rock, pero también en performance, con incursiones incluso en la pintura y la escritura.

          No seré yo quien le quite ni le ponga valor, ni categoría, a su larga e incuestionable trayectoria profesional más allá de que, personalmente, su música nunca me haya interesado en exceso y que, cuando hace unos dos años, tuve oportunidad de escucharla, en directo, en las tardes del Botánico de Madrid, me pareció una estrella menguante, en un concierto plano, sin alma, como de compromiso, puede que motivado por su ya madura edad, lo cual no es óbice ni cortapisa para que, sobre todo, tratándose de una persona tan íntegra como ella se precia de ser, afronte su responsabilidad como artista ante un público que gasta su dinero, ello le debería bastar para comprender que, en ciertos momentos, no se es capaz de dar lo que se vende.

          Dejando estos aspectos al margen, esta señora siempre ha ido de luchadora social, de progre, de activista, cuando se entiende coloquialmente activismo por estar en campaña a favor del cambio, ser militante de movimientos sociales, propagador de ideas “buenistas”, que no tanto, como suele ser habitual, de sus actos.

          Y es ésta la faceta que me interesa porque la buena señora, probablemente con la mejor de sus intenciones de presunta persona comprometida y compasiva, viene a España a decirnos a los españoles lo bueno que es Pérez, el delictivo presidente que nos llena de vergüenza con su oprobiosa labor, un día sí y otro también. El mismo fulano que a las cinco de la tarde aún no suele haber comido. El mismo que se va cuarenta días, con gastos pagados, para él y para su prole encausada, a una mansión palaciega, de vacaciones, justo lo mismo que el resto de los españoles para los que trabaja, no obstante, con desvelo inmarcesible.

          Esta tierna señora nos viene a decir lo gran estadista que es Pérez, como dignifica su cargo, y lo compara con Trump, su propio presidente inepto, impúdico y delirante.

          Querer dar valor a Pérez porque se opone a Trump es tan pueril, intelectualmente hablando, como querer hacer bueno al inmoral frente al deshonesto, al indigno frente al sin escrúpulos. Las comparaciones son, casi siempre, odiosas, y en este caso más, porque comparar delincuentes no tiene demasiado sentido, comparar falsarios, mentirosos compulsivos, y hacer prevalecer a unos en demérito de otros es frívolo, infantil y simplista. Por tanto no puedo acoger la opinión de esta buena anciana con agrado, siempre dejando sentado que tiene todo el derecho del mundo a expresar sus opiniones, donde y cuando quiera, pero, con la misma vara de medir, yo tengo la misma libertad para dejar claro mi desacuerdo absoluto con ella, incidiendo en el poco sentido común que manifiesta esta señora “intelectual de la progresía” cuando defiende, encumbra, y alienta a un personaje maligno, nefasto y horripilante en la historia política actual española.

          Un verdadero ejemplo de lo que nunca debería ser admitido en una hipotética verdadera democracia.

                                            Vale.

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