(El Laberinto de Egipto o Laberinto de Hawara)
Por: Miguel de Ungría
Cuentan los jeroglíficos, las tablillas y papiros, y los sabios que supieron luego interpretarlos, que existió un faraón llamado Amenemhet III, perteneciente a la Duodécima dinastía, durante el Imperio Medio, que gobernó entre1829-1799 a.C., (Julip el africano lo llamó Ameres, y Eusebio de Cesárea: Lamaris o Lampares.) el cual mandó construir un gran laberinto, como tumba propia, con más de tres mil habitaciones.
Fue éste un faraón emprendedor que fomentó la agricultura, así como la cantería y la extracción de piedra, o las expediciones al Sinaí. También fue un gran constructor mandando edificar y ampliar templos por todo el país, así como la pirámide negra de unos setenta y cinco metros de altura y luego otra más llamada la pirámide de Hawara.
Cuentan que amó la magia y el misterio, consagrando muchas noches, en compañía de sus sacerdotes predilectos, a la búsqueda de la inmortalidad en el más allá, consciente de la inconmensurable infinitud del universo.
Afirma Estrabón que se sabía de cierto que nadie que entrase en el laberinto podía salir vivo sin ayuda. Pero otra leyenda cuenta que, cuando terminaron las obras, el faraón quiso asegurarse de que, efectivamente, el laberinto era infranqueable y que todo el que allí entrara no podría salir vivo por sí mismo. Entonces mandó al arquitecto Hapu, autor del proyecto, que comprobara la perfección y fiabilidad de la obra realizada. Para ello se buscaron algunas personas anónimas, ajenas por completo a la construcción del laberinto, traídas de lejanas ciudades del país para que, una vez introducidas en el recinto, intentasen salir de él por sí mismas, con la promesa de obtener una gran recompensa si es que acaso lo lograban. Se estimaba que si tras una estancia de una luna completa en el interior de aquel monstruoso complejo arquitectónico no conseguían su objetivo, se les podría dar por muertos. No obstante a todos ellos se les proporcionaban raciones de comida y bebida para llevar consigo, y había otras distribuidas a lo largo y ancho de sus enrevesadas estancias que los participantes en aquel reto imposible tenían que hallar mientras buscaban la salida.
Uno tras otro, inexorablemente, todos fueron pereciendo en sus intrincadas e ignotas estancias, en aquellas dependencias, habitaciones oscuras e inacabables que se sucedían sin fin, o a lo largo de los pasillos imposibles, con escaleras y rampas que se revolvían sobre sí mismas de forma interminable, de donde tuvieron que ser rescatados sus cadáveres siguiendo el olor nauseabundo de sus cuerpos ya, finalmente, en descomposición.
Justo cuando se anunciaba próxima la presencia del faraón de las dos tierras en el laberinto para inaugurarlo se presentó, ante el satisfecho Hapu, un joven extranjero de origen griego, un desconocido con pinta de vagabundo, de aspecto desaliñado y miserable, el cual afirmó ser también arquitecto, escultor y artesano reconocido en su tierra natal. Este muchacho dijo llamarse Dédalo y, a pesar de su aspecto, habló con voz comedida, aunque, desconocedor del idioma egipcio, hubo de valerse de un sacerdote que, haciéndole labor de intérprete, le acompañaba como compañero de viaje. En su elegante parlamento dijo hallarse desterrado por haber ofendido a los dioses, provocando la muerte de su propio sobrino, el brillante e infortunado Pérdix, fruto de una repentina furia provocada por la envidia incontenible. Como último castigo y expiación a su impiedad, buscando al mismo tiempo la redención, si es que los dioses así lo decretaban, pidió la merced de intentar desentrañar el laberinto poniendo en juego su vida, dispuesto a perecer en el intento. El arquitecto, seguro de la infalibilidad de su edificación, autorizó esa postrera incursión que realzaría todavía más la perfección de su obra magna.
El joven griego se internó en el laberinto ante la expectación de todos los que habían participado en la obra, que esperaban a las puertas, expectantes, el desenlace de su temerario intento.
Durante las noches que se sucedieron el arquitecto Hapu sufrió extraños sueños que a menudo le despertaban sobresaltado. En su mente se reproducían imágenes, planos, diseños de su laberinto, de forma confusa, como si atravesasen su cabeza vertiginosa e inconteniblemente. En ese insoportable duermevela podía ver como, una tras otra, a una velocidad exorbitante, pasaban ante sus ojos cerrados las imágenes de la ejecución de su obra magna. Se despertaba sudoroso y sobresaltado y luego le costaba volver a poder conciliar el sueño, si es que acaso lo conseguía.
Pasaron noches y días, la multitud se había ido acumulando, en número creciente, a las puertas del laberinto. Los vendedores de todo tipo de refrescos y baratijas hacían buen negocio. Había polémicas y discusiones a favor, o en contra, del valiente extranjero, mientras los jugadores cruzaban fuertes apuestas en uno u otro sentido y, cuando ya el arquitecto, pasado el tiempo estipulado, se dispuso enviar a sus hombres en búsqueda de lo que pensaban sería otro cadáver más en descomposición, muerto en cualquier recoveco del laberinto, apareció el peregrino griego, entero, en buen estado, sin muestra externa alguna de haber sufrido lo más mínimo durante su imposible odisea. Interrogado por el perplejo arquitecto, a través del interprete, el extranjero hacedor solamente le dijo, a modo de explicación, que se había limitado a sentarse muy cerca de la entrada y ponerse a meditar, pidiendo el favor de los dioses. Allí permaneció días y días, sin moverse, en absoluta contemplación. Al fin había conseguido ver el complejo desde arriba, sus pasillos y sus habitaciones, sus rampas y escaleras, sus recovecos y los huecos que no llevaban a ninguna parte. Había podido contemplar como surgió el laberinto de la mente de su creador, para ello intentó seguir el propio pensamiento del autor del laberinto, y así vio como fueron avanzando las obras, hora tras hora, día tras día.
Sabedor de que existía, al menos, una posibilidad, aunque fuese una sola. Suponiendo que debería existir un camino verdadero para encontrar la salida, imaginó, o vislumbró, o creyó llegar a ver, la ruta a seguir, tras haber descartado en su mente, con absoluta resolución y paciencia, todos los demás circuitos posibles, y siguiendo esa visión inefable la resolución final fue inevitable.
Hapu quedó fascinado y maravillado de la virtud del joven sabio griego y, tras la visita del faraón que, dicen que influenciado por el influjo de los dioses, no temió que el extranjero representase un peligro para el secreto de su tumba, quiso llevarlo consigo, como invitado y amigo, a su palacio.
Durante mucho tiempo, en la paz de sus jardines, debatió con él sobre todo tipo de cuestiones filosóficas y técnicas, dicen que incluso, en hermandad admirable, esculpieron juntos algunas de las más bellas estatuas que después ornamentarían la tumba del faraón, hasta que el joven griego, nostálgico de su patria, anunció al arquitecto que deseaba retornar a su tierra natal. Mucho lo sintió el gran arquitecto egipcio pues supo que la valía legendaria de aquel joven griego provenía, sin duda, del favor amoroso de los dioses.
Dédalo, no obstante, se llevó consigo el secreto que luego tomaría forma en el laberinto del Minotauro en la isla de Creta.
Enhorabuena. Estupendo cuento.
Me gustaMe gusta