(En la carretera)
Por: L.M.C.
Otra vez estoy en el camino,
en realidad es una carretera
por la que voy, con mi imaginación
mientras leo “Crónicas de motel”
hacia cualquier parte.
Sam Shepard me acompaña
cuando vuelvo al viaje sin conclusión,
sin destino ni equipaje.
Viajo en mi gran coche americano
de un punto a otro punto
del paisaje de un país inacabable.
Mientras tenga enfrente el horizonte
no me importa nada que pueda suceder.
Leo mientras todo pasa alrededor
como en una peli extraña,
la soledad me acompaña
por calles solitarias de pueblos
sin nombre ni ley.
Hay una confusión de vaqueros turbios,
de grandes sombreros muy sudados,
que beben cerveza sin descanso
o tequila o guisqui adulterado
hasta perder el control.
Están en el viejo porche sentados,
ése de madera que cruje al caminar,
donde puedes dejar tus pies cansados
colgando dentro de las botas de cowboy
mientras tarareas canciones al desierto
y a la luna.
Los españoles llevaron el caballo y la guitarra,
las vacas y las botas, el sombrero
y la sombra de la cruel nostalgia,
pero la noche ya estaba allí,
como una cascabel enroscada.
Llevaron las lentas baladas
tranquilizadoras para la manada,
pero la noche ya estaba allí
y un cielo eterno de estrellas tachonadas.
El sueño americano estaba allí,
la quimera del viaje
sin final ni frontera.
Todo se resume en huevos revueltos,
tortas de maíz, y café largo en la barra
del bar del viejo motel de carretera.
El gran coche de ruedas plateadas
de banda blanca
quiere continuar su viaje hacia la nada,
y Sam no podría hacer nada para evitarlo,
tan solo dejar su brazo izquierdo colgando
fuera de la ventanilla hasta que lo necesite
para recolocarse el sombrero.
Te traslada allí. Muy bueno.
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