EL SABIO, EL MONJE, EL ASCETA

Por: L.M.C.

El sabio, el monje, el asceta

un acuerdo concretaron,

y todos dieron por cierta

la una con su contraria,

y al cabo determinaron

para acabar deduciendo

que cada ser es no es,

aunque ninguno lo quiera,

un eslabón de cadena

donde todo confluyendo

se refunde y se encadena

y se dispersa de nuevo

disolviéndose a su vez.

El sabio vio al gran león

comiéndose a una gacela

que paciendo había estado

la hierba, crecida y fresca,

en la abundante pradera.

Miró al suelo floreciendo

en cada pequeña hebra

y como la lluvia engendra

con su humedad la tierra.

Vio la semilla naciendo

acarreada en el aire,

o por el ave traída

germinando y dando vida.

El monje dio a Dios el rezo,

según era su creencia,

y vio, como, en su anuencia,

todo él se complacía

desde un cielo infinito

con alegre aprobación

de su dócil devoción.

Creyó encontrar su perdón

sintiendo su bendición.

El asceta ensoñador

durmiendo tranquilamente,

en su consciencia inconsciente,

en su meditación serena

plena y llena de paciencia,

todo lo vio en esta tierra:

pegados a cuanto impera

los hombres encadenados

a sus ansias y miserias.

Sintió el ritmo ilimitado

de los soles y planetas,

de galaxias inconstantes

que están en fluir cambiante

hasta yacer enterradas

en ingentes agujeros

que son tumbas de los mundos

de los astros y las estrellas,

y se sonrió sereno,

sin turbación ni esperanza,

sin vacilación ni miedo,

sin fe, con gran desapego,

en la más firme creencia

de que ser, mientras que fuera,

era ya empezar no siendo

o siendo de otra manera

y los tres se concertaron,

cada cual en su creencia.

Deja un comentario