Nota: Este artículo fue publicado en el periódico digital «La Comunidad de Info» en 2012, se publica aquí con ligeras variaciones en su texto.
Por: Luis de Valdeavellano
Desde la antigüedad circulan algunas ideas un tanto ambiguas sobre el deporte como generador de salud que, de tanto insistir sobre ellas, se han transformado en cuasi verdades, sagradas e intocables, pero sobre las que creo conveniente hacer algunas matizaciones, a sabiendas que no serán políticamente incorrectas, pero que pretenden hacer justicia, bien es cierto que deportiva, a la verdad.
El deporte se consagró en la antigüedad como una forma de competencia y rivalidad no tan violenta como la guerra y que permitía el enfrentamiento entre pueblos o comunidades, representadas por sus campeones, sin suponer por ello una masacre continua; se ritualizába así, de alguna manera, la guerra, quitándole su sanguinaria ferocidad.
A tal punto la actividad deportiva genera intereses de todo tipo que, desde antaño, ya en la antigua Grecia, se paralizaban las guerras reales para celebrar juegos deportivos entre los que destacaban las olimpiadas, origen de las actuales, durante las cuales, por cierto, se siguen suspendiendo, o mitigando, conflictos locales en zonas remotas del planeta.
La glorificación de los campeones alcanzó cotas increíbles ya en aquellos tiempos y, de entonces acá, las grandes estrellas del deporte han gozado de una fama y un prestigio extraordinarios. Si tamaño prestigio y premio son exagerados no es el objeto de este artículo, pero sí lo es el uso excesivo que, de su imagen, hacen los medios publicitarios, tanto privados como públicos, insistiendo en la conveniencia de la práctica deportiva como panacea.
Los políticos, tan celosos ellos de nuestra salud, por mejor explotarnos, nos machacan constantemente recordándonos las supuestas bondades de practicar deporte de día y de noche, ya seamos inválidos o supermanes. Pero hay que matizar que en la Grecia clásica practicaban deporte solo los ciudadanos y, sobre todo, los hombres, es decir aquellos seres masculinos privilegiados que no trabajaban pues, por su origen o riqueza, eran libres y estaban exentos de todo trabajo manual, que era realizado por esclavos y siervos, siendo esto así, los griegos tenían tiempo y ganas de hacer algo, y ese algo lo canalizaban por la vía deportiva, o por la guerra. Se trataba, en realidad, de un sibaritismo elitista, o deformación del ejercicio físico natural, inherente a todo ser humano: que es trabajar con las manos.
Tengo serias objeciones sobre la bondad sobrevalorada de la práctica deportiva sin más, y de su eficacia como remedio saludable, salvo en casos puntuales, sobre todo cuando se efectúa en condiciones no acordes con la capacidad de las personas, o sea, en la mayoría de los casos. Lo cierto es que hacer deporte está de moda en las sociedades occidentales aunque suele provocar todo tipo de lesiones, variadas consecuencias negativas para la salud física, y en algunos casos mental, pues supone también la frustración permanente de unas expectativas que son casi siempre rotas por la realidad.
En modo alguno está demostrado que una persona que practique mucho deporte vivirá más, ni mejor, que una que no lo haga, sino más bien al contrario, y no son precisamente los más longevos los adictos a la práctica deportiva, mucho menos los deportistas profesionales, sino que suelen ser personas que en su vida han hecho deporte alguno. Igualmente está sin medir como afecta la práctica deportiva a la sociedad en su conjunto y si el coste de mantener esta actividad, por parte de los ciudadanos, es mayor o menor que sus supuestos beneficios.
Hacer deporte sistemáticamente, sin prudente medida, es una aberración, y no hay ningún animal en la naturaleza que se fatigue un día sí y otro también sin objetivo alguno: el gasto energético que ello conlleva es inmenso y los beneficios harto discutibles, se podría decir que es, incluso, muy poco ecológico. La tan extendida frase, entre los maniacos del deporte: “voy a machacarme un rato” ejemplariza mejor que cualquier razonamiento respecto de lo que supone el hacer deporte de forma insana.
Por tanto concluyo que pese a los mensajes capciosos e interesados que nos llegan, como bombardeos, de todos los medios, oficiales y privados, es mejor no hacer deporte de cualquier forma y sustituir éste por ejercicios físicos naturales al ser humano, empezando por el trabajo manual, y siguiendo por el más sencillísimo de todos que consiste, simplemente, en caminar, insustituibles ambos si es que se pretende un verdadero desarrollo armónico.
Vale.