(Este artículo fue publicado en el periódico «La Tribuna de Guadalajara» en agosto de 2007. Se reproduce aquí prácticamente íntegro.)
Por: Luis de Valdeavellano
Hay muchas maneras de contar el tiempo, de medir el paso de los días, de mensurar el transcurrir de los años. Está, desde luego, la forma oficial de hacerlo, lo que coloquialmente llamamos año natural, basado en el ciclo solar, que comprende 365 días, 5 horas, 48 minutos y 48 segundos y que se articula de enero a enero (en nuestro mundo occidental), durante un periodo de doce meses, siete de ellos de 31 días, cuatro de 30 y uno especial llamado febrero que tiene 28 días, salvo cada cuatro años, durante el denominado año bisiesto, cuando alcanza uno más. Los días se dividen, a su vez, en fracciones de veinticuatro horas que, a su vez, se hallan subdivididas en minutos y segundos.
Este gran armazón temporal viene dado por la tradición y el uso afianzado del calendario Juliano (instituido por Julio César), forjado durante la hegemónica civilización romana, la influencia posterior de la religión cristiana (sobre todo bajo Gregorio XIII) y sus modificaciones y el descubrimiento, difusión y empleo, preciso e inmisericorde, de un artilugio fundamental llamado reloj. Esta forma oficial permite medir, sopesar y percibir, de modo gráfico y tangible, el discurrir del tiempo.
Pero existen muchas otras formas que nos permiten aquilatar el paso, inexorable, de esa dimensión, inestable y confusa, que llamamos tiempo. Unas son más prosaicas que otras pero todas están sustentadas en ciertas necesidades del ser humano en su afán por dominar el medio y arbitrar su decurso. Así, conforme existen complejos calendarios, ya sean astronómicos, lunares o “lunisolares”, también se emplean otros métodos más heterodoxos como la, tan aparentemente simple, observación del cielo y sus fenómenos, usada todavía por labradores o pastores de todas las latitudes, o la certera vigilancia de ciertos fenómenos de la naturaleza, en los remotos confines de las selvas, o en los desiertos olvidados y que les permitirá, a sus moradores, elegir el momento exacto para realizar las tareas que a su observación tienen supeditadas.
Mas hay otras formas de medir el tiempo que no sirven tanto para su propia disección y su empleo práctico como para la medición sentimental del mismo, pues, por ejemplo: el amante medirá el momento del reencuentro con su amada en apresurados y nerviosos latidos de su corazón alterado, tanto como el homicida lo hará pendiente de la ejecución de su maligno plan.
Pero existe una forma singular de hacerlo, por las connotaciones afectivas, de amistad, de reencuentro lúdico y festivo con todas aquellas personas de nuestro ambiente social que sin ser, probablemente, amigos íntimos, si forman parte insustituible del bagaje afectivo de cada uno de nosotros, y esta forma peculiar de medir el tiempo se llama fiesta. Se trata de la fiesta, normalmente en periodo estival, que se celebra en todos y cada uno de los pueblos, villas y aldeas que pueblan nuestra ingente geografía española y que nos convoca, irresistiblemente, y nos invita a perdernos, a abandonarnos, aún siquiera por un breve espacio de tiempo, entre sus lúbricas manos poderosas.
Las fiestas de los pueblos, la fiesta popular de música y, muy a menudo, toros, reclama a todos sus hijos a la bacanal, a la orgía nocturna y báquica, donde la lujuria, la voluptuosidad y un cierto desenfreno se apoderan, por unos pocos días, de nuestros corazones. Así es como la fiesta, las distintas fiestas que articulan y salpican el calendario marcan una pauta en nuestro confuso divagar por la vida. Esos hitos, puestos por la sabiduría popular, en medio del árido camino cotidiano permiten la evasión, la perpetuación de la alegría en medio de una sociedad casi siempre hostil.
A medida que se acerca el día señalado nuestro deseo va creciendo, alimentado por el recuerdo de tantos seres que no vemos, y no veremos, salvo en esos días señalados. Es así como la fiesta se convierte en un sistema de medición singular y necesario pues, con su llegada, marca y acota un antes y un después, divide en periodos el tiempo y la nostalgia que atrapa nuestros corazones. Es paliativo seguro para la soledad y promesa de una, no por breve, siempre intensa y recobrada y reencontrada esperanza.
Vale.