(El pueblo ante su propia ignorancia)
(Este artículo, con alguna ligera variación, fue publicado en el periódico digital «La Comunidad de Info» en 2012.
Por: Luis de Valdeavellano
Hoy no estoy para nada. Lo reconozco. El día es gris, el cielo está triste y como solidario con las últimas noticias que confirman, una vez más, mi profunda desconfianza sobre la raza humana a la que, al parecer, pertenezco.
Hay asesinos cobardes y necios que buscan no sé qué minuto de gloria infame masacrando niños indefensos, pandilleros mediáticos, que pegan patadas a adolescentes, infectos de estupidez. Guerras que asolan el mundo para alumbrar nuevas dictaduras mientras se violenta a los inocentes. Políticos muy ladrones y ladrones muy políticos. Líderes salvadores de pueblos a los que matan de hambre para enterrarles solo con ideología, y, cada vez, más personas que necesitan a la tiranía como parte de su sistema de seguridad social. Ciudadanos que llevan a un esclavo dentro, que se sienten cómodos cuando son dominados, mangoneados y que gustan vitorear al dictador. No, definitivamente no estoy para nada y te advierto, lector indiscreto, que lo que leas aquí puede causarte desazón, o herir tu sensibilidad.
Ya sé que dicen que se escribe para que te lean, no es cierto, no siempre es cierto. Se escribe también por una mera pulsión, como se respira, se come o se defeca, por necesidad, en defensa propia, contra la propia escritura, contra uno mismo, y contra la propia dignidad que confiere el silencio.
Por ejemplo: la proliferación de los llamados foros en el mundo de Internet, máxima expresión, según los teóricos de las nuevas técnicas, de la libertad de escritura, de opinión y crítica, presuntamente al alcance de todos, presenta algunas incógnitas, y varias señales sospechosas sobre la capacidad del pueblo, es decir, de la mayoría de los ciudadanos, para expresar sus ideas, más allá del mero insulto, de la constante descalificación en base a unos mínimos argumentos ideológicos primarios, sin un sustento racional y sin ninguna capacidad crítica con los propios, premisa imprescindible para poder discernir con veracidad lo cierto de lo deseado. De Twitter a Facebook pasando por los que tiene cada periódico, partido político, foros de asociaciones y agrupaciones, foros económicos, deportivos, homosexuales o homófobos, foros de niños y de adultos, literarios o taurinos, foros, foros y más foros, hasta la saciedad y el hartazgo. Visto así pudiera parecer que nos hallamos ante un nuevo renacimiento intelectual y cultural pero, esta vez democrático y social, más abierto a todos, tirios y troyanos, y sin embargo, cuando se bucea por sus procelosas aguas, la mayoría de las veces estancadas, muertas, si no pestilentes, si malolientes en su mediocridad, uno se da cuenta que toda la tecnología del mundo no es sino el fiel reflejo de nuestra frágil condición humana, es decir una mezcla de dioses y esclavos, de genios y necios, de superhombres y degenerados. Eso, que es en esencia lo que somos, se trasmite por la red con una claridad tan nítida que ofende como el brillo de la nieve en la distancia, o la contemplación del sol en su apogeo. Son los nuevos tiempos de la información, desmedida, “desnortada”, sin acotamiento ni límite ni barrera. Información que es casi siempre mera exposición por la gran ventana comunal de la trivialidad y la tontería, una suerte de “striptease” (desnudismo) descocado y pretencioso. Son los nuevos tiempos de la opinión generalizada, democratizada, donde todos tienen su sitio y su momento de gloria, y …, con la claridad se hizo la noche.
Ante tamaña exhibición de zafiedad el corazón se encoge, el espíritu se oscurece, y el ánimo se amedrenta sabedor de lo que le espera. En la edad de oro del conocimiento la estulticia reluce como un fuego fatuo. En el tiempo de la doble revolución, genética e informática, los seres humanos aparecen más desvalidos que nunca
–hiperdependientes de un “estado del bienestar” que nunca puede ser un estado, sino un tránsito, un devenir, un pasar sin parar– cobardes y pretenciosos, amparados en derechos sin deberes, medrosos mendicantes de la miserable ración de seguridad mínima recomendada por la Organización Mundial de la Salud.
Patraña tras patraña se construye un estado modelo de alucinación colectiva. Soflama tras soflama se alimenta la sinrazón que todos mantenemos. Mentira tras mentira se concluye una verdad bastarda y sin asideros. Lisa como la nada. Es el oximoron de la estupidez inteligente, la paradoja de la música sin músicos, la metáfora de la poesía del silencio. Es también el tiempo de las ideas que no se expresarán jamás con palabras para evitar su automática devaluación. De la prima de riesgo. De la patada voladora. De lo híbrido, ahora que todo es híbrido.
Vale.