NIÑOS CÍBORG

Por: Luis de Valdeavellano

Últimamente reconozco, estimado lector, que me asaltan sombríos pensamientos, afortunadamente todavía no de continuo, pero no por ello dejo de estar a la expectativa y algo preocupado conmigo mismo.

          Vislumbro un mundo apocalíptico donde la I.A., la meta realidad, la realidad subjetiva, las realidades interpuestas, las realidades irreales, paralelas, las percepciones no objetivas, el subjetivismo virtual implícito recurrente y, así, sucesivamente, hasta el infinito, plantean un panorama aterrador, sobrecogedor e ininteligible además, que eso es lo peor de todo.

          Por poner un ejemplo, en el pasado sabías que había mala gente y que ésta te podría causar un mal: robándote, atracándote, dándote una paliza… Los delincuentes estaban  catalogados, la verdad era sencillamente verdad y la mentira era mentira, por lo que tú podías ponerlas a un lado u otro de la balanza. Los malos eran los malos y como a tales se los trataba. Tenían que pagar por su maldad y así se procuraba. Pero ahora no, ahora a los malos se les da el beneficio de la duda. Es más, se acepta que la culpable de que los malos sean malos es la sociedad, por lo tanto a los malos se les cuida ya que no son malos porque quieren sino porque les obligan. Sus penas se mitigan en todo lo posible. Se evita que tengan la obligación de resarcir a la sociedad por sus fechorías. Además, haciendo uso de las teorías que emanan del buenismo progresista que nos invade, cualquiera puede ser, al mismo tiempo ángel y demonio, sádico y asceta. Uno no sabe a qué atenerse, que es y que no es, o que es siendo, y no siendo, sin dejar por ello de ser, mientras al mismo tiempo es o no es, dependiendo para ello de la posición teórica singular que ocupe, en ese instante y no en otro, en el espacio tiempo sensorial político social, más o menos como los neutrinos, que están y no están, estando sin estar incluso en dos sitios a la vez. ¿No sé si me explico? No, bueno. Era lo normal.

          Pero todo esto ¿a qué viene? ¿Qué tiene que ver con los niños? ¿Para empezar qué es un cíborg? Pues bien, comencemos por el principio. Un cíborg es una nueva especie, en realidad una de las nuevas especies semi humanas del futuro, pero que ya comienzan a ser, que llevan siendo desde los años sesenta del siglo pasado, más o menos, pero que, ahora, debido al avance imparable de la tecnología, ya son plenamente viables y que, en este caso, se compone de una combinación de naturaleza humana, mecánica y cibernética, vamos, una mezcla entre un ser humano del de toda la vida y cierta cantidad de maquinaria inserta en dicho ser, lo que hace de él algo nuevo y diferente. Por ejemplo si a una persona se le pone una dentadura postiza mediante tornillería y demás artilugios embutidos en sus mandíbulas pues esa persona empieza a ser un comienzo incipiente de cíborg, sí que primitivo pero, un poco cíborg al cabo. Ya existen ejemplares más avanzados, dotados con miembros mecánicos añadidos, mucho más sofisticados, brazos o piernas articulados, unidos al cerebro, incluso con dispositivos electrónicos, tales como antenas o cámaras de visión en varias “Des” o microchips. Es decir los cíborgs ya existen en nuestra cuestionada realidad. También los robots y los androides ya están presentes en nuestro mundo diario.

          Por supuesto hay diferencias entre ellos, mientras que los robots son artilugios mecánicos informatizados, más o menos autónomos, que no tienen porque parecerse a los humanos, los androides lo persiguen y los cíborgs son una mezcla de ambos.

          ¿Y los niños, qué pintan en todo esto? Pues que, uno tiene en estos momentos la impresión, ahora percepción, de que cuando ve niños, a ciertos niños, está viendo a pequeños proyectos de algo extraño y sospechoso. Es una impresión, una apreciación, supongo que ficticia, no real, nacida del subconsciente lamentable del que suscribe pero, como me gusta sincerarme con usted, ya que, al fin y al cabo, es mi psicólogo de cabecera, en el que deposito mis pensamientos más protervos, más profundos y oscuros, pues a usted me veo obligado a confiarle mi inquietud.

          En la actualidad hay niños que no me parecen niños, o del todo niños. Son niños raros. Demasiado perfectos. Demasiado guapos. Demasiado comedidos. Demasiado limpios. Demasiado educados. Son arquetipos de la mismidad infantil, la sublimación de la infancia perfecta. No sé como explicarlo. Los veo anómalos, tan todo tan todo tan todo tan perfecto que me producen un poco de miedo. Una sensación como la de los niños de la película “¿Quién puede matar a un niño?” de Narciso Ibañez Serrador, obra maestra del cine español de 1976 que, por cierto, recomiendo.

          Me planteo, por tanto, que eso no puede ser así de por vida. Esos niños perfectos, en su evolución, natural y mecánica, tienen que sufrir un colapso, no sé, un derrumbe, un desplome, no digo exactamente físico, sino más bien moral, estructural, general. Tienen que tener anomalías, averías…, algo. Y me inquieta.

          Eso es todo cuanto tengo que decir por hoy, entrando ya en una nueva fase de la humanidad, con un pie en una nueva tiranía medieval y otro en la alucinación post planetaria permanente; sobrevolando un mundo hostil, enfrentado y caótico, como nunca. En medio de la tecnología distópica que nos va conduciendo al abismo de la disolución humana, como un agujero negro adonde nos vemos arrastrados, sin poderlo evitar. En el que no sabemos que destino nos espera pues nunca estuvimos allí. Y los niños, que son el mejor ejemplo de nuestra realidad actual, empiezan a ser extraños en un mundo extraño.

                                     Vale.

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