Por: L. M. C.
El tiempo parece detenido,
Junto a la exclusa veintiuno,
Mientras la tarde se mece, entre los árboles,
Al quedo son del viento de la sierra.
Hay una inmensa quietud en la ribera,
Un ritmo acompasado con el fluir del agua.
El latido infinito de los cañaverales
Se ve apenas interrumpido por la llegada lenta
De visitantes distraídos, e inexpresivos,
Que parecen mirarlo todo, sin ver apenas nada.
Cada uno vendrá buscando ¿quién sabe?
Qué pequeño gran enigma inmerso
Entre las aguas indescifrables del canal.
Por un momento puede que, para alguno,
Afortunadamente, la vida cobre otro sentido
Distinto de la ceguera diaria
Que ofusca la razón y enturbia la mirada.
O puede que solo sea una parada más
En su ocasional trayecto de turista accidental.
Pero, a veces, el corazón encuentra, sin saber,
Y entra en sintonía con la naturaleza,
Aunque sea, ésta, modelada por el hombre.
…Mas todo empezó, mucho tiempo atrás,
Cuando algunos soñaron, y se obstinaron,
Trazando líneas en mapas precisos
A los que dieron un número, y un nombre.
Idearon canales, exclusas y compuertas,
Y pasaron largas horas imaginando
Barcos hermosos, aún no fabricados,
Que navegaban ya, garbosos, en sus mentes.
Luego otros hombres mancharon sus manos
Con el barro, la piedra y el metal,
Sudando, día a día, el sudor del trabajo,
Y, en una carrera contra el reloj desafiante,
Consiguieron lo que parecía imposible,
Lo que doscientos años después permanece
Aún ante nosotros, como un ejemplo claro
De lo que el humano puede dar a la naturaleza.