Por: Luis de Valdeavellanoç
(Primera parte)
Estoy aguardando a que lleguen. No creo que tarden mucho pero espero que me dé tiempo de hacer esta declaración pues nadie, como yo, sabe lo que pasó ni el porqué.
Aunque no creo que sirva de nada esta declaración porque la ocultarán, o la destruirán. Es lo que hacen los poderosos con la verdad: ocultarla o destruirla. La justicia del estado es implacable con los desgraciados como yo pero nunca alcanza a los poderosos, a los que roban millones ni a los que arruinan vidas y familias con sus políticas nauseabundas.
Ya sé que cuando esto haya acabado los plumillas de los medios, salvo excepciones, vendidos al poder político y al dinero, dirán lo que convenga según quien les pague mejor. Sé también que los politicuchos, sí, esos canallas necesarios que dicen que nos representan pero que, en realidad, nos usan para trepar, y medrar, a nuestra costa, dirán que esto no volverá a pasar, que si hay que cambiar ésta, o aquella ley, pero que no hay que hacerlo en caliente, y que si bla, bla, bla y bla, bla, bla…
Pero todo quedará en palabras, siempre palabras interesadas, fingidas y travestidas de sentimientos, vertidas como puñales según la ocasión, o la necesidad del momento. Todo, mentira y engaño, en una sociedad podrida que quiere que la acunen con canciones para niños bobos, sabidas de memoria.
Pero basta ya de preámbulos que a nada conducen. Contaré mi historia.
Pertenezco a una familia de origen humilde, mis padres dejaron el pueblo para buscar un mejor futuro en la ciudad y con ellos nos llevaron a mí y a mis hermanos. Nunca nos faltó lo primordial, pero nunca vivimos con lujos por lo que todos nosotros comenzamos a trabajar muy jóvenes, salvo el hermano pequeño que, dado que los tiempos ya eran algo mejores, pudo estudiar y sacarse una carrera.
Yo no puedo quejarme, y no me quejo. Conseguí un empleo estable y fui progresando dentro de mi empresa dedicada a la fabricación de embalajes. En ella estuve hasta mi jubilación hace ahora unos quince años. Nunca me casé, pero a pesar de ello o, quién sabe si por ello mismo, viví bastante feliz siendo mi único deseo poder comprarme una finca en el pueblo y construir en ella mi propia casa.
Y lo conseguí. Trabajé duro, hice muchas horas extras, ahorré.
Cuando la empresa me ofreció la prejubilación, bueno, en realidad creo que se trataba de un contrato llamado de relevo, no lo dudé, llegué a un acuerdo con ella, hice los días que me tocaban y me fui a mi casa. Es decir, dejé mi casa en la ciudad, regresé a mi pueblo y me instalé en la finca de mi propiedad, la que tanto esfuerzo me había costado conseguir, la que amaba tanto como a mi propia vida.
En ella he vivido feliz mi deseo de soledad y de sosiego, dedicado a mi huerta y a mis árboles, en compañía de mis perros, gatos y gallinas. Sin meterme con nadie y siendo tan buen vecino, para mis vecinos, como pude. Hasta el día maldito, o mejor, la noche maldita.
Aquella noche un ladrón chulo, e insolente, asaltó mi propiedad. Yo estaba dormido y los perros no ladraron, no sé cómo me desperté pero lo hice sobresaltado y, abandonando mi dormitorio, medio vestido, salí al exterior de la casa, al patio, desde donde se ve la entrada al cobertizo donde guardo los aperos para las labores del campo. Entonces le vi. Bueno, vi un bulto oscuro, pero supe que era humano. Llevaba algo en las manos, parecía la motosierra, una de las herramientas más valiosas que yo poseía. No lo pensé mucho, entré de nuevo en la casa y cogí una de mis escopetas, porque, sí, soy cazador… y a mucha honra. Siempre he sido respetuoso con los animales y con las leyes, tanto escritas como ancestrales, de la caza.
Cargué el arma con cartuchos de décima, perdigón fino para que lo entiendan. Volví a salir y di voces al intruso. Me acerqué hacia él hasta que estuvimos cara a cara, a unos metros tan solo. En la penumbra parecía un tipo joven, de cara oscura y ojos brillantes. Llevaba la máquina en sus manos y no supe si la pretendía arrancar o no. El caso es que estaba robándome impunemente, habiendo asaltado mi propiedad, convenientemente vallada. Por la noche, sin apenas luz. Le dije que levantara las manos y que dejara lo que llevara. Recuerdo que se rio. ¿Lo pueden creer? Se rio de mí… se rio de un anciano, mientras comenzaba a andar sin soltar la motosierra. Decía algo de que no me atrevería a dispararle. Que era mejor que le dejara marchar. Le volví a repetir que pusiera la motosierra en el suelo, pero no me hizo caso. No pude soportarlo. Le disparé los dos tiros.
Luego volví a entrar en la casa y recargué el arma. Salí de nuevo y de nuevo volví donde estaba el hombre, caído pero haciendo intentos de ponerse en pie. Se quejaba y maldecía. Hizo un gesto como de tirarse a por mí, pensé que me atacaría y disparé de nuevo, una vez más. Y ya no se movió.
Después todo pasó muy deprisa. Las luces de las casas de mis vecinos más próximos que se encendían y yo llamando a la guardia civil. Fui inmediatamente detenido. Fui juzgado y sentenciado.
En éste país nuestro, que no lo es, que es de los políticos ladrones, y de los criminales que vienen de fuera y que se apoderan de lo nuestro, como si no tuviésemos bastante con los ladrones propios. En este país no nuestro donde no existe la propiedad privada pues pueden asaltar tu casa con total impunidad, incluso quedarse con ella, y los jueces y su justicia de mierda…sí…su justicia de mierda, harán prevalecer el derecho del ladrón, del delincuente, sobre tu derecho de propiedad. Porque ésta es la ley que nos desampara, que hace de nuestro país un país indigno, en el que todo resto de la decencia, y la dignidad antigua, se han perdido, quien sabe si para siempre. Porque aquí todo son derechos, y más derechos, pero no parece haber deberes salvo para los desgraciados como yo.
Hasta aquí la primera parte de mi desafortunada historia. Fui encarcelado y despojado, pues incluso me vi obligado a indemnizar a la familia del delincuente. Lo que ya es de risa si no fuera porque es patético.
La juez, una tipa joven, una auténtica listilla prepotente y chula, tan pagada de sí misma, y tan creída dentro de su sagrada toga, esa prenda tan desacreditada como su oficio, y un fiscal inútil, un verdadero canalla, zascandil, soez y rastrero, plegado al poder de la juez, se encargaron de interpretar las leyes según su doctrina. Según el humor del día. Según los mandamientos de nuestros politicuchos.
Del abogado del ladrón no diré nada pues es su función defender al que le toca, ya que, en este caso, era de oficio. Es decir, para mayor escarnio encima pagado con mis impuestos.
Y fui condenado a doce años. Y allí mismo, para mis adentros, juré venganza.
No le tengo tanto apego a la vida como para vivirla indignamente. Me insultaron una vez más. Me llamaron asesino por defender lo mío. Lo que me había costado conseguir una vida entera de trabajo. Después de pagar durante más de cuarenta años…cuarenta años…se dice pronto, con mis impuestos, a los golfos que, en manada, como lobos hambrientos, nos rodean y nos roen hasta el alma. Si, nos roen el alma, la dignidad, y nos despojan con desprecio.
Fui condenado, y cumplí mi condena en parte, ya que he sido liberado antes de tiempo por mi buena conducta, y por la mucha edad que tengo, pero, mientras, vi impotente como, encima, la familia del ladrón muerto se enriquecía a mi costa. Fue de risa patética…de risa fría… mordaz… a costa del propio muerto…pero ese… ese estaba ya enterrado y no se reiría ya nunca más de nadie. Como aquella noche se rio de mí. (Continuará)