Por: Luis de Valdeavellano
Este artículo fue publicado en el periódico digital «La Comunidad de Info» en 2013.
Pequeño prologo, improvisado a última hora
Me había prometido, y les había prometido a ustedes, no hablar de política sino muy de vez en cuando, pero…siguiendo el ejemplo de los sabios que nos gobiernan, como verán a continuación, no lo voy a cumplir. Y me digo a mí mismo, pues me digo muchas cosas constantemente, que si los políticos mienten por sistema y usted, sí, usted, y yo mismo, pese a todo, les seguimos confiando nuestra vida y nuestra cartera, por qué no me van a confiar a mí un poco de su tiempo…aunque les engañe un poco, de vez en cuando. Discúlpenme ustedes…o no.
EL ESTADO DE MI BIENESTAR
Ella es el estado de mi bienestar. También es la autora de la frase que da título a este artículo, tan brillante como irresistible… la frase, y ahora ponte a sacar partido a un comienzo inmejorable.
Pues bien, lo haré lo mejor que pueda, lo tomaré como un reto, ya que se trata de escribir sobre algo prestado, dado, y encima agudo e incisivo, directo a la mandíbula de tanto aprovechado “bueno-buenista” de los que campean por España y sus rincones.
“El estado del bienestar es innegociable” “Están destruyendo el estado del bienestar”. “Defiende el estado del bienestar”. Frases como éstas, en boca de los políticos (la favorita de los de izquierdas pero, cada vez más, también entre los de derechas e incluso de los nacionalistas y separatistas más extremos), dan ejemplo de una situación demagógica, perversa, extendida a todo el espectro político nacional. Todo un programa ideológico intercambiable girando como un torbellino de inanidad en torno a una falsedad. ¿Cómo se puede construir una ideología, aunque sea tan basta y elemental, en base a una frivolidad de tal calibre? El ilusorio “estado del bienestar”, en sus mejores momentos, bajo la égida “protoprogre” del iluminado contador de nubes socialista Z.P., mantuvo no menos de un veinticinco por ciento de la población española bajo “el umbral de la pobreza”, otro eufemismo “bueno-buenista” tan al uso en estos tiempos falaces, mientras propiciaba y permitía los nombramientos a dedo de millares de recién llegados a las dehesas de los mantenidos.
Ellos, los mantenidos, los nombrados a dedo, los aupados a cargos inventados para su exclusivo beneficio personal, son los usufructuarios mayores de ese “estado del bienestar” deslumbrante y tramposo. Los miles y miles de “liberados” y “asimilados” de todo tipo, campando por oficinas y organismos públicos sin coto; los “trincones” afiliados a lo que sea con tal de medrar, los politiquillos de medio pelo surgidos al calor del ladrillo y tente tieso, son los beneficiarios de un sistema corrupto y corruptor, creado como un nuevo modelo de clientelismo camuflado, gozando de un “estado del bienestar” propio, selectivo y partidista, robado a los más humildes, a los excluidos, a los no afiliados, a la inmensa mayoría silenciosa.
El estado solo puede ser del bienestar cuando hay una administración cabal, justa y equilibrada de los bienes públicos, solo entonces es posible un reparto equitativo, pues la premisa -de tan obvia da sonrojo declararla- es la siguiente: si no hay riqueza, o, si la riqueza se despilfarra, si los encargados de administrar roban a los administrados no es posible bienestar general alguno. El desmadre al que se ha sometido a España y sus rincones en los últimos años, por parte de los políticos, no encuentra parangón entre las naciones de nuestro entorno. La clase política española ostenta el dudoso honor de hallarse entre las peor valoradas en ése mismo ámbito. Solo los afines irreductibles, acólitos y “apesebrados”, se mantienen firmes en su visión bucólica de una cruda realidad hispana. Son los mismos que, por el mero hecho de ser partidarios de la “idea” y depositarios de una arbitraria superioridad ético-moral, se creen con derechos que niegan a los demás: hablan de sacrificios, siempre ajenos, mientras se dedican a vivir como nuevos ricos; deniegan lo indispensable a los otros a la par que despilfarran los caudales públicos en veleidades propias de ingenuos, o de malos, y su versión de la realidad es tan mentirosa que daría risa si no diese que pensar. Pero siendo la actitud de políticos y afines tan vergonzante como vergonzosa, es la del pueblo llano, la de los ciudadanos, aún mucho más preocupante. Los ciudadanos, que siempre responsabilizamos a los demás de cuanto nos acontece, como si nosotros no fuésemos también actores en esta parodia de vida en sociedad, en esta opereta bufa donde el que no roba no medra, aún amparados en una selecta impunidad tan increíble como inaudita. El pueblo que calla, que obedece, que se mira en el espejo de los peores y aspira, no a cambiar su papel en la sociedad, sino a ser como los que admira, a reproducir sus miserias y sus ruindades infamantes. El pueblo que justifica a los que considera parcialmente como propios y los apoya y los anima, ya sean criminales, o delincuentes, o separatistas, es el verdadero responsable de lo que sucede; ese pueblo es el mismo que apedrea vestido de manifestante, o que golpea bajo el traje de policía; el que porta las armas que matan a los inermes en las guerras sin fin; el que acude a las manifestaciones e impide la actividad de los demás para defender privilegios propios, tantas veces exclusivos. Y ése mismo pueblo es el que se deja embaucar, indolente, cuando le cantan al oído canciones de sirenas varadas, el que se duerme en los laureles de la demagogia y el que acrecienta las más bajas pasiones. Mientras, los “cantautores” de la política hispana, los dueños del karaoke, los pinchadiscos de la idea, saben bien cuando hacer sonar la tonada. Ellos manejan su papel de encantadores de serpientes con la maestría propia de los charlatanes de esta feria nuestra, tan cruel y cotidiana. Vale.