El Bosque.

(Evocaciones de mi tierra II)

Por: Luis de Valdeavellano

(Continua)

          El bosque primigenio fue sustituido por enormes plantaciones de otros árboles que daban frutos diversos y codiciados por el humano opresor, además de destinar grandes extensiones de tierra a cultivos monótonos, que le servían para alimentarse, haciendo del paisaje un espacio aburrido e inmisericorde.

          Destruyendo el bosque, sin miramiento, lo fue reduciendo a pequeños espacios aislados donde éste, a duras penas, logró sobrevivir, raquítico y casi aniquilado.

          El bosque permaneció silencioso, resiliente en su exilio interior, incapaz de huir, apenas reducido a las zonas menos productivas, más lejanas y escarpadas, pero resistente y latente entre piedras, quebradas, barrancas y laderas inaccesibles siempre se mantuvo atento, firme, inconmovible, esperando su momento.

          Mientras tanto, el humano explotaba aquellos inmensos parajes, expoliados al bosque destruido, para su beneficio exclusivo. Esquilmaba las tierras sin respeto; exterminaba a sus pobladores nativos sin compasión alguna, desde los más pequeños a los más grandes; envenenaba el medio con sus pócimas asesinas según pasaban los días, los años y los siglos.

          Pero como todo pasa y todo vuelve a pasar según el curso inexorable que dicta el universo, infinito y eterno, hubo un día en que aquellos humanos decidieron que las tierras donde se asentaba el bosque primigenio ya no tenían ningún interés para ellos. Comenzó entonces una gran migración en busca de otros lugares lejanos donde habitar a los que llamó ciudades, a ellas se fue trasladando uno por uno, hasta dejar en completo silencio aquel bosque al que había explotado durante largos siglos. Los campos quedaron solitarios, sin el sonido estridente de las voces humanas que, hasta entonces, poblaban hirientes su silencio esencial.

          Sin la presencia del humano, el bosque comenzó de nuevo a ocupar el lugar que le correspondía, el que siempre le había correspondido por derecho propio. Los árboles comenzaron de nuevo a brotar, y lo hicieron ocupando el lugar de donde habían sido expulsados por el humano para su beneficio: donde había un olivo brotó un roble señorial; donde hubo un almendro, o un nogal, o un cerezo, allí se asentaron de nuevo el pino y el enebro, o la milenaria sabina y la encina tenaz; a su alrededor volvieron el floreal espino, la zarza audaz, la popular aliaga, los romeros y tomillos, las ajedreas de increíbles esencias, los espliegos majestuosos de morados matices y así todo el sinfín de plantas que conforman el medio natural.

          Palmo a palmo, con silencioso arrojo, con paciente resolución, todos los habitantes del bosque fueron regresando sin saber bien como. ¿Tal vez? Porque en realidad nunca se hubiesen marchado del todo.

          Insospechadamente regresó el zorro curioso, el tejón laborioso, el formidable jabalí, luego siguió sus pasos el grácil corzo,  el ciervo majestuoso, o la intrépida águila real. Tras ellos llegó de nuevo el lobo, padre y señor de todos los animales del bosque, el más prudente, el más audaz, el que siempre acecha en la sombra, el que, dada su gran sabiduría, siempre ha logrado sobrevivir, oculto, fiero y perspicaz.

          Puede que todo esto sucediera porque los animales y las plantas del bosque tienen el poder mágico, imperecedero, que emana de la propia tierra en la que habitan; contienen y son su más íntima esencia, y siempre, siempre que el humano lo permite con su ausencia, vuelven a ocupar su lugar, el lugar que por derecho propio les pertenece.

Vale.

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