LA INICIACIÓN

(Esta narración fue publicada en el periódico digital «La Comunidad de Info» en 2013 y se reproduce aquí con alguna ligera variación.)

Por: Luis de Valdeavellano

Aquel Hiper era tan grande que la gente interesada en hacer una visita por su interior recóndito quedaba allí mismo, en una sala habilitada por la dirección del centro a la que habían puesto el curioso nombre de: “Sala de Quedar”, y desde ella se planificaban desde las cortas excursiones por los alrededores, emprendidas normalmente por familias o grupos de amigos aficionados a las emociones fuertes, a los viajes más ambiciosos en busca de los mismísimos confines del inconmensurable centro comercial. Pues debéis saber que había zonas remotas y peligrosas, prácticamente desconocidas y, tal vez, nunca holladas por el ser humano, cuya exploración exigía una cuidadosa y metódica preparación por parte de aquellos viajeros audaces que se atrevieran a internarse en su busca.

          En la “Sala de Quedar”, la dirección del centro comercial ponía a disposición de los futuros viajeros planos actualizados de todas las zonas conocidas y cartografiadas del lugar, además de todo tipo de informaciones suplementarias, pero de gran utilidad para los viajeros intrépidos: climatológicas, geográficas, de mera logística, e incluso de seres conocidos o imaginados, de posibles monstruos, o de simples alimañas que uno se pudiera encontrar, siendo, en muchos casos, meras especulaciones en base a las experiencias acumuladas por viajeros anteriores, no siempre suficientemente contrastadas, sometidos como estaban, los temerarios pioneros, a todo tipo de contingencias físicas y mentales que, en muchos casos, les llevaban a la consunción, a la locura o a la muerte. Lo cierto era que hacía mucho tiempo que el Hiper era ya inabarcable incluso para sus dueños, y aún para las mismas autoridades que se conformaban con las noticias que iban aportando los viajeros más intrépidos y arriscados.

Las excursiones más comunes solían ser de unas pocas horas y no excedían nunca de uno o varios días, y esto, en sí mismo, ya suponía un reto, tanto mental como físico, que con el paso del tiempo se había convertido en una especie de ritual iniciático al que se sometían aquellos que aspiraban a ocupar un puesto preeminente entre la comunidad.

Al principio, como dije, se iba en familia o con amigos de confianza, se recorrían las zonas comunes y conocidas y, como mucho, se internaba uno un poco más de la cuenta, para regresar inmediatamente a las partes más transitadas donde se hallara alguna huella de carritos, e incluso la presencia fugaz de algún cliente, o algún empleado reponedor. Pero algún día, aquellos que aspiraban a la fama debían afrontar internarse a parajes más lejanos solos, bueno, o en pareja, pues según las normas, lo máximo que se consideraba admisible eran grupos de dos personas por expedición. Esta modalidad no suponía, según se afirmaba, y por ello era permitida, notables ventajas sobre la individual, pues si bien dos pueden cuidarse mejor que uno, también demasiado a menudo surgían crueles enfrentamientos por las compras a realizar, disputas y desencuentros que llevaban a la destrucción mutua del equipo, por lo que no estaba claro si era más conveniente ir solo o acompañado.

La opción preferida del público, la que obtenía con mayor facilidad el beneplácito de la afición era, desde luego, la individual, perteneciendo a este grupo las mayores estrellas de aquel rutilante firmamento de legendarios exploradores, que se había ido formando con los años, siempre presentes en la memoria de los buenos aficionados.

          Por evocar ahora alguna de estas hazañas históricas, para que pueda hacerse el lector interesado una idea cabal de lo muy arriesgado de las mismas referiré como ejemplo, aún sucintamente, la que llevó a cabo uno de los máximos héroes entre los que ocupan hoy un lugar destacadísimo en el olimpo sagrado del Hiper. Su nombre no debe llevar a engaño ni ser objeto de burla pues a pesar del mismo, su proeza le sitúa en lo más alto del escalafón. Pues bien, Metre, porque así se llama de apellido nuestro campeón, Peti Metre, por nombre completo, consiguió alcanzar en solitario la quinta galería del Hiper (superando en dos galerías lo que pedía la tradición para ser considerado un paladín y por tanto merecedor de los máximos premios estipulados para aquellos que alcanzaban dicha meta), confirmando a su vuelta que aquella galería estaba especializada en productos lácteos; allí pudo observar a todo tipo de animales productores de leche y a sus depredadores, productos naturales o manufacturados además de fuentes, manantiales, arroyos, ríos y lagos de blanquísimo color.

          Metre había superado con creces la prueba común, podía regresar sin más, triunfante, al encuentro de su familia y hogar, sería querido y respetado por su hazaña pero…, Peti quería más, su sed de fama y gloria no estaba saciada y, tras años de durísima pelea con el medio hostil, y consigo mismo, logró alcanzar la décima galería, hito jamás antes logrado por ningún ser humano autónomo (Abro aquí un inciso para recordar al lector especializado que, por simple lógica, se conseguía llegar mucho más lejos por medios meramente mecánicos, lo cual no es el objeto de esta información).

Incido en el inciso, pues cabe recordar a su vez que la parte del Hiper reservada para las compras normales del común de los habitantes de la ciudad, contaba con una extensión acotada equivalente a varios cientos de hectáreas, es decir una superficie superior a cientos de campos de fútbol, si usted lo prefiere.

          La vida de la ciudad entera giraba en torno, para, por, según, sobre y tras el Hiper. Una existencia en un medio concebido para ser y no ser siempre el mismo. Una copia física de la condición humana.

           Foráneos llegados de todo el mundo junto con los propios habitantes de las ciudades próximas, día tras día, hacían del Hiper un sueño posible, compulsivo y fatal.        

                                          Vale.

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