(Algunos de los sofistas (mal llamados) menores, continuación de un artículo anterior.)
Por: Luis de Valdeavellano
Jeníades de Corinto. Filósofo presocrático griego, fue un nativo de Corinto, Peloponeso (Grecia) contemporáneo de Demócrito (por lo que debió florecer hacia 400 a. C.) el cual hizo de él alguna mención. Es uno de los precursores del escepticismo antiguo. Lo poco que se sabe de él procede de dos pasajes de Sexto Empírico en los cuales afirma que Jeníades sostenía que todo es falso y que toda representación y opinión son igualmente falsas. También que todo lo que nace a partir del no ser y que todo lo que se destruye, se destruye del no ser, así como que todo lo que se corrompe se diluye en el no ser. Por tanto Sexto lo adscribe a los filósofos, como Jenófanes de Colofón, que negaron la existencia de un criterio que determine lo verdadero y lo falso.
Algunos autores como Guthrie lo califican entre los representantes de un escepticismo filosófico extremo, siendo así que su doctrina manifiesta el descrédito en el que habían caído las doctrinas imperantes en aquel tiempo. Su aserto “todo lo que nace a partir del no ser” es opuesto a la idea de Parménides que sostiene la imposibilidad de la generación a partir de lo que no es y de todo el pensamiento griego que se había basado en el principio “ex nihilo nihil fit”, “nada surge de la nada”.
Nestle supone que pudo ser discípulo de Protágoras, otros, aún sin base cierta, de Gorgias. (Ángel J. Cappelletti).
Licofrón. Nada se sabe de este filósofo sofista, pero pudiera ser que hubiese sido discípulo de Gorgias. Dado que éste debió nacer aproximadamente hacia el 500 a. C. y murió hacia 390 a. C. su florecimiento habría sido del 450 a. C. en adelante. La noticia sobre sus ideas filosóficas proviene de Aristóteles.
Licofrón cree que la ley es un garante de los derechos ciudadanos, pero que no obliga a los mismos a ser moralmente buenos: “La ley, (como la definió Licofrón) es un garante de los derechos recíprocos, incapaz, sin embargo, de convertir a los ciudadanos en buenos y honestos”. Así mismo afirmaba que “La ciencia es una comunión del saber con el alma”, Aristóteles “Política III”.
Licofrón negó el ser, lo que es, tesis parecida a la de Gorgias. Defendió el derecho natural del débil, declarando la igualdad natural de todos los hombres. No creía en la “nobleza” heredada de algunos, por tanto la aristocracia y su predominio político y social, era injustificable para él, ya que “la naturaleza no ha hecho a nadie esclavo ni inferior”. Se cree que pudo haber sido partidario de la emancipación de la mujer, muy sometida en la sociedad griega.
Trasímaco. Reincidimos aquí en un breve esbozo de este sofista catalogado, arbitrariamente, de “menor”, por el mero hecho de desconocerse casi todo sobre él. Nos sometemos a esa definición “minusvalorativa” por la simple necesidad utilitaria de cierto entendimiento expresivo, aunque, a pesar de lo poco que conocemos de su pensamiento y de su obra, en modo alguno los creemos “menor” con relación a otros sabios de su época y, muy al contrario, estamos inclinados a mostrar por él, tanto como por sus otros compañeros, un gran respeto, fruto de la valentía innovadora de sus ideas, muy adelantadas a su tiempo, a la par que desdeñamos el uso coloquial injusto en el que ha caído la palabra sofismo con el devenir de los tiempos.
(Demasiadas veces el lenguaje es manipulado por las élites político-económicas, interesadas en lograr, a toda costa, sus más viles objetivos, como estamos viendo en la actualidad, una vez más y siempre, a lo largo de la historia repetida.
Los políticos, esa execrable secta de delincuentes, inficionan el lenguaje torticeramente mientras el vulgo, seguidista y borreguil, sigue su ejemplo sin plantearse nada. Al fin y al cabo ¿Qué puede plantearse quien nada se cuestiona?)
Parece que fue Bitinia, al noroeste de Asia Menor, actual Turquía, el lugar de su nacimiento, en una ciudad llamada Calcedonia, de origen megarense, (a la que los historiadores llamaban anecdóticamente “la ciudad de los ciegos”, incidiendo en que no habían estado muy acertados sus fundadores en elegir el sitio más idóneo para su fundación) por lo tanto no era un griego de “pura cepa”, lo cual seguramente le pesaría cuando se estableció en Atenas. Puede que por ello sus tesis abrían de ser disruptivas, perturbadoras, con respecto a lo que se consideraba como aceptable por los atenienses de pro. En suma puede que se sintiera, y le hicieran sentir, extranjero en Atenas.
Pese a desconocerse las fechas de su nacimiento y muerte se sabe que vivió a lo largo del siglo V a.C. ya que Aristófanes lo menciona en su obra cómica “los Deitales”, por lo que tenía que ser necesariamente bien conocido, gozando de fama, en ese tiempo.
Debió ser algo más viejo que Gorgias del que parece que se enemistó por diferencias doctrinales.
Suidas asevera que fue discípulo de Platón y de Isócrates, lo cual no se verosímil cronológicamente. Diels, por ejemplo, ha pensado que esta afirmación se debe a un error y que en lugar de “discípulo” debió querer decir “maestro”. Kranz afirmó que Trasímaco estudió oratoria con Lisias, pionero de este arte en Grecia. Nada de ello está confirmado con seguridad.
Sea como fuere Trasímaco llegó a Atenas como tantos otros maestros de la época y se dedicó a la enseñanza de la oratoria en la cual tuvo mucho éxito. Respecto a su muerte el poeta romano Juvenal afirma que se ahorcó. Puede que todo se deba a la leyenda que se fue creando en torno a él, favorecida por el hecho de ser considerado pesimista tanto en su obra como en su propia personalidad.
En cuanto a la obra y su pensamiento, tan frescos, vigentes y estimulantes hoy en día, nos remitimos al artículo que ya publicamos con anterioridad. Solo apuntaremos que existe una lista de posibles obras, puesto que no nos ha llegado ninguna de ellas. Unos, como Cicerón, afirman que Trasímaco habría escrito abundantemente sobre la naturaleza, es decir, sobre la Cosmología. Dicha lista es la siguiente:
-Discursos deliberativos.
-Arte oratoria.
-Escritos fantásticos.
-Recursos oratorios.
-Discurso sobre los lariseos.
-Discurso sobre la constitución.
-Gran tratado.
-Las compasiones.
-Discursos victoriosos.
Hay controversia respecto de esta lista pues algunos estudiosos opinan que todos estos títulos pudieron estar englobados en una sola obra mayor denominada “Gran tratado” que estaría acompañada de otra titulada “Tratado pequeño”.
De cualquier forma es Trasímaco uno de los sofistas más interesantes y uno de los filósofos a los que nos gustaría haber podido conocer mucho mejor. Concretamente, en el campo de la oratoria debió ser una especie de revolucionario dejando huella en diversos aspectos de esa práctica tales como:
-El cultivo de las imágenes oratorias.
-La introducción de neologismos.
-El estudio de los medios mediante los cuales se puede excitar al oyente a la compasión.
-El análisis de las dotes propias del orador.
-La creación del peón.
Y la aportación que consideramos más importante que sería la de la creación del llamado “Estilo Medio”.
Pararemos un momento en estas dos últimas aportaciones por ser, sin duda, las más interesantes e innovadoras promovidas por el gran maestro.
La creación del “peón” nos ha llegado por boca de Aristóteles y de Quintiliano. La versificación griega y la romana se basaban en la combinación de sílabas largas y breves. Según su uso se originaban los distintos “pies”, uno de ellos fue el “peón”, pie métrico de cuatro sílabas, tres de ellas breves y una larga, que se podían combinar de distintas maneras. Con el recurso del “peón” se ampliaron las posibilidades poéticas enriqueciendo el espectro creativo griego que luego sería heredado por Roma.
Pero la mayor aportación de Trasímaco en la oratoria fue la invención del “estilo medio” o “tercer estilo”.
Los retóricos griegos distinguían dos estilos en el arte de la oratoria. En primer lugar estaba el “estilo solemne”, caracterizado por ser exagerado y ampuloso. Luego existía el “estilo sencillo” que era opuesto al anterior. Uno y otro pretendían convencer, o bien mediante la utilización de un lenguaje donde primase la amplificación impostada y altisonante, o, por el contrario, mediante el empleo de un vocabulario sencillo, popular, rebajado, atenuado, e incluso vulgar y minimizador.
Tuvo que ser Trasímaco el que, creando el “estilo medio, o mixto”, en el cual se compendiaba, resumía y aplicaba lo mejor de los dos precedentes, logró una armonía superior, consiguiendo imponerlo en toda Grecia como el más completo y perfecto, siendo usado por los mejores oradores entre los que se contaron Demóstenes, Isócrates o el propio Platón. Finalmente los tres estilos quedaron definidos y sistematizados por Teofrasto.
Solo nos queda recalcar la importancia de sus tesis éticas y políticas para lo que nos remitimos, una vez más, a lo anteriormente publicado tanto como a lo que puede que publiquemos en el futuro.
Nota importante: Para la confección de este artículo he tenido la fortuna de contar con la ayuda, imprescindible, de unos maravillosos libros de la editorial Aguilar, de una colección llamada “Biblioteca de Iniciación Filosófica”. Concretamente, en este caso, el volumen 101 de dicha colección, publicado en Buenos Aires en 1966, cuyo autor, al que se debe en gran parte este artículo, es Don José Barrio Gutiérrez, que fuera catedrático de Filosofía, por oposición, desde marzo de 1959, así como Director de Instituto en Jaén. Sirva de homenaje a su memoria.
Por supuesto he hecho uso de Internet mediante la consulta de Wikipedia y alguna otra entrada poco significativa.
Vale.