Por: Luis de Valdeavellano
Hemos celebrado la romería tradicional del pueblo, una fiesta encantadora dedicada a la santa, que tiene su propia ermita en el campo, en un paraje bucólico y maravilloso, afortunadamente todavía salvaje y libre de polución. El día amaneció sonriente, bellísimo, con un sol deslumbrante que invitaba a la fiesta y hacia allí nos dirigimos a través de una pista de tierra en buen estado, naturalmente, salvo algunas excepciones, a bordo de nuestros vehículos, todoterrenos incluidos. Son unos cinco kilómetros desde el pueblo y, en el pasado, los asistentes solían ir a caballo de sus mulas y borricos, el que los tenía, ahora todos tenemos coches, y claro está que hay que usarlos en estas circunstancias.
Antes la fiesta, aunque siempre una mezcla de religiosidad y esparcimiento, era diferente, se comía en el suelo, cada uno de lo que llevaba, sobre unas mantas o manteles extendidos. El menú no era muy variado y en él predominaban las tortillas de patata, algo de carne si se podía, algún embutido, o lomo de la orza, y alguna fruta que se hubiese podido obtener. El vino a granel era la bebida principal, servido en bota o en algún apreciado porrón. Algún afortunado puede que dispusiese de algo de coñac o de anís, algún orujo y poco más. Más tarde llegaría la gaseosa en sobre para diluir en agua, y alguna preciada cerveza en botellín.
Por supuesto, previamente y como ceremonia fundamental todo el mundo asistía a la Santa misa en el interior de la ermita que, por cierto, es de un románico rural tan sencillo como interesante. Tras la comida el dúo, o trío, de tambor, flauta y guitarra, amenizaba un baile sobre el blando piso tapizado de hierba, donde mozos y mozas demostraban su habilidad en la ejecución de la jota castellana, en tiempos posteriores ya se bailaban algunas cosas un poco más modernas, siempre teniendo en cuenta las posibilidades de músicos tan limitados.
Era una ocasión importante para que algunas parejas intimaban un poco más de lo habitual, otras comenzaban a conocerse. Alguna se perdía, discretamente, entre la fronda dando lugar a que algún niño futuro fuese fruto del día de la santa. Al caer la tarde, con la fresca, se iniciaba el regreso al pueblo. La tradición, en todos sus aspectos se había cumplido un año más.
Ahora es un poco diferente. Digamos que la “escusa” es la misma: rendir pleitesía y devoción a la santa, pero las formas podemos decir que han cambiado. Se llega en coches atiborrados de todo tipo de inventos útiles para estar cómodos en el campo: sillas, mesas plegables, cenadores desmontables, neveras, tumbonas, y por supuesto provistos de una increíble variedad de comestibles, aperitivos y todo tipo de artículos de imposible reproducción. Los del bar del pueblo también montan su chiringuito de bebidas. El ayuntamiento colabora ofreciendo un guiso a los asistentes, debidamente cocinado por una empresa contratada al efecto, con todos los permisos de Sanidad, que elabora su menú in situ. El despliegue alcohólico es fastuoso y libre corre el consumo, fundamentalmente antes de la comida, de cerveza, pero también de todo tipo de refrescos.
A la misa, celebrada ahora a las puertas de la ermita, asisten una parte, solo una parte, y menor, del total de los asistentes. Lo hacen sin mucha convicción, como por compromiso, se nota que el señor cura ha de hacer un esfuerzo por relativizar el poco interés de la gente respecto a la religión. No por ello se guarda un gran respecto, más allá del indispensable, ante lo que, en teoría, significa estar allí ese día, que sería en puridad agasajar a la santa. Bueno, estamos en tiempos de presunta tolerancia que suelen ser, por otra parte, tiempos intolerantes, pero, como suelen decir las élites del pensamiento filosófico actual: “es lo que hay”.
Tras la misa, realizada en su versión abreviada, exenta del correspondiente y aleccionador sermón laudatorio de la santa, de su trayectoria y milagros, la fiesta sigue y claro está que la fiesta es comer y beber sin control, porque un día es un día, aunque me temo que en el caso de algunos son muchos días, unos sobre otros. El festín es pantagruélico y como dije difícil de enumerar, el consumo alcohólico también. Se come mucho, demasiado, y luego todavía llegan los postres con pastelería y bollería, más o menos industrial, los cafés y los licores.
Cuando nos queremos dar cuenta el pinchadiscos, ahora DJ, o Disyóquey…, digamos simplemente pincha, inicia su particular función de música enlatada donde, no sé si por mimetismo, o por simple incapacidad estética, se reproducen básicamente todos los “temas” o canciones, o composiciones, o engendros, que pululan por radios y (Spotify) spotifaices que en el mundo son y serán, lo cual significa que, cada vez más, la simplificación cutre se va apoderando de las masas sin que a estas parezca importarles (una m.) nada.
El alcohol corre en forma de todo tipo de combinaciones llamadas, con carácter generalista “cubalibres”. (Justo lo que Cuba no es desde hace más de sesenta años. Aunque a los progres esto les de igual, a mí no)
La tarde avanza entre música en lata y bebidas en vaso, naturalmente de plástico y no puedo evitar que me produzca cierta ¿nostalgia, compasión, sensación de ridículo por delegación? el ver a algunos de mis compañeros de generación, como se dice ahora: “dándolo todo” en la improvisada pista de baile que es la pradera.
Sí, sí, lo entiendo, no quiero ser el típico criticón, pues cada uno hace con su cuerpo lo que quiere, pero no puedo evitar la sensación que me sobrecoge, que me recoge, que me embarga, que me que me…
Poco más queda por relatar, sino que, con la llegada de la noche y el relente, se inicia el regreso de todos aquellos que han aguantado hasta el final. Para suerte de todos, la guardia civil no ha puesto control alguno en el cruce entre el camino y la carretera que conduce al pueblo, por lo que la retirada se produce con normalidad. Y, del día después de todos aquellos que comieron y bebieron como si no fuera a haberlo, de eso hablaremos otro día.
Nota del autor: Ravería es un neologismo que pretende resumir lo que en la actualidad es una romería al uso de los tiempos. Se forma con el anglicismo “rave”: que es un evento musical popular realizado en sitios de celebración no habituales, y la terminación cristiana ría.
Vale.