(Continuación)
Por: Luis de Valdeavellano
¿Son corruptos los seguidores y votantes de un partido corrupto? ¿Participan de su corrupción prestando su apoyo?
Estas y otras muchas preguntas de igual tenor son pertinentes en una situación inaudita, tal como la que estamos sufriendo en España en estos tiempos desafortunados.
Me gustaría mucho más hablar de poesía, de arte o de la belleza del campo en esta primavera feliz y desbordada de colores, fruto de las lluvias de días pasados, pero moralmente me veo forzado a comentar la situación política pues, por mucho que quiera desligarme de ella, es vital para el desarrollo de cualquier sociedad, a pesar de que, en lo personal, uno pueda mantenerse al margen. Hacerlo de forma radical sería lo mejor para mí vida como persona anónima e individual, y podría hacerlo, pero ello implicaría, al menos en mi caso, una sensación de dejación ética que me causaría más dolor que placer.
Desde una posición no partidista, no dogmática ni ideológica, es decir, no siendo de ningún partido, no teniendo apego alguno, ni compromiso, con nadie de los que se dedican a “salvarnos”; con la experiencia de la edad; habiendo visto pasar por el poder y sus aledaños, e incluso habiendo votado a lo largo de este periodo llamado “democrático” a todo tipo de partidos, desde las izquierdas a las derechas, debo decir que la sensación actual es de absoluto escepticismo, por no decir depresión. No puedo decir decepción porque nunca creí en esta teórica democracia que, por el mero hecho de serlo, no tiene necesariamente que ser un sistema mejor, o peor, que otro cualquiera, ya que, dependiendo de las personas, que son las que hacen el bien o el mal, es tan manipulable y tan corruptible como el que más, a las pruebas me remito.
Ni siquiera, como se quiere afirmar, es más garantista ya que estamos viendo como la judicatura, que debería ser un estamento público absolutamente independiente, y, en una verdadera democracia, votado por el pueblo, debiendo ser el encargado de elaborar las leyes, al margen de los políticos, es sin embargo un mero “artefacto” dominado por los partidos políticos. Véase, ahora mismo, la vergüenza del Tribunal Constitucional, o de la Fiscalía, en manos indignas.
La sensación que me acomete es más bien de “ya me lo imaginaba yo” o “esto tenía que suceder antes o después”.
Siendo, como yo creo firmemente, en esencia, el ser humano malo, vil y rastrero, lo cual afirmo categóricamente, lo lógico es que, antes o después, sucedan cosas como las que nos están pasando.
Si el poder lo ocupan seres innobles y dañinos (históricamente, es lo habitual) movidos por su interés personal primero y partidista después. Si el objetivo no es mejorar la nación, la vida de sus habitantes los ciudadanos favoreciendo sus actividades cotidianas tanto como se pueda, haciéndola más fácil y llevadera. Si lo que se persigue es obtener el poder y mantenerlo a toda costa, enriqueciéndose con ello, para lo cual se recurre a todo lo que es despreciable: ya sean pactos con criminales, delincuentes, enemigos de la patria, enemigos del progreso, de la racionalidad, dictadores, el resultado no puede ser otro que el que está siendo. Si los que tendrían la obligación de cumplir, a rajatabla, las leyes tanto como su espíritu, utilizan la propia fuerza del estado para incumplirlas, manipularlas y violarlas sistemáticamente ¿qué resultado podemos esperar?
Estamos abocados a la desesperanza, a la desolación, e incluso a la vergüenza ajena pues ¿cómo nos mirarán las otras naciones? ¿qué concepto tendrán de nosotros?
Sinceramente, para responderme a las preguntas que me hacía en el inicio de este artículo, mi respuesta es que sí, que cada uno de nosotros somos responsables de nuestras decisiones, pues todas y cada una de ellas influyen en los resultados generales. Cuando una persona da su voto, no echa un papel en una caja, da un apoyo, respalda unas decisiones, se convierte en participante directo de lo que suceda a continuación. Se mancha las manos con la traición, con el robo o con la sangre derramada.
Vale.