(¿UNA ILUSIÓN SOBREVALORADA?)
Por: Luis de Valdeavellano
¿Existe la felicidad? ¿Qué es la felicidad? ¿La felicidad es igual para todo el mundo? ¿Si se es feliz no se tienen problemas? ¿Es opuesto problema y felicidad?
Todas estas preguntas y muchísimas más caben cuando se habla de un asunto tan peliagudo como es la felicidad. Desde que el ser humano se hace preguntas trascendentes el asunto de la felicidad está absolutamente presente, queramos o no, en el devenir de nuestras vidas. Está presente, como artículo de lujo, en todas las religiones, en todas las teorías y corrientes filosóficas, en la oferta de todos los políticos, en cualquier “consejo” publicitario, en las artes, en los medios, en los espectáculos, en el deporte. La oferta de felicidad es inagotable y todos te ofrecen felicidad o te muestran su felicidad. La felicidad es el gran ideal de la existencia humana pues todas las personas desean ser felices.
Pero, empezando por el principio ¿Cómo definimos los humanos la felicidad, qué es la felicidad?
Según esa paradoja que ahora parece llegada para cambiarlo todo, llamada eufemísticamente “inteligencia artificial”: “es un estado de satisfacción plena y de bienestar emocional”. Según el diccionario, de donde parece sacada dicha definición, artificialmente inteligente: “es el estado de grata satisfacción espiritual y física”. Sinónimos descriptivos: dicha, ventura, contento, bienestar, fortuna, alegría etc. etc. Hay además alguna información complementaria para definirla aún más plenamente, a saber: la llamada “felicidad hedónica” que se basa en la obtención de placer y gratificación inmediata y puntual, y la llamada “felicidad eudaimónica” enfocada en vivir con un propósito concreto irrenunciable, mayormente con connotación de noble ideal.
Pues bien, este material ya parece suficiente para hacernos una idea de lo que entendemos los humanos por felicidad. Pero ¿en verdad es esto así, o es un mero espejismo que nos forjamos, un espectro de una sombra?
Las religiones lo tienen claro, todas ofrecen la felicidad total como premio final a la fidelidad a sus creencias. De hecho el judaísmo y luego el cristianismo ya depararon la felicidad en la misma Tierra, concretamente en el Paraíso, lo que pasa es que, por la mala cabeza de los humanos, se perdió tan gran chollo, al ser expulsados del lugar idílico siendo obligados a buscarse la vida a partir de entonces. Ahora tenemos que esperar al fin de la vida para, una vez muertos, si lo hemos hecho bien, acceder al Paraíso, al Nirvana, a la trasmutación final, al Yannah lleno de huríes, al Valhalla…, según algunas religiones que existen en el mundo.
De acuerdo con las distintas corrientes filosóficas, tanto clásicas como modernas, la felicidad también es un asunto largamente debatido donde, con matices respecto a las religiones, pero con un fondo similar, se emparejan bondades con premio, maldades con castigo, de modo tal que solo puede ser, teóricamente, feliz aquel ser bondadoso y empático.
Volviendo al principio podríamos decir que la felicidad existe, pero como momento físico, transitorio y puntual, que genera un bienestar anímico, siendo el resto del tiempo, casi todo el tiempo, una ilusión, una auto imposición manipulada que nos permite engañarnos puerilmente. Que no es igual para todo el mundo, pues unos la buscan en lo inmediato y satisfactorio del momento, mientras otros la hallan en la práctica de una forma de vida singular. Por tanto, que adopta distintas formas diría que, casi, casi, individuales. Y, por último, que pueden convivir problemas y felicidad, fruto mayormente de la relatividad, no siendo, en absoluto, incompatibles.
He dejado para el final dos aspectos que considero fundamentales en el tratamiento del problema de la felicidad, uno se basa en mi creencia de la maldad humana, lo que me lleva a poder asegurar la existencia, contrastada, de personas que son felices haciendo el mal. La otra cuestión es que soy fiel partidario de quitar importancia a la felicidad en sí misma, dada su condición de intrusa y de supervalorada en el devenir humano al que distorsiona, e incluso, incapacita en ciertos momentos, abobándole. La felicidad peca, a menudo, de simplona, de adultera, de autocomplaciente, de edulcorada cuando no falsa, de pagada de sí misma.
Cuando eres feliz te olvidas de la vida real, del mismo modo que te olvidas las llaves, el bolso, las gafas o el móvil.
La felicidad es como la salud, mientras disfrutas de ella no te das cuenta de que su existencia pues es temporal y efímera.
Yo me considero una persona amoral y circunstancialmente feliz.
Vale.