Por: Miguel de Ungría
Hubo una vez, en una república famosa, un hombre malo el cual, después de haber sido juzgado por sus muchos crímenes y felonías, fue condenado a ser introducido en una sima, en compañía de varios animales feroces, con el fin de ser comido por ellos. Así, en ella fue arrojado junto con un tigre, una serpiente enorme, un lobo feroz y algún otro. La boca de la sima fue tapada con una losa y abandonado el lugar. Acertó a pasar por allí un extranjero que oyó los gritos de ayuda del cautivo, curioso y condolido, retiró la losa y cual sería su sorpresa cuando, de repente, el ágil tigre saltó por la boca y en vez de tirarse a su garganta se prostró a sus pies dando muestras de sumisión y, como si se mostrase agradecido por haber sido liberado, le alertó de lo que dentro se hallaba. Acto seguido lo mismo hizo la gran serpiente y luego el lobo y los demás, todos ellos advirtieron al hombre de la terrible ferocidad del cautivo y, tras ello, cada uno se fue por su camino dejando al hombre solo. Miró éste al interior del pozo y en él vio a un hombre, en apariencia desvalido, al que, con esfuerzo, ayudó a salir. Cuando lo hubo liberado, el cautivo, sin dudarlo, asaltó con furia al liberador para quitarle sus pertenencias y allí lo dejó, malherido, dándole por muerto.
NOTA: Este cuento es una sucinta recreación del que nuestro gran genio de las letras y de la sabiduría filosófica Baltasar Gracián, no suficientemente valorado, puede que por su condición de español, publicara en tres partes en los años 1651, 1653, y 1657, en su obra magna “El Criticón”, en el capítulo llamado por él “Crisi cuarta”. Sea en su recuerdo y homenaje.