FARMEAR AURA

Por: Luis de Valdeavellano

“Farmear” es un término inglés castellanizado, que proviene de los videojuegos, y quiere decir: repetir acciones, o movimientos, para lograr puntos. No está recogido en el diccionario español, todavía. Es un anglicismo que viene etimológicamente de “farm”: cultivar, más propiamente en el sentido de sembrar, y que significa coloquialmente repetir acciones para acumular recursos, dinero, experiencia u objetos.  

          Aura viene, según el diccionario español, del latín aura, del griego aúra, soplar. Viento suave y apacible, hálito, aliento, soplo. Favor, aplauso, aceptación general. Halo, esa especie de aureola, círculo, nimbo, que se afirma que se percibe alrededor de los cuerpos. En suma la imagen representativa de la supuesta energía que todos tenemos “en torno a nosotros” aunque no se vea.

          Según la Wikipedia “farmear aura” significa: realizar acciones, gestos, o actitudes, para acumular carisma, presencia y estilo, de manera simbólica, ante los demás.

          En estos momentos es un juego de moda que realizan ciertas personas, generalmente jóvenes, y que se está convirtiendo en un fenómeno social, porque ahora todo lo que se hace, como se comunica por las redes de forma inmediata, se contamina, generalizándose, con rapidez casi exponencial.

          Este juego social y juvenil se realiza en la calle, en un entorno urbano y presenta la forma de “batallas amistosas” una modalidad de combates, o enfrentamientos no físicos, donde se compite mostrando habilidades expresivas y de comunicación como: gesticulación, pasos de baile, movimientos graciosos, posados vistosos y cualquier otra forma gestual que resulte atrayente para los improvisados espectadores que juzgan y puntúan a los “contendientes” y paralelamente lo publican en las redes.

          En resumen es un modo actual de relacionarse de la juventud, donde se mezcla la necesidad de interconexión física, ignata en las personas de todo tiempo y época, con la necesidad de ser conocido, reconocido, como forma de auto exhibición, lo cual se consigue mediante la publicación inmediata de dichos actos en internet.

          No es nada nuevo, pero en parte si lo es. Como digo, la necesidad de exhibición pública, sobre todo de la juventud, siempre ha existido a lo largo de los tiempos. Los juegos tradicionales, de pelota, de lanzamiento de objetos varios, de bolos; las peleas más o menos reglamentadas; las carreras de todo tipo; los enfrentamientos entre equipos; los desfiles de disfraces, o de belleza, todos ellos, además del componente lúdico, siempre pretendieron, de una forma u otra, mostrar al más hábil, al más diestro, al más fuerte, al más atrevido, al más atractivo. También los encuentros de declamadores que versificaban improvisando, como los troveros españoles, descendientes de los iniciales franceses, y luego sus herederos hispanos: versolaris, payadores, repentistas, y más recientemente los “freestylers” angloamericanos o raperos.

          Esta “competición” reproduce esa necesidad primaria de intercomunicación y afirmación, pero, debido a la existencia de las nuevas tecnologías de comunicación, la lleva a otro nivel, puesto que al poder comunicarla en tiempo real y, sin límite espacial, poniéndola al alcance de cualquier persona en cualquier lugar del mundo, su repercusión es absolutamente impresionante con relación a todo lo conocido. Al mismo tiempo, el hecho de que pueda producirse con unas “normas” aceptadas tácitamente y comunes la generaliza y convierte, lo que sería un simple encuentro entre un grupo de personas en un momento y lugar concretos, en una exhibición que se podrá seguir desde cualquier sitio con unas consecuencias absolutamente impensables en cuanto a aceptación o rechazo.

          Esto está muy bien porque saca a la juventud del aislamiento que produce el uso particular y adictivo de las nuevas tecnologías, y lleva a concluir que, afortunadamente, no todo está perdido, porque parece demostrar que el ser humano sigue necesitando la interacción, física y real, con sus semejantes: el contacto personal, directo, natural y primario.

          Pero ojo, porque también plantea una especie de paradoja donde lo positivo podría transformarse, dada la indefensión infantilísta a que está sometida la juventud, en algo muy negativo. La exposición pública que supone abre caminos truculentos, dada la crueldad envenenada que se ve en las redes, que supera por mucho, tanto cualitativa como cuantitativamente, la que se sufría en el pasado. La ausencia de violencia física, no implica su inexistencia. Solamente apunto que, en la seguridad de que todo tiene varias caras, dependiendo de cómo, cuándo y porqué, lo que, en apariencia, puede pasar por un inocente entretenimiento también pudiera ser algo perversamente envenenado y terrible.

                                              Vale.

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