LA ESCLAVA Y EL POETA

Por: Miguel de Ungría

Erase aquel tiempo feliz de la gloriosa al-Ándalus, durante el califato de Córdoba, donde reinara, sin gobernar jamás, el califa niño Abu I-Walid Hisham ibn al-Hakam ibn Abd al-Rahman al-Nasir ibn Muhammad, conocido por Hisham II, el cual, bajo el dominio implacable de su madre, la concubina vascona Subh, y de su probable amante, el ambicioso e implacable Ibn Abi Amir, futuro Almanzor, permaneció recluido de por vida en su gineceo palacial, en el alcázar de Medina Azahara.

          La ciudad despertaba admiración, siendo la envidia del mundo, gracias a la dinastía de los Omeyas, que la habían enriquecido sin medida, y ahora, bajo la mano férrea de Almanzor, que gobernaba Córdoba con guante de seda sobre mano de hierro. El temible háyib o chambelán, rebajaba impuestos, atendía a los más necesitados, y mientras, seguía embelleciendo la ciudad a la par que engrandecía la propia mezquita principal, realizando la mayor ampliación acometida jamás. Todo ello al tiempo que sometía a los cristianos bajo el terror de su espada, realizando constantes correrías por toda la península, desde Santiago a Barcelona, desde Toledo a Lisboa, de las que volvía cada vez inmensamente rico, su caravana repleta de tesoros y con ella una interminable fila de esclavos que serían vendidos al mejor postor en los zocos de la ciudad cordobesa.

          Recientemente había mandado construirse un palacio llamado Medina Al-Zahira, (la ciudad resplandeciente o floreciente) digno de su inmensa gloria y poder, tanto que competía en majestuosidad y belleza con el mismísimo palacio Omeya de Medina Azahara. En él había depositado los tesoros reales. Junto a él se habían instalado, en suntuosas mansiones, resaltando aún más sus grandiosas dimensiones, todos los nobles servidores del aparato del estado. La belleza del palacio relumbraba a la luz de la luna y su nombre le hacía honor junto a la plácida ribera del Guadalquivir.

          Cuando Almanzor regresaba de sus correrías es cuando gustaba celebrar aquellas fastuosas fiestas donde podía mostrar toda la plenitud de su poder. Lucía entonces eufórico, relajada momentáneamente su incontinente sed de poder y gloria y, ante sus selectos invitados, podía exhibir el fruto inexorable de su espada triunfadora. Bellas muchachas y jóvenes efebos, traídos como rehenes y esclavos, eran presentados entonces ante aquel público enfervorizado. Algunos serían regalados en el curso de la noche a los afortunados que recibieran entonces la atención del amo. La comida, el vino, los licores, la música, la poesía, la danza, todos los deleites imaginables formaban parte de aquella fastuosa recreación del paraíso sobre la tierra.

          En aquellas ocasiones la alta nobleza cordobesa no podía faltar, so pena de futuras represalias. Uno por uno, todos desfilaban ante el gran valido mostrándole su acatamiento, su admiración y su respeto: sus visires, el Katib o secretario, los miembros del diwan, el gran Cadí al-Yama´a, o juez supremo, los grandes rangos religiosos y militares, los potentados, la élite sapiencial y cultural del reino, todos formaban corro a su alrededor. También los jóvenes pertenecientes a la élite social. Todos los hijos de cualquiera que fuera conocido e importante en la ciudad debían estar también presentes. Era la oportunidad de lucir los más suntuosos atuendos, galas especialmente preparadas para la ocasión, algunos, demasiado amanerados, aparecían enjoyados y perfumados como doncellas.

          Había, entre ellos, unos pocos jóvenes amantes del estudio y de la práctica poética, los cuales destacaban ya por su dominio, en ciernes, de la jurisprudencia, la religión, las ciencias y las letras. Pero sobre todos, uno sobresalía, no obstante su mesurada timidez, entre toda aquella juvenil nobleza. No era otro que el hijo del gran visir, el que contaba con la confianza del general, el que portaba el poderoso sello en su ausencia. Ibn Hazm era su nombre abreviado, por el cual le conocían sus más íntimos amigos. Su dominio de la palabra escrita, de las ciencias más nobles, del Sagrado Alcorán y de la ley, pese a su juventud, era ya manifiesto entre los doctos. Dominaba además, con elegante y graciosa pulsión, el arte de la poesía. De su boca, de su cálamo, la belleza brotaba de forma natural, como las flores, germinando, brotan en el jardín perfumado, bajo el delicado cuidado del diestro y amoroso jardinero.

          Todos querían escucharle una vez acabado el banquete, cuando ya los espíritus estaban alegres por el consumo del mejor vino que, en aquella tierra virginal, se prodigaba dulcemente, sabedores de que sería requerida su intervención en noche tan importante.

          Era ya pasada la medianoche, en aquellos jardines benditos donde la alegría corría a raudales, como el agua que se derramaba, placida, por canales y parterres. Allí donde las fuentes y las albercas relumbraban en brillos móviles, sus aguas rotas en infinitas miríadas de centelleos dulces y tibios, tintineos y murmullos confortadores, precioso refresco para los perfumados arriates y borduras de flores inconmensurables.

          Fue entonces cuando se demandó silencio, pues la joven esclava del gran señor, la bellísima y discreta Uns al-Qulub (Consuelo de los corazones) favorita de su harén, la dueña de la magia de la poesía, la poseedora de la palabra que cautiva, del timbre que enamora, de la presencia que seduce con su sola mirada, iba a tomar la palabra en primer lugar.

          La corte rodeó el estrado donde la joven, acompañada de su inseparable laúd inició su tonada. No fue una canción cualquiera, una melodía superficial, o frívola, o ligera, sino que habló del amor, de ese amor que es tan profundo que todo lo da, que todo lo espera sin esperanza y lo posee sin mando, y lo acapara y lo supera. Del amor que es la vida misma y por el cual la vida misma se desprecia, y se entrega sin dolor y sin queja. Y mientras cantó su canción, sus ojos, como flechas exactas, encendidas, tomaron una dirección única, como si allí, en aquel momento, en aquel lugar, solo estuviera ella, y el amado al que iba destinada su melodía.

          Todos permanecieron en un silencio hondo, rotundo, absoluto. Muchos supieron de inmediato a quien se dirigía, como dardo certero, la canción de tan inusitada belleza.

          Esas sublimes alusiones, tan poco veladas como sinceras, tuvieron un impacto demoledor en el público, quedando suspenso de admiración. Silencio.

           “El insuperable amor ha hablado esta noche por mi boca”, dice el sabio y virtuoso historiador al-Maqqari que suspiró entonces la bella cantora.

          Almanzor quedó perplejo ante tamaña osadía. Los murmullos, con rumor creciente, se fueron extendiendo sobre aquel jardín, de repente teñido de una incipiente negrura de temores.

          Continua diciendo al-Maqqari, al que Dios no deje mentir, que el háyib, con tono sombrío y severo se dirigió a su esclava preguntándole si era cierto lo que contenía la canción, o se trataba tan solo de un sutil juego poético.

          Ella, sabedora del mucho amor que su señor le tenía pero, al mismo tiempo, conociendo su gran severidad, rayana a veces en la crueldad más descarnada, cuando sentía que no era debidamente respetado, no intentó ocultar la verdad, antes bien, decidida a confesar, dispuesta para afrontar lo que el destino le quisiera deparar, le contestó, diciendo que ella podría mentirle para conservar así su favor y también la vida pero que no lo haría, pues debido al amor que sentía no podría tratar de engañarle. Que el amor por el joven objeto de su canción era tan grande y arrollador que nada le importaba la vida, a partir de ese momento, si no la podía vivir con él. Que su sola mirada había bastado para conmover su corazón de tal modo que solo declarándolo en su canción supo expresarlo. Luego, con humildad verdadera, pidió perdón por ello a su señor.

          La seca respuesta de Almanzor fue que se retirase, mientras, puede que enfurecido, desenvainaba su espada, al parecer dispuesto a degollar allí mismo al joven, responsable de tan terrible atrevimiento.

          El joven poeta no podía hacer otra cosa sino contestar. Humillándose ante el poderoso chambelán, con escogidas palabras dirigidas al enojado tirano, pidió entonces clemencia. Haciendo constar y resaltando el mucho amor que el propio Almanzor había tenido siempre por con él, queriéndolo como a uno de sus propios hijos, le dijo con discreta elocuencia que aquella canción había sido la consecuencia de una pasión desatada, que solo el impetuoso amor podía producir y que le rogaba, por el Gran y Único Dios que todo lo sopesa, que tuviera en cuenta como la locura amorosa es capaz de hacer las cosas más inauditas, sin que por ello haya en ella intención de ofensa, o desacato, no siendo otra cosa que el fruto de su propio irrefrenable arrebato.

          Tras unos segundos de silencio sepulcral, el príncipe terrible tornó a envainar la espada y volviendo a llamar a su presencia a la joven cantora, en ese mismo instante, entregó a la joven Uns al-Qulub al propio Ibn Hazm. Desde ese momento hasta el día de su muerte permanecerían inseparablemente unidos.

          Así fue como, despejada la tormenta, la fiesta continuó. Dura debió ser la lucha interna en el corazón del todopoderoso Almanzor durante aquella celebración. Su mente optó sucesivamente por matar a los tácitos amantes o por perdonarles y así, cuando la noche empezó a entregar el relevo a la dulce luz que ya renacía por el horizonte, dos jóvenes, amantes y poetas, abandonaron el recinto palacial sabedores de que el amor, a veces puede conmover hasta al más duro, bastando para romper las más arduas barreras.

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