ELOGIO DE LA IGNORANCIA

(Este artículo, con ligeros retoques, fue publicado en el periódico «La Tribuna de Guadalajara» en 2007.)

Por: Luis de Valdeavellano

En esta sociedad nuestra, (llamada desafortunadamente primer mundo), de nuevos ricos enterados, donde todo se critica y se mezcla y se confunde con un afán, casi siempre, de vana superficialidad, suele presuponerse y también exigirse, sobre todo por parte de críticos conspicuos pero puntillosos y por otros muchos, adláteres o no al mundo literario, que los escritores, todos los escritores, abanico inmenso y complejo como la propia sociedad de la que forman parte, sean sabios en cuestiones de lenguaje, al menos en el idioma en el que se intentan expresar y si no lo son, o no lo acreditan ser, se les tiende, sin empacho, a crucificar. Por ello se les exige, sin pudor alguno, sean expertos conocedores de la teoría lingüística y profundos técnicos en la gramática y sus distintas ramas como son: morfología (la forma de las palabras, flexiones y desinencias), ortografía (las reglas de escritura), sintaxis (la formación y estructura de las frases), fonética (el aspecto material, la forma sonora de las palabras), y demás disciplinas asociadas al conocimiento y explicación del idioma hablado y escrito.

Pero este deseo además de pretencioso es inútil, y aún más, diría que contraproducente, ya que el objetivo de los escritores, (llamémosles con generosidad creadores), no es ni puede ser demostrar a nadie que saben mucho del idioma que manipulan sino mostrar lo que se puede hacer con él. Así los poetas, por lo general, lo que ansían con su arte es darnos una visión de su mundo a través de la magia de las imágenes, desplegadas por el uso modificado y estético del lenguaje. Los novelistas, autores de ficción, lo que procuran es contarnos historias, cuentos, relatos y, en suma,  aventuras que nos atrapen y, si puede ser, nos saquen de la atonía cotidiana. Y los autores teatrales tienen un objetivo similar solo que trasladando la acción a un escenario (aunando allí varias disciplinas) sobre el que se escenificará ese trozo de vida transportadora de la realidad. En suma, el conocimiento extremo de la teoría del lenguaje y de la técnica lingüística, no es imprescindible y dudo incluso que sea necesaria, y puede que ni aún conveniente para contar bien una historia, o componer una bella poesía, o desarrollar una buena acción dramática. Vendría aquí a colocación la frase de un poeta francés, creo que Mallarmé quien afirmaba más o menos lo siguiente: “La Poesía no se escribe con ideas sino con palabras”

Por eso los gramáticos, los filólogos, los semióticos, es decir los teóricos, los sabios estudiosos del lenguaje, no suelen ser grandes creadores, sino que antes se inclinan por estudiar los hallazgos de los literatos (y por supuesto del pueblo en general) y los  ordenan, les ponen nombre y les dan lugar dentro del idioma. Así, se da muy a menudo el caso de que un escritor emplee distintos recursos del idioma sin saber siquiera su nombre, por mero desconocimiento o simplemente porque lo ha olvidado, o porque no le interesa. En el fondo esto es lo mismo pues se trata del uso, del uso convincente del idioma y esto, si se logra, es lo que cuenta, es lo importante.

Un  escritor  no  piensa,  cuando  escribe,  por  ejemplo  en  estos  términos: –“Voy  a  meter  aquí  un  tropo”-, porque  vaya  a  emplear una palabra con un significado no habitual en la misma. Y si usará una elipsis (supresión de una o más palabras), o una metáfora (sentido figurado), o una perífrasis (rodeo para expresar algo). Simplemente y en general, le salen, las conoce o se las inventa, y las utiliza.

Tampoco piensa, si se trata de emplear un nombre abreviado, si lo que emplea son siglas (las letras  iniciales juntas de varias palabras) o se trata de un acrónimo (lo que implica que su empleo abreviado reproduce una parte de dichas palabras) o solo una abreviatura (la mera representación de una palabra por su letra inicial). No se suele reparar en que con los escritores pasa como con los músicos, que los hay de conservatorio que tocan con partitura y los hay autodidactas que lo hacen de oído.

Por el contrario, en cuanto al conocimiento de las distintas formas expresivas dentro de cada género literario, es ese otro asunto y ahí si que cabría mucha mayor matización, y sería necesario un análisis más prolijo del que cabe en este pequeño esbozo, aunque remitiéndonos a la poesía, salvo que sea una composición sometida a reglas clásicas -tomemos como ejemplo que se quiera componer un soneto (catorce versos endecasílabos con rima consonante, distribuidos en dos cuartetos y dos tercetos con distinta disposición en los cuartetos y tercetos según el tiempo y el autor de referencia: Góngora, Quevedo…) o una lira (tres heptasílabos y dos endecasílabos) o un acróstico (en el que las iniciales de cada verso forman una palabra u oración) u otra forma reglada cualquiera)- no tomará en cuenta las, casi  infinitas, variantes métricas que el idioma le ofrece. Se dejará llevar sencillamente por su imaginación y dejará a los técnicos la posterior explicación de la misma.

Vale.

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