(Y El Collar De La Paloma)
Uno
Por: Luis de Valdeavellano
Abu Muhammad Alí Ibn Hazm al-Andalusí, según la Wikipedia (Abu Muhammad Ali ibn Ahmad ibn Sa id ibn Hazm) también llamado por los cristianos de aquellos tiempos “Abén Házam”, pero para nosotros, a partir de aquí: sencillamente Ibn Hazm, nació en Córdoba, la califal, la grande, la bella, la esplendente, durante la madrugada del miércoles 30 de ramadán, en el año 384 de la era de la Hégira, -o musulmana- que se corresponde con el 7 de noviembre de 994, y falleció en su casa familiar de “Montija”, Huelva, el 28 “sa ban” del año 456 H, correspondiente a 15 de julio de 1063).
Pretendemos hablar aquí de un sabio y poeta andalusí de origen visigodo, o hispanorromano, español, un muladí de tercera generación cuya familia pasó de cultivar la tierra en una alquería onubense, a encumbrarse hasta llegar a la élite gobernante de la Córdoba más prodigiosa de su milenaria historia, durante el dominio del gran Almanzor. Lo haremos desarrollando en dos partes esta semblanza, tanto personal como luego centrada en la obra mencionada en el subtítulo.
Su circunstancia biográfica es fascinante por sí misma ya que le cupo la suerte, y la desgracia, ambas caras de la misma moneda, vital en su caso, de vivir una de las cumbres del poder califal, claro está que en las manos, férreas y terribles, de un valido advenedizo, pero extraordinario y fabuloso, como fue Almanzor, y el derrumbamiento subsiguiente del califato a la muerte del dictador.
Tras las luchas intestinas, la hecatombe de la invasión bereber con el terrible saco de Córdoba, que se prolongó durante meses, el nacimiento de las taifas, es decir, la disgregación, y el inicio del lento ocaso subsiguiente del poder islámico en la Península Ibérica, ya nada sería igual en Al Ándalus, y todo ello lo vivió y lo sufrió Ibn Hazm con el valor, la resignación, la paciencia y el estoicismo que solo un sabio, sensible y refinado como él, podía mostrar. Todo ello, y aun mucho más lo trasmite, con erudición, en su obra, símbolo absoluto de una época prodigiosa, tan gloriosa como efímera, tan ideal como surrealista.
La trayectoria conocida de su linaje comienza cuando su abuelo Said trasladó a la familia a Córdoba, puede que siguiendo la estela clientelar de los Omeyas reinantes. Una vez allí fueron creciendo en nobleza y poder pues su padre, Ahmad, ya se distinguió sobremanera, alcanzando la categoría de visir bajo la férrea dictadura de Almanzor, otro advenedizo provinciano, aunque de origen árabe, ahora todopoderoso señor del califato. A tanto llegó la confianza del valido y guerrero, califa sin ser califa, que delegaba en él, durante sus sangrientas algaradas estivales por la península, confiándole su sello de gobierno.
Poder y riqueza, eso es lo que encontró Ibn Hazm a su nacimiento, en un entorno privilegiado, un hogar fastuoso muy próximo al propio palacio del gran señor. Criados y esclavos, la educación infantil en el harén, rodeado de mujeres diestras en las artes del entretenimiento: la música, la poesía, la danza y los secretos del amor, esos que tan bien llegaría a conocer como para poder desarrollarlos luego en “El Collar de la Paloma”, su obra maestra. Y luego el contacto y las enseñanzas de los sabios en la ley islámica, de los maestros de las ciencias, de la jurisprudencia y las artes del gobierno. Un comienzo de vida privilegiado que le permitió conocer las artes y las ciencias. Su inacabable amor por el conocimiento hizo lo demás.
Pero tras esa infancia y primera juventud, inmerso en el fasto y la magnificencia de la Córdoba grandiosa, bajo la mano férrea del tirano Almanzor, llegó la hecatombe a su fallecimiento y el derrumbe del Califato, las guerras civiles y el nacimiento de las taifas y su perenne congénita anarquía.
Y en medio de la disolución de la Al-Ándalus califal, daría comienzo su propia expatriación, expulsado de su amada Córdoba, vagando de uno a otro lugar en busca de cobijo, de protección, del apoyo necesario para seguir desarrollando su tarea de creador, de sabio estudioso, esa faceta que nunca le abría de abandonar hasta el final de su vida, siempre sintiéndose extranjero en aquellos lugares donde era recibido, y de los que cada vez le tocaba volver a partir, una vez perdido el favor temporal, puede que interesado, del cacique de turno. Al fin, cansado, viejo ya y perdida la ilusión de la grandeza vivida, regresó a su propio retiro familiar, cerrando así, de forma geométrica, fiel a esa ciencia que le fue tan querida, su círculo vital. (Continuará)