FÁBULA DE LA RATA NIÑA

(Recreación a partir de la fábula original del Panchatancra hindú y su llegada posterior a las lenguas romances a partir de Calila e Dimna.)

Por: L.M.C.

Un hombre santo rezaba

cuando un águila, al pasar,

con la rata que llevaba,

en las garras, a su hogar,

fue atacada por un cuervo

y la hubo de soltar.

Cogiola el hombre, al caer,

en sus manos amorosas,

y tanto se condolió,

llevándola hasta su casa,

que en ella la recrió

cual criatura preciosa.

Pidiendo al Señor por ella

si pudiera su hija ser,

escuchó el Señor su ruego

convirtiéndola en niñita

y el santo lo agradeció,

entusiasmado por ello,

y con amor la crio.

Pero el tiempo fue pasando

haciendo de niña mujer

y el varón fue meditando

que algo tendría que hacer.

Hablando con la muchacha,

un día, en la intimidad,

le dijo, amorosamente:

“creo llegada la edad

de que elijas pretendiente”

y que él lo iría a buscar

de uno a otro continente.

La joven a su buen padre

le puso una condición,

habría de ser poderoso

el que fuera a ser su amor.

El padre, mirando al cielo,

pensó en el astro sol

pues no en vano nos calienta

dando al mundo su fulgor,

y con palabras humildes

a su hija le ofreció.

El sol, aunque poderoso,

tuvo que reconocer

que la nube, si quería,

le hacía palidecer.

Habló a la nube el buen padre

pero ésta renunció

ya que el viento, con un soplo,

muy lejos se la llevó.

El viento era impetuoso,

en su gran furia y poder

pero ante el monte formidable

nada tenía que hacer.

Era, pues, el monte el fuerte,

así puede parecer

pero royendo, incansable,

una joven rata macho

mucho le daba que hacer

excavando largos túneles

sin poderla detener.

El padre habló con su hija

y le explicó la cuestión

diciéndole si aceptaba

a la rata por su amor,

luego rezándole al Cielo,

y encomendándose a Dios

pidió que Éste devolviera

a la niña, ya mujer,

a su antigua condición.

Celebráronse las bodas

con pompa y animación

y el padre muy satisfecho

impartió su bendición.

Demostróse así, de nuevo,

que por mucho que se altere

la suerte, o la circunstancia,

se impone la vocación

que es nuestra inclinación.

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